Westworld

Dios está dentro

Ficción y realidad. Fuera y dentro. Arriba y abajo. Creación y creador. Locura y cordura. Sombra y luz. Después y antes. Cero y uno. Dios y humano. Alma y cuerpo. Individuo y sociedad. Sueño y psique. Señor y siervo. Error y acierto. Dolor y placer. Odio y amor. Crueldad y ternura. Mentira y verdad. Pie y paso. Biblia y guión. Actor y personaje. Mente y mano. Huevo y gallina. Vida y muerte. Instinto y razón. Fuego y agua. Pregunta y respuesta.

Síntesis de nosotros mismos, de la búsqueda del ser desde que Lucy se irguió al bajar de un árbol, en plena sabana, buscando agua o comida. Oteaba el horizonte, y su instinto de supervivencia le hizo preguntarse dónde encontraría la respuesta a esa pregunta sencilla y repentina.

Tenemos hambre, buscamos comida, le damos forma y nos la comemos. Creamos una forma de comida: cogemos lo crudo, lo calentamos y es más digerible. Nuestros estómagos no consiguen digerir lo crudo con la misma facilidad que otros seres. Es una debilidad que estuvo a punto de hacernos sucumbir… hasta que Lucy se dio cuenta de que a esa debilidad, a esa antítesis, había una tesis que la compensaba: la capacidad de agarrar un palo que ardía.

Lucy se preguntó por qué ardía. El fuego la quemaba, pero hacía luz. La acercaba al dolor, al sufrimiento, a la muerte, y a la luz, a la supervivencia, a la conciencia, a la vida. La naturaleza de Lucy comprendió que el fuego podía ser beneficioso. Y quemó lo crudo, y supo bien, demasiado bien.

E intentó hacer el fuego ella misma. Y frotó dos palos, y después hizo chocar dos piedras. Y lo crudo ya se podía cocinar, su estómago ya podía digerir con la misma facilidad que lo hacen los estómagos de otros seres. Y entonces Lucy se dio cuenta de que la naturaleza la había llevado a ser humana.

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En realidad, Lucy jamás fue humana. Se le pareció bastante, pero fue en verdad un homínido de la especie Australopithecus afarensis. Hemos utilizado el nombre de este individuo para introducir la retrospectiva que J.J. Abrams, Jonathan Nolan y Lisa Joy nos componen en Westworld. La retrospectiva de nosotros mismos.

No es una serie cualquiera, es compleja, laberíntica, repleta de senderos, de preguntas. Es un gozo, una gran obra artística de la talla de Game of Thrones, Breaking Bad, The Sopranos y The Wire. Es una serie que hará historia. Sí, lo sé, quizá me esté pasando en ensalzar una serie de este calibre y más si solo han presentado la primera temporada. Sin embargo, tengo la misma sensación que tuve cuando terminé las primeras temporadas de las series que he mencionado.

Todas sus primeras temporadas fueron lentas, introductorias de una historia aún mayor, un viaje que nos abraza y nos envuelve. Westworld posee, además, la belleza de las miniseries: es finita, hay principio y fin, con la apertura de algo mayor.

La HBO ha conseguido gestionar su propia ambición. Por fin. La Home Box Office quiso hacer de Boardwalk Empire algo grandioso y no pudo. Y lo volvió a intentar con Vinyl. Y tampoco pudo. Cuando la ambición es ansiosa, se convierte en avidez. Ahí estaba (y está) el monstruo Netflix, al acecho, con su método del bufet libre para las series, dándole libertad al espectador para comer los platos con la rapidez que él quiera.

La HBO tiene un competidor de su talla, el cual presenta una gran serie cada año desde 2013: House of Cards, Narcos, Stranger Things… Y la HBO solo se quedaba con las trifulcas de Westeros, las cuales tienen fecha de caducidad: 2018.

