Analizando Vinyl

La HBO ha vuelto a pecar de ambición desmedida. De rizo del rizo del rizo. De demasiada avidez a la hora de contar una historia que hubiese podido llegar a las cinco temporadas. Vinyl tenía que ser una serie de época que hiciese época.

Con padrinos como Martin Scorsese, Terence Winter y Mick Jagger. Con protagonistas como Bobby Cannavale, Olivia Wilde o Juno Temple. Con escenas que ya son memorables… Pero se ha quedado en una sola temporada, un bluf que la Home Box Office ha cancelado antes de que se rodara su segunda temporada. Aun así, Rotten Tomatoes le da un 76% de aprobación de la crítica publicada, con un 73% de aprobación por parte de la audiencia.

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Cuando analizamos Boardwalk Empire hicimos hincapié en la ambición desmedida de la serie, la cual quería relatar el nacimiento de la mafia americana durante la Ley Seca (década de 1920), quedándose a medio camino. Con Vinyl ha pasado lo mismo, aunque esta vez la HBO ha sido más despiadada.

La voluntad de dicho serial era relatar el mundo discográfico de la década de 1970, con sus intríngulis mafiosillos y sus delirios y locuras e idas de olla y exageraciones. Y lo ha conseguido, no nos equivoquemos: la caracterización de la serie es genial, es su mayor logro junto a la banda sonora, pero el espectador es, como hemos repetido muchas veces, tradicional y rompedor a la vez. Le gusta la tradición y la originalidad, todo bien mezclado para que lo que vea sea una tradición original o una originalidad tradicional.

En The Sopranos había algunas historias que se sucedían y se reinventaban: la mala relación madre–hijo entre Livia y Tony, parecida a la de Agripina con Nerón; el dilema de la sucesión que tiene Tony hacia Christopher y luego con Bobby Baccalieri; su relación psicoanalítica con la Dra. Melfi, en la que vemos todos los claroscuros del personaje principal, en cómo se convierte en una especie de Mefistófeles de sus allegados, en un diablo entrañable y carismático que deja un reguero de sangre y desolación por donde pasa (la depresión de su hijo AJ es una consecuencia de los malos consejos de su padre, por ejemplo).

En The Wire, vemos la evolución de la investigación policial sobre los casos de drogas de Baltimore, que abren un sinfín de realidades, de grises y de verdades ocultas; vemos las relaciones de los polis y los cacos, de los mafiosos de medio pelo, de las relaciones con el poder político.

Fijémonos en los dos ejemplos que acabamos de nombrar: The Sopranos y The Wire son dos series icónicas de la HBO, de las mejores de la historia de la televisión, y han sabido recuperar historias de siempre para hacerlas duraderas y convertirlas en grandes momentos televisivos y en pingües beneficios pecuniarios.

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La HBO debería ir con cuidado. Ya son tres errores graves los que arrastra por culpa de su ambición: el mal final de The Sopranos, la mala estructuración de Boardwalk Empire, y la mala previsión de Vinyl. Hoy, la HBO solo puede contar con una sola serie de cabecera, Game of Thrones, la cual vociferan que terminará como los Siete Dioses mandan (dos temporadas con siete capítulos cada una y finales de tramas seguros). La mayor competidora de HBO, en términos de calidad, es Netflix.

Porque, como la HBO, le da manga ancha a los creadores de sus series (Narcos, The Get Down, House of Cards, Stranger Things, Orange is the new black) pero que, a la vez, tiene una política de self-service que salva a las series.

Se le da total libertad al espectador: se cuelga la temporada entera, y será el espectador el que decidirá cómo y cuándo seguir la serie. Y de ahí ha aparecido la nueva cultura de las series, de cómo respetar su visionado, de cómo comentarlas, de cómo analizarlas individual o colectivamente.

Porque Netflix no es exactamente un canal de televisión, sino una plataforma de contenidos en Internet. Su fórmula es revolucionaria y, al final, será copiada por muchos otros canales, los cuales se irán convirtiendo en plataformas.

Las teles y los ordenadores, los smartphones y las cámaras de fotografía, pasarán a tener todos los mismos algoritmos, las mismas funciones, las mismas características. Podremos hacer videollamadas con una pantalla de “televisión”, podremos escribir con un teclado conectado sin cables en una Tablet, podremos… Si es que no podemos hacerlo ya. Es la destrucción creativa, o creación destructiva, lo que más sufre la HBO. Renovarse o morir.

Vinyl, sin embargo, es una gran serie que, desgraciadamente, pasará al olvido fácilmente. ¿Por qué? Porque no tiene continuación. Y diréis: puede ser vista como miniserie. Estamos de acuerdo, pero Vinyl no nació para ser una miniserie. Una miniserie consta de una sola temporada.

