The Young Pope

En Los de la bici le tenemos un cariño especial a Paolo Sorrentino. Es un afecto sincero y dinámico, basado en la admiración hacia un retratista. Tenemos en nuestros haberes el análisis de Youth, de Daniele Sabatinelli, y el de su opus magna hasta la fecha, La grande bellezza. Hemos visto The Young Pope y nos ha gustado. Aunque este análisis es un spoiler con patas, hemos querido analizar la primera serie televisiva de Paolo Sorrentino haciendo un repaso por su obra.

El papa capullo

Lenny Belardo aka Pío XIII es un pontífice irritable, narcisista, con aspavientos histéricos y frikis, guapo como un sex symbol de Vogue, amante de transgresiones adolescentes porque fuma como un carretero, solo bebe Coca Cola Zero para desayunar, suelta un canguro por los jardines vaticanos, y le tiene un asco tremendo a todos aquellos que quieran verlo en persona. Le gusta decir que es un papa revolucionario, pero en realidad aparece como un capullo, un gilipollas muy listo que, ay, se ha visto convertido en el rey electo y absoluto de la Ciudad del Vaticano.

Young

Porque ese es el título que más le gusta a Lenny Belardo: el de jefe de gobierno y de estado de la Ciudad del Vaticano. Le gusta hacerse repetir sus títulos (Santo Padre, Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, Siervo de los Siervos de Dios… tantos como Daenerys Targaryen) pero el que más le pone es el juguete de la jefatura de estado del Vaticano. Y lo utiliza con esmero, sin vergüenza alguna, como una especie de niño malcriado que tenemos ganas de torturar. No es un papa al uso, no es un papa amable, ni simpático ni amigable ni abierto ni progresista ni incluso creyente. Porque no cree del todo, sino que de repente le dan un juguete extraordinario.

Jude Law construye un personaje odioso y fascinante. Bien por él. La verdad es que no podemos pensar en otra cara que la de Law para imaginarnos a ese papa estúpido llamado Pío XIII. Un papa ultraconservador, homófobo y con atisbos psicopáticos, como cuando no quiere que una monjita de Sri Lanka llore la muerte de su hermana. O cuando humilla a todo aquél que le levante la voz o le diga algo que no le guste.

Se comporta como un monarca absoluto del XVIII. Y en realidad es solo un niño desgarrado, desdichado y desheredado, como le escupe su mentor, un notable James Cromwell. Éste interpreta al que fue su tutor, el cardenal americano Michael Spencer, y quien tuvo que ser escogido Sumo Pontífice… hasta que un lío en la votación durante el cónclave entregó la pira papal a Lenny. “Recé y recé y recé tanto que casi me la hago encima”, le dice el papa imbécil a su espía, un bonachón Don Tommaso, confesor de cardenales. “Yo solo quería ser papa”. Porque para Lenny Belardo el papado es un juego.

Lenny posee el carisma del niño pequeño: travieso masoquista, llora como un niño cuando las consecuencias de sus actos le abrazan. Le gusta jugar con sus responsabilidades de papa, pero al mismo tiempo le abruman, le torturan y le asustan. Salvando todas las distancias, Lenny Belardo tiene algo de Tony Soprano.

También el capo de la mafia de New Jersey se portaba como un niño pequeño, lleno de fobias y temores, pero poseía ese carisma único que lo convertía en un ser amado por su complejidad inerte. Una complejidad que hace de estos niños grandes los mejores personajes de las ficciones televisivas: porque todos, al fin y al cabo, nos sentimos como ellos, y en el mundo de hoy muchos nos comportamos como niños que crecen a medias.

Lenny aka Pío XIII puede parecernos un hombre revolucionario, rebelde, único. Es estadounidense, de 47 años. En el Vaticano, esa edad es como tener 12 años en la universidad. Es lo que todos los jóvenes se creen que somos y son.