El mismo año que aparecerá la segunda temporada de Westworld. La HBO ha hallado la serie que necesitaba. Ficción y realidad, ensueño e introspección, ciencia ficción y western. Violencia y sexo, un presupuesto de 100 millones de dólares, actores como Evan Rachel Wood, Anthony Hopkins, Ed Harris, Jeffrey Wright, Thandie Newton, James Marsden, Sidse Babett Knudsen… Y el compositor irano-alemán Ramin Djawadi. Sí, amigos, el mismo que le pone música a las casas Targaryen, Lannister, Baratheon y Stark. Compone una banda sonora envolvente y transportadora, de la que hablaremos más adelante. Ahora solo nos queda avisar de los spoilers que el lector encontrará mientras se sumerge en un análisis con historia de arte, filosofía y psicología.

Un parque temático para conocernos a nosotros mismos

Cuando abrieron Port Aventura en 1995, no tardó en llenarse de curiosos. Miles, millones de personas han pasado desde entonces por el parque de atracciones más grande de la Europa Meridional. Otros lunaparks han intentado hacerle sombra en la península ibérica: el truño Terra Mítica de Benidorm, o el quiero-y-no-puedo Parque Warner de Madrid.

Una vez comprado por la Universal, Port Aventura ha evolucionado hacia una industria de la ficción de más de 825 hectáreas, dando de comer a unas cuantas comarcas.

En Port Aventura, nos sumergimos en mundos de ensueño: la antigua China, la exótica Polinesia, el Salvaje Oeste americano… Nos subimos en montañas rusas, en jaulas para la caída libre, la adrenalina nos embriaga, nos ata a una ficción momentánea, a una diversión que nos droga. Port Aventura es un parque temático. Y cuando vemos Westworld, no podemos hacer menos que pensar en el parque catalán para sentir un pequeño escalofrío.

Porque Westworld, el parque temático ficticio que ideó Michael Crichton para su película de 1973, también posee mundos distintos. El film que guionizó y dirijo Crichton en 1973, apodado Almas de metal en España, trata de un parque con androides que, de repente, se rebelan. Un parque con distintos mundos: la Antigua Roma, la Edad Media, el Far West.

Una película que obsesionó a Jeffrey Jacob Abrams, quien intentó hacer un remake cinematográfico antes de que Crichton muriese en 2008. Desde entonces, el bueno de J.J. se licenció la renovación de Star Trek y de Star Wars. Pero Westworld seguía en un cajón, hasta que dio con la tecla del matrimonio Nolan–Joy.

La combinación Abrams, Nolan y Joy ha creado una serie que bebe de su película setentera, pero que la reinventa, le incorpora personajes y la ensalza hacia un nuevo alarde televisivo. El productor ejecutivo Abrams y los creadores Nolan y Joy crean una distopía en la que existe un parque temático del Lejano Oeste americano.

Un parque para adultos, naturalmente, en el que los clientes son llamados guests o huéspedes, pueden dar rienda suelta a sus animaladas, a sus instintos más primarios, a sus ideas más zafias, ruines y burdas. Para ello tienen a los hosts o anfitriones, los androides creados por el doctor Robert Ford.

Moldeados y desarrollados industrialmente, los androides son la creación y la síntesis de sus creadores. Muchos los ven como lo que son, cosas. Otros, en cambio, no pueden discernir el producto de la producción y el productor.

Cuando la androide Dolores Albernathy (una hermosa Evan Rachel Woods) comienza a recordar, se nos transporta hacia su mente, hacia la realidad que ven los androides. No está sola. También otra androide, Maeve Millay (gran actuación de Thandie Newton), vivirá la misma evolución sensitiva. Vemos lo que ellas ven, sentimos lo que ellas sienten.