De hecho, al contar con una sola temporada, a la serie se le añade el prefijo “mini” para hacernos entender que la historia que nos presentará tiene un inicio definido, un cuerpo del relato también definido, y un fin sin prácticamente cabos sueltos.

Toda serie, en cambio, al poseer más de una temporada, necesita que cada temporada esté conectada con la otra, como si fuese una cadena. Incluso cuando las temporadas cuentan diferentes historias con diferentes personajes, como American Horror Story de FX o True Detective de HBO, todas las temporadas necesitan puntos de encuentro con las anteriores.

Y la temporada final debe ser el cierre de la serie. Boardwalk Empire es una serie que comenzó a dar bandazos en la cuarta temporada, y terminó con una quinta de encanto. Las series se han vuelto complejas, poseen tintes filosóficos de primer orden, comprenden que el espectador es lo bastante intelectualmente maduro como para comer lo que le están presentando.

Pero esta complejidad no casa siempre con la lógica televisiva clásica, normalmente asociada a la simpleza del capitalismo: tantos gastos, tantas ganancias, y más vale que las segundas sean mayores que los primeros.

Coca, mafia, y disco

Antes de comenzar, ¡atención, spoilers!

Podríamos afirmar que Vinyl es una serie exagerada. Y nos gusta. Simplemente no ha sabido calibrar su exageración. Comienza con un capítulo de una hora que es una maravilla. Es un telefilme de Martin Scorsese, en el que se presentan los personajes y el contexto y en el que nos dan las mejores escenas de toda la serie. En el primer capítulo.

Tenemos la escena del mánager de los Led Zeppelin, un británico chillón y malhablado, gritarle “¡Puto enano judío peludo de mierda!” a un colega del personaje principal, o tenemos los delirios del editor de radio Frank “Buck” Rogers, magistralmente interpretado por el cómico americano Andrew Dice Clay, o la deambulación de Bobby Cannavale hasta llegar a un concierto de los New York Dolls

Después del primer capítulo, Vinyl no nos puede regalar escenas con un calibre tan alto. Las tramas pisan el freno, vemos la conducta errática del protagonista, Richie Finestra (Cannavale), el cual parece siempre caer de pie. Un nuevo antihéroe con carisma, encanto y mucho, mucho, mucho, mucho vicio. Sin cesar de esnifar cocaína, de beber alcohol, de fumar, Finestra es un reconocido cazatalentos musical, con un genial ojo para las novedades.

Se convence de que el inglés Kip Stevens –un James Jagger enchufado gracias a que su padre, la piedra rodante por excelencia, rockero de la vieja escuela y uno de los creadores de la serie– puede ser su flote de salvación, e intenta recuperar el imperio discográfico perdido.

No le faltan momentos interesantes como cuando queda con un Elvis Presley al final de su carrera, en Las Vegas, un rey que fue grande y que ahora parece un deshecho artístico en manos de un falso Coronel, llamado Tom Parker (Gene Jones en la serie), que le dicta todos los pasos.

Finestra es el protagonista indiscutible, un hombre hecho a sí mismo que ha sabido leer los labios de las musas, ha comprendido sus secretos y se ha hecho de oro… incluso perdiendo amigos por el camino, haciendo tratos con mafiosos y criminales y delincuentes.

¿Qué sería una serie/peli/telefilme/obra de Martin Scorsese sin la palabra vicio? Personajes rocambolescos y divertidos, sacados del costumbrismo, de la picaresca americana –violenta, agresiva, a veces grotesca–, a veces amigos de las narraciones, siempre con millares de fuck fuckity fucking fuck en la boca, esnifando polvitos blancos, bebiendo sin cesar, fumando sin freno, viviendo una vida loca, porque, oye, ¡qué guapos son y qué culitos tienen!

Pero, amigo, es América, la tierra de las oportunidades y del puritanismo y, como todo en América (mejor dicho, en los USA), todo lo que sube, debe bajar. Si te abandonas demasiado al pecado, el pecado te destruye. Las normas de la mafia también contemplan la lealtad y la fidelidad, la discreción y la eficiencia. Cuando te pasas de la raya, se acaba el juego: balazo en la cabeza u hoyo en el Mojave.

En los filmes de Scorsese dedicados a la mafia, como Goodfellas o Casino, los personajes que cruzan la línea demasiadas veces (normalmente los interpretados por Joe Pesci) acaban asesinados.

En Vinyl, Richie es el cómplice accidental del asesinato de Buck Rogers. Esa escena del primer capítulo, larga casi nueve minutos, es quizá la mejor de la serie con diferencia:

Richie celebraba su cumpleaños tranquilamente junto a su bellísima esposa (¡oh, Olivia Wilde!) y sus amigos, hasta que le llama uno de sus colaboradores, Joe Corso (Bo Dietl), para que le ayude a tratar con el loco empresario de la radio Frank “Buck” Rogers. “¡La radio inventó el rock and roll!”, le espeta Buck a Richie.