Nos creemos captores de las esencias de lo nuevo y a veces somos herederos y magos de lo viejo. Como Lenny, quien dice que no desea que su efigie aparezca en ningún objeto de marketing de la Santa Sede. Quiere ser invisible, el papa más joven y guapo en siglos. Quiere ser un misterio insondable: “El Vaticano ha sobrevivido gracias a la hipérbole. Así que generaremos esa hipérbole, pero esta vez al revés”. En realidad no quiere ser visto porque es un ser inseguro y asustado, que no comprende por qué sus padres lo abandonaron.

Young

Junto a Jude Law están el ya mencionado James Cromwell y Diane Keaton. Ésta le hace de mamá espiritual, de leal escudera y secretaria. Actriz seria y solvente donde las haya, la Keaton se entrega a un papel lejano de los últimos personajes bobos de pelis romanticonas americanas.

Esta vez Diane Keaton sabe que está en HBO, en una serie un poco estrambótica pero muy original. Y lo hace bien como Sor Mary, muy bien. Vemos en ella el candor y la severidad de una madre, y a la vez la admiración y el temor de una trabajadora. Dos almas en el mismo cuerpo que la hacen bascular entre su fidelidad a Lenny y su voluntad de placar las ansias de poder del mozo. Dos almas que vemos en su versión joven, interpretada por la guapísima Allison Case, quien se hace acompañar por un joven Lenny y su acólito Andrew por doquier.

The Young Pope es una serie ítaloamericana. No hay ni Sopranos ni Corleone ni spaghetti. Está producida por la HBO americana y por la franquicia italiana de Sky Television. Prácticamente toda la serie se desarrolla en Roma, aunque no pudo ser rodada en el Vaticano por motivos obvios (Bergoglio es la antítesis total de Belardo). Intuimos que es un retrato de la aristocracia vaticana, de sus jardines, sus tapices, frescos, esculturas, palacios, palacetes, pinturas, todas ellas de un valor incalculable.

Y en medio de ese mundo apartado del mundo y a la vez en el mundo, mujeres y hombres piadosos que rezan y meditan y se saben la jerarquía de miles de millones de creyentes católicos. Sobre todo los hombres, cardenales la mayoría. Capitaneados por el secretario de Estado, el cardenal Voiello, no tardan en darse cuenta del gran error que han cometido. Sin darse cuenta, han elegido un papa demasiado conservador incluso para los conservadores, pero que a la vez inquieta a los progresistas por sus devaneos de niñato.

Young

Voiello, interpretado por el italiano Silvio Orlando, trama una argucia para someter al Sumo Pontífice a sus designios, pero no lo consigue. Voiello es un cardenal mundano, un político, un hombre repelente físicamente –con un topo en la cara que dan ganas de quemar–. Es un exponente de aquellos personajes tan sorrentinianos, hijos del esperpento partenopeo.

Podríamos pensar que es el villano de este cuento, pero el papa se lleva la palma. Y no podemos hacer menos que preguntar: ¿cómo habría sido Voiello si el fetiche de Sorrentino, el gran Toni Servillo, hubiese encarnado al cardenal napolitano?

Un último personaje que querríamos destacar es monseñor Bernardo Gutiérrez, llevado a cabo por Javier Cámara. Actor de declarada abundancia escenográfica, personifica al cura bueno. Si Lenny es un niñato histérico y egoísta, Bernardo es un hombre débil y asustadizo que ama vivir recluido en el Vaticano. Y Lenny, en su infinita crueldad infantil, lo saca de ahí “porque te estimo muchísimo”.

Como toda obra de Sorrentino, esta no está exenta de escenas icónicas. Podríamos enumerar algunas, como la de una primera ministra groenlandesa vestida de negro bailando en medio de una estancia vaticana al son de Senza un perchè, de la cantante italiana Nada Malanima. O el paseo de Pío XIII al son de Non ci sono anime de Antonello Venditti. O aquellas escenas en las que el cardenal Voiello habla de la Società Sportiva Calcio Napoli –sí, el Napoli de Maradona y del Pipita– como su único gran amor (“Una vez me sentí atraído por el Avellino y no tardé en sentirme fatal por haber pecado”).