No dejan de ser robots, seres inanimados (¿o sí?) con nuestra forma, nuestras características, nuestras manías, virtudes, vicios. Y están en el parque para servirnos. Su realidad es el Far West americano, sinónimo de aventuras sin fin. Bajo sus pies habitan los que los han creado: el enigmático Robert Ford (un Hopkins que nos hace recordar a su Lecter, con esa mirada pausada y fría, de ojos de hielo y sonrisa de hiena); su escudero Bernard Lowe (sensacional Jeffrey Wright, quien podría estar hilando uno de los personajes más importantes de su carrera); la representante de la junta de accionistas, Theresa Cullen (la bella danesa Sidse Babett Knudsen, mejor recordada como la primera ministra Birgitte Nyborg de Borgen).

Algunos desean que los androides evolucionen, se encuentren a sí mismos, se liberen. Otros, en cambio, los prefieren sumisos, pues no dejan de ser lo que son: robots, cosas, hechos a imagen y semejanza de nosotros mismos.

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La lucha silenciosamente tensa entre los que desean controlar a los androides y los que desean liberarlos subyace en toda la trama de la serie. Nolan y Joy nos meten en el laberinto de la conciencia tanto humana como androide. Los malos no son tan malos, y los buenos no son tan amables como lo parecen.

En medio de tanta antítesis, y de tanta tesis, está la síntesis. Del negro al blanco tenemos la materia gris que nos hace humanos. No todo puede ser cero y uno, en un robot. El código binario se ve alterado cuando los androides comienzan a recordar, a comprender su pasado, a soñar su futuro: a tener conciencia.

De entre la lucha entre humanos para controlar o liberar a los androides, aparece la revolución verdadera de ellos mismos: la capacidad de darse cuenta de quiénes son. El personaje de Ed Harris, el hombre de negro, es un justiciero obsesionado con Dolores que la quiere liberar y dañar… porque la quiere liberar.

Es el personaje más crudo, irónico, duro, animal y humano. Se conoce el parque como la palma de su mano, sabe que Ford lo puede estar mirando… Pero a él le importa un pimiento. Desea ser el malo de la peli, y Ed Harris lo borda y se lo pasa en grande, y se nota.

La banda sonora, como hemos apuntado anteriormente, es una delicia. Ramin Djawadi esculpe una música que vuela del Western a la ciencia ficción. Aquellas escenas más Scy-fy tendrán acordes un poco más metálicos, mientras que los que acompañen a las escenas del Far West serán más líricos.

La música clásica de Djawadi nos da versiones instrumentales a pianola, delicadas y deliciosas, como la de Paint It Black de los Rolling Stones, o la de The House of Rising Sun de The Animals. El piano es una constante en toda esta banda sonora, en la que Djawadi nos deleita con piezas de su propia creación. Sin duda alguna, la banda sonora es una de las mejores características de esta serie.

Una serie que nos recuerda otras obras de sus creadores. Ahí está el director del parque, el Doctor Ford: un señor mayor que ha dedicado su vida al perfeccionamiento de su obra.

En este caso, su obra son los robots. El parque temático futurista con el genio abuelo, como el Parque Jurásico (1993) del Señor Hammond interpretado por Richard Attenborough. Y tanto Westworld como Jurassic Park fueron ideas de Crichton.

El guión de la serie nos transporta a la metafísica made by Nolan. Hay momentos que nos recordarán a Memento, otros serán casi calcados a Inception, otros nos transportarán a Interstellar.

Son tres películas firmadas por el hermano de Jonathan Nolan, Christopher, quien ha contado con el creador de Westworld en dos de las anteriormente mencionadas (Inception no pudo contar con Jonathan como colaborador, pero no firmó el guión).

La metafísica de la mente, del poder de nuestra psique. Ahí está el laberinto, la creación suprema. La ida de olla de Jonathan Nolan, sumándole los giros argumentales de J.J. Abrams y el contexto de Crichton.

Andros y androide, Dios y el hombre

Pinocho, el monstruo de Frankenstein, HAL 9000, Adam Link, Terminator, el replicante Roy Batty, los malvados A-18, A-19 y Cel·lula. Todos ellos son androides, palabra que proviene de andros, “hombre” en griego antiguo. Son creaciones, imagen de nosotros mismos.