Buck está completamente drogado, su ojo izquierdo mira a Cuenca, recuerda miedos de infancia repitiendo como un deficiente mental “Face your fears…” hasta que vuelve a gritar “I put the jukebox in random because it’s what life is!” y comienza una pelea que termina con su muerte. La mejor escena, típica de Scorsese, con música abrazando los momentos de mayor violencia, con suciedad y desorden. Después de esta escena, no hay otra con su mismo nivel. Esta escena, si bien un lujo que el espectador agradece, es el detonante de la serie y su hipoteca.

Viviendo en Marte

Como hemos apuntado, Vinyl quería enseñar un mundo, el de la música de la década de 1970. Es una serie que rezuma nostalgia. Los sesentones Scorsese, Jagger, Winter, todos ellos vivieron esos locos años en los que los Estados Unidos perdieron la Guerra del Vietnam, en los que los países productores de petróleo se dieron cuenta de su poder y lo utilizaron para crear efectos perversos en la economía occidental, en los que el líder soviético Breznev comenzaba a apagarse, en los que los USA vivirían en una crisis política sin precedentes con el caso Watergate y la consecuente dimisión del presidente Nixon. Años en los que la ciudad de Nueva York era un foco de delincuencia y criminalidad, desigualdad y ley selvática. Y en medio de todo este contexto, el rock and roll. En medio de estos locos años, Richie Finestra y sus colegas y sus vicios. Y la música.

Porque Vinyl puede contar con una banda sonora (aquí el enlace a su lista de Spotify) espectacular. Es una serie apadrinada por Scorsese y Jagger y habla sobre la música, así que escucharemos canciones como All the way from Memphis de Mott The Hoople, Mama he treats your daughter mean de Ruth Brown, I like it like that de Chris Kenner, Stranded in the jungle de David Johansen, Shippin’ into darkness de Soda Machine… Muchas canciones de una década que Scorsese y compañía creen única. Y muchos cameos de los famosetes de la época, como un Andy Warhol en la piel de John Cameron Mitchell.

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Porque no faltan los cameos. Hemos hablado del encuentro entre Richie y Elvis. Vemos un cameo de un joven David Bowie, interpretado por Noah Bean, quien está comenzando su gira del ya legendario álbum sobre la vida de Ziggy Stardust. Vemos incluso el lento nacimiento de la música disco, gracias a los garitos para negros con mezcladores de música.

Pues toda música revolucionaria americana es obra original de sus negros: la mezcla de las canciones africanas con las de los esclavistas con las de los industriales y mercaderes del norte con las que llegaron en las maletas de irlandeses, italianos, polacos, alemanes, rusos, europeos de todo tipo.

El rock comenzó con sonidos nuevos en bares para negros, primero con guitarras clásicas, después con guitarras eléctricas. En la década de 1940. Pocos blancos se acercaban a estas ideas, y los que lo hacían conseguían la misma excelencia que sus maestros, y el dinero blanco.

El rock europeo se desarrolló a partir del conocimiento de estos nuevos sonidos, de estas nuevas ideas musicales. Un enlace, entre América y Europa, que ha creado océanos de cultura popular aún hoy vivos. En Vinyl vemos un ejemplo micro: la desgracia de Lester Grimes (Ato Essandoh), un joven rockero negro con mucho futuro por delante, truncado por la avidez racista de los blancos.

Y terminamos con el mítico David Bowie, recordando uno de sus mejores estribillos, el de los marineros bailando en el hall justo cuando los hombres de las cavernas van y vienen, cuando el hombre de la ley pega al muchacho equivocado, mientras el cantante se pregunta si el hombre de la ley sabe que está en un espectáculo de monstruos y si hay vida en Marte:

Sailors fighting in the dance hall / Oh man! / Look at those cavemen go / It’s the freakiest show  Take a look at the Lawman / beating up the wrong guy / Oh man! Wonder if he’ll ever know / He’s in the best selling show / Is there life on Mars?

Porque esta es la canción que canta un nuevo talento que no termina en manos de Richie. El colega de éste, Zak Yankovich (Ray Romano), escucha cantar Life on Mars a Douglas Smith, un cantante de orquesta. Voz angelical que puede ayudar a Zak a salir de la sombra carismáticamente opresiva de Richie. Y Zak lo apadrina, espera convertirlo en una estrella, en exprimirlo, en utilizarlo. Y ahí se queda la ambición de la serie, porque no sabremos jamás si Zak conseguirá su cometido. Vinyl nos deja una banda sonora genial y algunas escenas únicas, pero no se completa. Y es una pena, porque hubiese podido llegar a ser o bien una miniserie histórica, o una serie sin igual.

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