T2: Trainspotting

Vacua nostalgia

Y un día, de repente, pasas más horas hablando de lo que hiciste con tus amigos ese día, esa noche, ese año, que viviendo nuevas aventuras con ellos. Es así, es ley de vida.

La nostalgia toca a tu puerta insistentemente y, con las reservas naturales, abres lentamente.

Esos partidos de fútbol los viernes por la tarde, la sangría que regaba el suelo de un mugroso bar del barrio gótico, los primero amores, las primeras riñas por amores, esas tardes de poker, play y “refrescos”.

Parece que a Renton, Spud, Begbie y Simon la nostalgia les haya picado a la puerta como la poli en una redada. 

T2: Trainspotting empieza con Mark Renton volviendo a su Edimburgo natal tras 20 años en Amsterdam, para reencontrarse con sus amigos y volver a empezar de nuevo.

Ahí encontrará a sus colegas David “Spud” Murphy, Simon “Sick Boy” Williamson y Francis “Franco” Begbie y tendrá comienzo una nueva aventura. 

Si la peli empieza con un Renton corriendo en una cinta de un gimnasio, es decir, muy pero que muy mal, podemos decir que tampoco sigue con mucha coherencia.

No se entiende porque vuelve a Edimburgo tras 20 años de sobriedad y habiendo empezado una nueva vida lejos de la ciudad que le vio nacer y casi morir. El despropósito es tan grande que, como no hay nada que lo justifique, impregna toda la película de un perfume de operación de marketing pura y dura. No hay trama y la evolución de los personajes es prácticamente nula o completamente increíble. 

Como esos grupos de rock que lo petaban hace un tiempo y cuyas canciones marcaron a una generación entera y que, por motivos económicos, vuelven al escenario casi siempre en conciertos faltos de punch y veracidad, estos cuatro escoceses vuelven a la carretera sin tener una misión concreta.

Así, mezclando metraje original con clips de la primera entrega (a veces de manera acertada y casi siempre de manera gratuita y forzada), la T2: Trainspotting es un puro homenaje a lo que fue y significó una cinta de culto como es esa obra maestra titulada Trainspotting.

Era 1996 y su discurso iconoclasta, provocador y subversivo hizo las delicias de adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes espectadores que quedaron boquiabiertos con la fuerza del montaje, el ritmo del film, unos personajes para la historia y escenas que quedarán para siempre en la retina de todo cinéfilo.

La droga como punto cardinal de una relación malsana y peligrosa se convierte ahora en simple anécdota y el legendario choose life se vuelve a repetir de manera forzada y gratuita sin aportar nada. 

En esta inútil y vacía secuela no tenemos ni una escena que quede grabada y el subidón que promete el inicio de alguna situación queda inmediatamente truncada por la evolución errática del gag y la utilización de canciones que el director se empeña en cortar en su ápice.

Las canciones (que en la primera parte eran pura dinamita) se quedan, aún siendo todas grandes canciones, en poco. Incluso la dirección de Danny Boyle decepciona. Si en 1996 sorprendía a la platea con un montaje frenético y videoclipero, veinte años más tarde persiste utilizando las mismas técnicas que aparecen desfasadas y forzadas. 

Es verdad que durante el visionado es una película agradable, divertida y con esa atmósfera de cariñosa nostalgia, pero al acabar la cinta y al pasar unas horas, emerge esa sensación de vacío narrativo y de que, en realidad, no ha dejado nada dentro de nosotros.

Si Trainspotting era cariñosa a la par que incomoda, divertida a la par que durísima, esta secuela es una inútil broma que incluso parece avergonzarse de si misma.

Unos actores geniales interpretando unos personajes geniales no son, muy a nuestro pesar, suficiente para una tarea tan importante como la de volver a visitar un espacio tan de culto como fue, es y seguirá siendo Trainspotting.

Les tenemos un cariño enorme y siempre serán nuestros queridos perdedores pero, quizás, para esto, no hacía falta que volvieran a la pantalla. 

Quedad con los amigos, acordaos de cuando pasábais horas gozando de la vida, pero, por favor, no hagáis como estos cuatro colegas de Edimburgo y, aunque sea solo por una noche, volved a escribir otra pagina de vuestra gloriosa historia.

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