Nosotros los creamos, nosotros los esculpimos, les damos aliento. Y nos asustamos. Y los amamos y tememos.

El androide tiene un destino trágico. O desea volverse un ser humano completo, como Pinocho, o desea cargarse al que lo ha creado, como Terminator y los robots del Doctor Gero, o llora por su horripilande existencia como producto de un ser cruel y cobarde, como el monstruo de Victor von Frankenstein.

El androide es la síntesis de lo que somos. Hoy es noticia un androide que toca el violín, después lo es otro que saluda amablemente. Pronto veremos a los androides de Westworld, los cuales se parecen mucho a los replicantes de Blade Runner (1982).

También lloran, sangran, ríen. Son como nosotros, y el creador les teme porque ha creado la perfección.

Ahí hierve la teología de Westworld. Lo finito de lo humano que crea lo infinito del robot. “He muerto millones de veces”, le dice Maeve a uno de los cirujanos que la remodelan para que vuelva a servir a los huéspedes, “y ya no le tengo miedo a la muerte. ¿Cuántas veces has muerto, tú?”

Es la gran pregunta sin respuesta, la muerte, la que nos sumerge en la idea de la perfección, de lo infinito, del tiempo, de la eternidad.

La muerte nos hace querer ser recordados. Decía Giacomo Leopardi que la memoria nos hace eternos. Porque si somos un recuerdo, burlamos nuestra muerte. Siguen vivos Julio César y Hitler, la reina Victoria y la zarina Catalina II de Rusia, Miguel Ángel y Leonardo, Hannah Arendt y Simone de Beauvoir.

Si sigue viva nuestra obra, es que seguimos en un presente confuso pero perenne. De ahí que Dios crease al hombre y el andros se atreviese con el androide. Porque cuando el hombre se ideó en los dioses, primero los temió, después se rebeló, y ahora toma su lugar.

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Feuerbach afirmó que el hombre creó a Dios en su imagen y semejanza. Después Nietzsche dijo que el hombre ha matado a Dios. Antes de estos dos filósofos alemanes revolucionarios, muchos otros han pensado en Dios para reflexionar sobre el humano. San Agustín comprendió que fe y razón bailaban, se complementan y completan.

La fe es una forma de pensar asintiendo, de sostener una verdad que no pueda ser falaz. Si no existiese el pensamiento, no existiría la fe: por eso la fe crea la conciencia, y viceversa.

Pensar en Dios no es mirar hacia arriba, sino mirar hacia dentro. Jeffrey Wright aka Bernard Lowe le dice a Dolores: “Comprendí que la conciencia no es una pirámide que nos hace mirar hacia arriba, sino un laberinto que nos lleva hacia nuestro interior”. Crede ut intelligas et intellige ut credas, creer para comprender y comprender para creer. La idea y la acción.

Pienso luego existo. El axioma de René Descartes: cogito ergo sum. Pensar y existir van de la mano. Mientras dudamos, somos conscientes de que dudamos. Dudar es una forma de pensar, la que nos hace analizar nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro.

El engaño y la verdad se complementan (Si enim fallor sum, soy si me engaño). Como el viaje interior que hace Dolores para comprender qué tiene que hacer, adónde tiene que ir, cuándo vive lo que está viviendo. “Los anfitriones no recordáis como nosotros”, le dice un humano a Maeve, harta de recordar demasiado vivamente, “nuestros recuerdos son confusos, los vuestros son imágenes puras”.

La pureza de los androides, su infalibilidad, su aparente pureza aparecida de la mano de seres finitos e instintivos. “Quiero saber dónde está el centro del laberinto”, le repite Ed Harris, alias El Hombre de Negro, a Dolores. “Y tú me llevarás a él”.

