Wes Craven

Wes no se ha ido, vive en nuestras pesadillas

Como decía Shakespeare había algo que incidía en la naturaleza, puede que en la naturaleza humana y que estaba podrido; un cáncer exactamente… [Pesadilla en Elm Street, minuto 22:30].

Es el noviembre de 1984 cuando A Nightmare on Elm Street asoma silenciosamente en las salas cinematográficas estadounidenses. Parece una fábula pero en verdad es una pesadilla.

Nightmare es el punto de no retorno del new-horror del cine americano, un grado cero del terror cuyos temas,  obsesiones y todos esos horrores a los que han asistido los jóvenes americanos en la década precedente han sido unidos en un único caldero.

Corría 1984 cuando se estrenaba uno de los títulos que revolucionaron el género de terror y, en concreto, el slasher.

El monstruo ahora es capaz de amenazar, ya no se esconde en la casa cercana, no es el freak a los márgenes de la sociedad (como pasa en Las colinas tienen ojos siempre de Craven) y tampoco esconde su rostro detrás de una máscara.

El miedo ya no tiene unas fronteras definidas, es un fantasma que forma parte de todos nosotros y viene a buscarnos por la noche, mientras estamos durmiendo. El origen de la pesadilla y del tremendo Freddy vienen de las reminiscencias infantiles, sueños y por descontado, pesadillas.

Lo que deja marca en la película de Craven es sobre todo la fría descripción del mundo ‘real’, árido y desolado, contrapuesto un mundo onírico muy inquietante, en una unión que nos dificulta distinguir entre las dos realidades (basta con ver la lucha final y la posterior muerte de la madre de Nancy).

La América provinciana puesta en escena por el director está constituida por alegres casitas de colores y un instituto que se sitúa en el centro de la villa como en cualquier college movie que se precie. Un lugar donde no vemos ningún niño y los adolescentes ya tienen problemas propios mucho antes de la llegada de Krueger.

Pesadilla en Elm Street es una película fuertemente política en la cual el malestar general y el mal curso del país son tildados como exterminadores de las esperanzas de las nuevas generaciones (se entiende que soñar equivale a morir); una nueva prole sin puntos de referencia a los cuales sustentarse, con unos adultos vacíos y capaces de entender que no son de gran ayuda para sus hijos.

Analizando la película encontramos muchos ejemplos que avalan la crítica propuesta por Craven ya que en todo el metraje no hay ni un solo personaje que viva una situación familiar equilibrada.

Tina, la primera víctima, vive con una vulgar madre que se despreocupa de ella y que cuando su hija muere se está divirtiendo en Las Vegas; los padres de Nancy están separados hace tiempo (la madre huye de los problemas bebiendo mientras que el padre está convencido que su hija está loca); los padres del gamberro Rod sólo se ven en el funeral de su hijo y los de Glen (un jovencísimo Johnny Depp) son caracterizados como los más respetables pero tienen un punto odioso; no quieren que su hijo salga con la loca de Nancy y le cuelgan el teléfono cuando ella intenta avisarles del peligro, condenando a su hijo a un atroz final al puro estilo splatter.

Finalmente nos queda Freddy, el hombre del saco, la personificación de los males de la sociedad. Krueger es la conciencia sucia de los habitantes de Springwood que vuelve a llamar a la puerta. Es la sobra de un pasado que no quiere ser olvidado, un monstruo que volverá para acabar su trabajo y llevarse la última miga de inocencia que poseen los padres del pueblo.

Con el primer título convertido en objeto de culto casi ipso facto, se nos presentaba la figura del psychokiller cinematográfico desde un punto novedoso a la par que terrorífico.

Freddy es una encarnación demoniaca que invade el mundo real, que turba los sueños de Wes Craven, de los productores de la New Line, de los jóvenes de Springwood y de todos nosotros. El sueño de la razón ha engendrado sus monstruos, y tampoco en las horas de descanso América tiene sueños tranquilos.

Scream, película rodada en 1996 también por Wes Craven, sigue los mismos tiros que Pesadilla en Elm Street pese a que tengamos que tratarlo con algodones porque si bien ha sido la película que ha devuelto el terror a las salas de cine (un género que se daba por muerto) también ha abierto las puertas a un discutible nuevo género, el teen-horror, que nos ha regalado perlas de pura inmundicia como I Know What You Did Last Summer o Valentine.

Al ver la película me di cuenta que en lo que nos mueve a ver la muerte representada en la pantalla hay algo malsano, que el cine mismo es una herramienta peligrosa, inestable; y más allá que la falta de valores de los adolescentes americanos, Scream es esencialmente una reflexión sobre el poder del medio cinematográfico.

Lo que tienen en común las películas horror es su crítica profunda a las producciones del sistema dominante; el terror es un género que se define como un retrato fiel de nuestras fobias, una estampa de los sentimientos de crítica y autocrítica de la sociedad.

Es una denuncia hacia la actitud que reduce al hombre a una soledad asfixiante y crea una masa de monstruos sedientos de consumo cuyo intento es la auto-afirmación por encima de la identidad del otro.

Las películas de terror son variaciones de la paranoia, nos hablan de pensamientos, emociones y sensaciones que están alejadas del pensamiento racional y de los comportamientos considerados correctos.

Estas películas son un espejo, un espejo que nos juzga y nos dice cosas que no siempre son placenteras, este es su poder y su sentido final.

Mira, genial.

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