Dogman

Desde sus primeros documentales (Bienvenido, espíritu santo, 1997; Oreste Pipolo, fotógrafo de bodas, 1998), el cine de Matteo Garrone está orientado al realismo, y esta tendencia también se manifiesta en sus largometrajes más personales, en los que se funden elementos propios de la ficción y del documental. Así se evidencia en Terra di mezzo (1997), sobre los problemas de la inmigración en Roma, y Ospiti (1998), premiado en la Mostra de Venecia, y que describe ámbitos y conflictos de temática semejante.

La confirmación de su estilo e intereses se plasmará en el exitoso largometraje Gomorra (2008), basado en un libro-denuncia de Roberto Saviano, sobre las intrincadas relaciones mafiosas surgidas en los barrios periféricos de Nápoles, filme que fue galardonado, entre otros reconocimientos, con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

Matteo Garrone

Prosiguiendo en la descripción de ambientes y comportamientos sociales degradados por la delincuencia mafiosa, Garrone nos presenta en su más reciente filme, Dogman (2018), una historia de violencia y sometimiento desarrollada, a modo de fábula esópica que renuncia a las referencias concretas, en un ámbito y con unos personajes que sintetizan ambientes desprotegidos y comportamientos sociales presentados con un grado de abstracción tal que, bajo una apariencia realista, los hace arquetípicos sin perder su referencia a una realidad actual.

Marcello, su patético y, a la vez, tierno protagonista -encarnado, con magistral verosimilitud, por el extraordinario actor Marcello Fonte-, es un modesto gestor de una peluquería canina sita en un barrio cualquiera, habitado por los pobres de la ciudad, tal como muestran los expresivos planos que evocan los del más conspicuo neorrealismo.

Matteo Garrone

Marcello y sus amigos viven sometidos a la férula de un antagonista feroz, Simone, matón y drogadicto brutal, que impone su voluntad caprichosa con amenazas y haciendo uso frecuente de sus despiadados puños ante el menor desacato. Y entre estas víctimas, la preferente es Marcello, que se encarga de conseguirle las habituales dosis de cocaína.

Con solo su imponente presencia, el hercúleo Simone consigue la asidua obediencia del hombrecillo, cuya sumisión perruna parece asimilada sutilmente a los canes que cuida con esmero y, se diría, incluso trata con afecto. Acostumbrado al sometimiento, Marcello apenas se resiste a otro más de los compromisos que se le suelen imponer, y una noche se presta a colaborar con Simone conduciendo la furgoneta de su establecimiento hasta el lugar donde el matón y un compinche perpetrarán uno de sus robos.

Ante estos encargos delictivos, que van aumentando gradualmente sus riesgos, Marcello opone reparos o débiles negativas, pero la presencia amenazadora de Simone y el miedo a las consecuencias le imponen una sumisa aceptación.

Los amigos de Marcello están al corriente de las prepotentes actividades del pendenciero en el barrio, incluso alguno de ellos ha recibido sus violentos golpes en ocasión reciente, pero nadie parece dispuesto a denunciarlo  a la policía; tampoco se ponen de acuerdo en el modo de quitarse de encima el problema; menos aún, se atreven a resolverlo recurriendo a “mediadores” forasteros que resuelvan el problema de forma drástica.

El miedo, disimulado, cobarde, les hace inermes ante Simone, y su resolución implícita es mantener tranquila a la fiera, evitando siempre pisar la cola de aquel tigre. Se imponen un silencio resignado.

Cierto día, a su regreso de uno de sus viajes con su hija, jovencita a la que compensa cariñosamente con viajes para compartir su mutua afición al buceo, Marcello recibe la visita de Simone, esta vez con el plan de abrir un boquete en el tabique que separa su establecimiento del regentado por el amigo Francesco, dedicado a la compra de oro. Marcello,  horrorizado ante la propuesta, con la poca energía de que dispone se niega insistentemente a entregar la llave que se le exige, pero el violento zarandeo y la amenaza del puño le imponen acatar la petición.

Matteo Garrone

Una vez cometido el robo, Marcello se niega a denunciar al ladrón, presa, al parecer, del miedo a la previsible venganza del temible Simone, y se resigna a cumplir un año de cárcel; y una vez cumplida la condena, cuando retorna al barrio sufre el desprecio de sus amigos y la negativa de Simone a pagarle la cantidad prometida para compensar las consecuencias de su silencio. Pero ahora Marcello no es el de antes, tampoco es el sheriff Will Kane de Solo ante el peligro, por supuesto, pero el espectador asiste al burdo plan urdido para llevar a cabo su venganza, que se cumplirá tras una de las secuencias más violentas del filme, en la que hasta los perros del local parecen atónitos al observar el cruento y desigual combate entre los dos hombres.

Con los primeros planos de un Marcello sumido en la perplejidad con que parece estar cavilando sobre la situación a que le ha llevado su afán de venganza, finaliza la fábula, y el espectador es invitado a reflexionar sobre la moraleja del relato al que acaba de asistir, una historia en que la violencia se muestra actuando bajo dos especies, entreveradas en la praxis cotidiana de la sociedad contemporánea y siempre actuales: una pertenece a la calaña de la agresión violenta, bestial, incivil, obvia; la otra, la de la ralea de la violencia sutil, oculta bajo apariencias respetables, la originada por la abstención a implicarse en la búsqueda de soluciones a los problemas colectivos, la de la indiferencia, la de la cobarde y silenciosa complicidad con el delito y el abuso, la del miedo que victimiza incluso a quien lo siente.

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