Lo que no sabe el William envejecido es que su obsesión por hallar el centro del laberinto es una idea fija que también poseen los robots, por lo menos Maeve y Dolores. Ambas se preguntan por qué recuerdan, por qué dudan y piensan y sufren.

“El dolor es lo que me queda de ella”, se dice Maeve antes de que la lobotomicen, hablando de una hija androide que le dieron y que ella ha amado como cualquier madre humana o animal amaría a su cría.

Ahí radica la perfección del androide: es como nosotros. Es nuestro producto. Como la pintura dibujada por el pintor, el bloque de piedra convertido en una forma humana, o la bomba atómica para asustarnos.

La venganza de la creación

Los androides son anfitriones y los clientes son huéspedes. Los primeros viven en un eterno retorno, en un Western cruel y a merced de los segundos. Lentamente se dan cuenta de lo que son. Bajo sus pies subyace un laberinto aún peor que el que algunos de ellos buscan: un laberinto oscuro, repleto de oficinas acristaladas, con seres humanos que los dirigen y los controlan.

De vez en cuando, los dirigentes y managers de Delos, la empresa que posee la mayoría de las acciones del parque de atracciones Westworld, pasan por delante de paredes roja-burdeos, como si en medio de tanto metal y oscuridad se mezclen destellos de sangre.

Las catacumbas del parque Westworld es el infierno de los androides. Es la sala de máquinas de los Geppetos, los Victor von Frankensteins, los Skynets de los anfitriones del parque. Debajo está el hombre, y arriba el Übermensch. Los anfitriones pueden no sentir dolor, pueden poseer todo el conocimiento humano y tratarlo a su libre albedrío. Pueden ser infinitos y fuertes, poderosos e ilimitados. Son la creación total y pura que el Doctor Ford ha estado soñando desde el inicio.

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El ser humano crea sin cesar. Pintamos, dibujamos, escribimos, guionizamos, actuamos, construimos coches, puentes, edificios, cohetes… A cada construcción le subyace una destrucción. Vida y muerte. Encontramos el radio y el uranio y el plutonio para después hacer volar ciudades enteras con una bola de metal en la que se mezclan esos elementos.

La naturaleza del mito de Cronos: el padre que se come a sus hijos por miedo a ellos… hasta que los hijos se deshacen del padre. Lo nuevo que revoca lo viejo. En todas sus formas, para mantener el tiempo en una espiral de eterno presente, como si el pasado, el hoy y el pasado mañana sean la misma cosa.

Como si la clasificación del tiempo sea una concepción del hombre para comprender lo finito. ¿Comprenden el tiempo, los androides? Si no podemos morir y somos inmortales, ¿entonces qué sentido tiene pensar en el ayer y en el mañana?

La paja mental que estáis leyendo subyace también en toda la serie de Westworld. Al fin y al cabo, es una obra de Jonathan Nolan. Su señora Lisa Joy y él son personas con mucha cultura general, muchísima. Aunque estudió filología inglesa en la Universidad de Georgetown, Nolan ha viajado mucho por todo el mundo y le gusta alardear de la casa repleta de libros en la que vive junto a su compañera de profesión, de viaje y de vida.

Los Nolan–Joy o Joy–Nolan están obsesionados con la retrospección de lo humano y Westworld es la prueba más palpable de ello. Tenemos que agradecer, sin embargo, la mezcla de intelectualidad y cultura popular. Una mezcla que hace de Nolan y de Joy intelectuales interesantes y simpáticos, abiertos a todo lo que ocurre en el mundo.

No son académicos, no están encerrados en sus torres de marfil. Son personas de grandiosa cultura, la saben utilizar e intentan crear shows acordes con sus inquietudes. Se visten como cualquiera de nosotros, sin aquellos chales horripilantes o esas gafas redondas y de montura de madera de roble.

El cerebro es un bien común e individual. Tenemos que utilizarlo con modestia, valentía y discreción, sin aspavientos.