O incluso la intro de la serie, una versión instrumental de Watchtower de Devlin, canción que a su vez es de Jimmy Hendrix. Podríamos pensar también en la escena de la liberalización del canguro, o cualquier primer plano en el que se retratan las sombras y los claroscuros de Pío XIII. Porque de una cosa es maestro, Sorrentino: de la fotografía. Todas sus obras nos dejan escenas fotográficas (¿o fotografías en escena?). Escenas que tienen aroma de Il Divo más que de La grande bellezza.

Young

Porque si de algo puede estar orgulloso Sorrentino es de ser el único pintor de sátira italiano contemporáneo. Il Divo fue un boom, un enorme retrato de la política secular italiana. Desde el punto de vista de Giulio Andreotti, pudimos ver cuán descarnado puede ser el Gran Guiñol de la política italiana. Y en The Young Pope, el foco se mantiene sobre la urbs aeterna pero se posa sobre la cúpula de San Pedro.

Ahí está el cuarto jefe de estado de la península italiana, con permiso del presiente de la República Italiana, del presidente de la república de San Marino, y del Gran Maestre de la Orden de los Caballeros de Malta –cuyo estado es (repique de tambores) un solo edificio en Roma–.

El papa es un jefe del estado que se viste con una túnica blanca (“Parecía un superhéroe”, llegó a afirmar Jude Law), para diferenciarse de los purpurados y ennegrecidos cardenales. Lo blanco de la pureza, con ribetes púrpura, un signo que proviene –como Roma, como los títulos del papa, como el poder del mismo– de la auctoritas del emperador romano.

Director de retratos

La banda sonora del joven papa es ecléctica, con reminiscencias de los soundtracks de toda la cinematografía sorrentiniana. La música que acompaña al papa Pío XIII es de Lele Marchitelli, quien ya colaboró con Sorrentino en La grande bellezza. La música de Marchitelli es una mezcla de corros nostálgicos y golpecitos metálicos, con corrientes puras, de sonidos largos y curvos. Como apuntábamos, es una banda sonora (o colonna sonora, como se dice en italiano) que se parece a la que Pasquale Catalano hizo para Le conseguenze dell’amore, o la que Teho Teardo compuso para L’amico di famiglia y para Il Divo.

Casi todos los directores tienen una actriz o un actor fetiche. Tim Burton tiene a Johnny Depp, Martin Scorsese tuvo a Robert de Niro y ahora tiene a Leonardo di Caprio. Jeff Nichols tiene a Michael Shannon. Y Paolo Sorrentino tiene a Toni Servillo. Este gran actor nacido en Afragola (Campania) en 1959 no aparece en The Young Pope, pero desearíamos que sucediese. Porque Servillo es la Madonna caravaggistica de Sorrentino. Lo hemos visto en las sorrentinianas L’uomo in più (2001), Le conseguenze dell’amore (2004), Il Divo (2008), La grande bellezza (2013) y Le voci di dentro (2014).

La filmografía de Paolo Sorrentino se basa en la fotografía, en los movimientos estáticos de la cámara. Suele presentar a los personajes en contextos entre el sueño y la realidad, como la épica fiesta de cumpleaños de Jep Gambardella de La grande bellezza. O la presentación de la Corrente Andreottiana en Il Divo. Una especie de Fellini pasado por el filtro pensador pasoliniano, Sorrentino es un realizador partenopeo, un artista del sur de Italia. El Mezzogiorno o Meridione está siempre presente, ni olvida nunca a Roma ni su periferia. Prepara fotografías en movimiento en las que mezcla vicio y virtud.

En Il Divo y en The Young Pope, cuadros tangentes, se puede leer perfectamente la iconoclasta dichería de los romanos acerca de su ciudad perdida en las marismas de los tiempos: Roma veduta, fede perduta. Entre tanta belleza, los personajes mitad stendhalianos mitad monstruosos se ven reflejados en la podredumbre del Sistema. En Il Divo, hay momentos de cinismo gélido por parte de Servillo aka Andreotti, como su monólogo sobre el uso del poder, su diálogo con su cura confesor, o la fiesta en casa de uno de sus ministros.