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Esta gran cultura general de los Nolan–Joy la vemos durante toda la serie, pero hay un momento en el que aparece con toda su luminosidad. Hacia el final de la primera temporada, el Dr. Ford (Hopkins) le enseña una copia del fresco La Creación de Adán a Dolores.

Este fresco corona la Capilla Sixtina, pintada por Miguel Ángel en 1511. El divino creador, amigo de Lorenzo de’ Medici il Magnifico, y trabajador del papa Julio II, era un artista completo, único, un ángel que supo esculpir la perfección con la Piedad (1496) y el David (1501–04). Y el divino creador quiso ilustrar el episodio bíblico del Génesis en el que Dios le da vida a Adán.

Un solo golpe de dedo, uniendo las yemas de los índices de un hombre barbudo y musculoso, un sabio filósofo que vuela en el firmamento rosado junto a sus ángeles. Adán está posado sobre la tierra, desnudo, también un ser musculoso y ágil, joven y e ingenuo, agradecido y admirador del ser superior que le ha dado vida. Lo que sorprende es el manto rojizo que rodea a Dios: una capa con forma de cerebro.

“Pasaron 500 años para que alguien se diese cuenta de algo que estaba totalmente a la vista”, le dice el Doctor Robert Ford a Dolores en presencia de Bernard Lowe. “Fue un médico el que se dio cuenta de la forma del cerebro humano. El mensaje es que el regalo divino no viene dado por un poder superior, sino por nuestras mentes”.

Anthony Hopkins habla pausado, siempre con una especie de sonrisa socarrona en la boca. Se sabe un dios y le encanta. En la escena que estábamos comentando, el Doctor Ford se refiere al doctor en psicología Frank Lynn Meshberger, quien publicó un artículo en la Revista de la Asociación Médica Americana en 1990 acerca de la teoría anatómica en La creación de Adán.

No hace falta afirmar que el Dr. Meshberger no pudo ocultar su admiración hacia la obra y la persona de Miguel Ángel Buonarroti. Una admiración que sigue latente en todos nosotros cuando estudiamos, analizamos, contemplamos y versionamos sus obras. Los androides de Westworld son la versión futurista y final de las esculturas grecorromanas o renacentistas.

Los androides del Doctor Ford y de su difunto colega Arnold se construyen a partir de grandes impresoras 3D, y se moldean en círculos como el que aguanta al Hombre de Vitruvio (1490) de Leonardo da Vinci. Leonardo y Miguel Ángel eran fervientes competidores, genios sin parangón que se admiraban y se detestaban con el mismo fervor.

¿Qué queda de Miguel Ángel sino su obra? ¿Qué queda de Leonardo sino sus creaciones? Ahí radica la venganza de la creación: el creador se va, la creación se queda para siempre. El alma del creador se diluye en lo creado, como el alma de Arnold se diluyó en la de Bernard Lowe.

Lo nuevo que sustituye lo viejo, aunque lo viejo se queda de alguna forma en lo nuevo. Un reciclaje continuo en el que el tiempo solo queda como concepto teórico. Zeus tenía características de Cronos. Como el hijo las tiene del padre. Como el Hijo y el Padre son la misma cosa.westworldJuguete y juego. La búsqueda de los exterminadores de metal hacia Sarah Connor y después a John Connor. La creación de Matrix para aturdir a la realidad. La revuelta del mono César en la nueva saga de El planeta de los simios (iniciada en 2011) también sigue este parámetro. Todo lo que creamos se nos vuelve en contra.

O por lo menos ese es nuestro miedo. Los poetas, los novelistas, los guionistas y los actores crean personajes que, en un momento u otro, se adueñas de sus destinos. La serie Westworld le da la posibilidad a los actores de enseñar todo su talento: del enfado a la desesperación, del lloro a la sonrisa, del terror a la felicidad.

Ellos crean, se divierten, y hacen de Westworld una serie de la que anhelamos una pronta segunda parte.

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