Young

Porque la filmografía sorrentiniana es cínica. Lo es en La grande bellezza (por ejemplo, la escena de pijos en la azotea de Gambardella). Lo es en Le conseguenze dell’amore (escena de los contadores de dinero). Lo es en L’uomo in più (monólogo de Toni Pisapia). Lo es en L’amico di famiglia, donde podríamos poner a la película entera acerca del horrendo usurero Geremia de Geremei, pero nos quedaremos con la frase “Il mio ultimo pensiero sarà per voi” después de que haya pedido el pago de los altos intereses de sus préstamos.

Es un cinismo que bascula entre lo simpático –un cinismo soft– y uno de hielo, hard, que nos deja rotos y pensativos. Un cinismo que tiene, en las obras de Sorrentino, la misma cara sin alma que muchos de sus personajes, seres sin expresión facial alguna. La inexpresividad para dejarnos golpes de histeria, igual que los momentos de vicio con virtud.

No hay mejor director cinematográfico que sepa agarrar el alma italiana, mediterránea y latina en una película, dejando de lado los tópicos fatuos y simplones.

Porque Sorrentino no es simple: es complejo, con un punto friki que no llega a la insensatez del intelectual que se sabe intelectual. No es un hombre de derechas ni de izquierdas, y ahí radica su cinismo. Pasolini era comunista, Fellini simpatizaba con la izquierda de la posguerra, Visconti fue un exponente de la gauche divine milanesa. Caído el Muro y muerta la izquierda clásica, solo quedan zombies como el Podemos de Iglesias, o la Syriza de Tsipras, o el Front de Gauche de Melenchon, o el Movimento Cinque Stelle de Grillo.

Izquierdas sin alma, con ideas de cartón piedra, vocabulario de Savonarola y dogmas de mundos que fueron felices e ingenuos.

Sorrentino ve esos espejos convexos de la realidad, basados en el activismo anticonsumista con iPod y tan efervescentes como un tuit. Solo queda una especie de centro político que bebe de la fuente del mundo del Ayer y que tiene miedo del Mañana pero que no puede luchar contra él.

Un centro político convertido en castillo de granito, sinónimo de Sistema, de establishment, de Bruselas o Washington DC o Berlín o troika. Una centro que vemos y es bruma, una política de la seguridad (social, cultural, etc) pero que nos repele. Una niebla rodeada de zombies y monstruos. ¿Cómo sobrevivimos a la niebla? Con cinismo.

Dicen, dicen, dicen… Dicen que ahora Paolo busca a Silvio. Que está escribiendo el guión para su próximo retrato. En Loro (“ellos”, pero si le ponemos un apóstrofe tendremos L’oro, el metal precioso) veremos a Berlusconi. ¿Con qué música? Quizá un mix discotequero bunga-bunga con compases eclécticos. Vedremo.

Young

3 comments on “The Young Pope”

  1. PGA dice:

    Muy buena crítica, sí señor. Me alegra que alguien más vea el pensamiento de Sorretino que refleja en su cine como alejado de los polos políticos. Mucha gente tiende a deformar intencionada o desintencionadamente los planteamientos de su filmografía para ajustarlos a su visión cuando lo cierto es que es un autor polifacético y por ello magnético y, en este caso, prácticamente indescifrable. Para mí hay un salto enorme entre la primera parte de la serie y la segunda mitad, con un giro en los tres últimos episodios que me sorprendió gratamente por demostrar que con habilidad se puede hacer una visión completa del fenómeno que es la Iglesia sin caer en maniqueísmos de una y otra tenencia. Un saludo y gracias por la aportación.

    1. Los de la Bici dice:

      ¡Muchas gracias por tu comentario! Como mencionamos en el artículo, somos grandes admiradores de Sorrentino. ¡Atento! Pronto publicaremos más reseñas sobre su obra.
      ¡Un saludo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *