Ventilador

Una noche entró en la taberna un ruso que escapaba de las purgas de su país. Era un ser repulsivo, tanto como nosotros, y como nosotros se quedó prendado del Hijo, recién llegado hacía dos días al Rebaño. Empezó a hablarnos en ruso, creyendo que lo entenderíamos, pero nada. Hasta que la Puta de la Esquina le ayudó: es un soldado, un soldado honrado y honesto que ha luchado con los Comandantes en la revolución de hace unos meses; es un soldado, un hombre que lucha bajo órdenes y a veces inclusive con un ideal, y por un ideal; es ruso y se escapa de su Papá, algo extraño, ¿quién se escapa de su papá? Decíme, ruso, qué hacés en este antro de mala muerte.

El ruso le habló otra vez. Y he aquí la traducción de la arrugada de la Esquina: Tiene miedo, está agotado de tanta lucha, se acaba de dar cuenta de que la revolución acabó hace unos dos meses, pero él seguía escondido en la selva, esperando que alguien lo ayudara; ha vivido a base de bichos y agua de coco, y ahora dice tener fiebre; por eso ha venido aquí. Decíme, ruso, qué más querés explicarnos.

Es un soldado que escapa de su país enorme porque ahí le ven como un peligro para la ciencia del socialismo real porque él tiene profecías y en el socialismo real no hay cabida para profecías. Eso es lo que es, y eso es lo que tiene, el pobre diablo de hielo. El ruso se sentó en un taburete y bebió una copa de ron añejo. Miró al Hijo durante un buen rato y dijo algo.

Le cambiarán el nombre al bebito. El Dueño escupió, argumentando que él le quería poner el nombre santo del Espíritu Santo, pero que nosotros no le dejábamos. Dicho en profecía, sin embargo, tenía que ser hecho, pero Tele, que era un puñetero, no quiso votar, y así el Rebaño no pudo bautizar al Hijo. El ruso pasó con nosotros unas cuantas noches, intercambiado palabras con Moro, que mientras aprendía ruso, el soldado soviético aprendía nuestra habla. Todo ello bajo el ventilador de óxido de la taberna, que cantaba sus susurros de metal moribundo.

El ruso tenía una barba de Carlos Marx que le convertía en un ser a la vez respetuoso a la vez penoso. Cuando ya supo expresarse más allá de las traducciones de la de la Esquina, nos contó que un día uno de nosotros moriría en extrañas circunstancias, debido a hechos que ni sus profecías no podían decirnos. Acto seguido, vomitó el ron añejo y entre gritos en ruso y en nuestra habla le gritó al Dueño que él solo bebía aguardiente colombiano. ¡Ni ron ni vodka! ¡Aguardiente de marineros!

El Dueño le escupió en la cara, y el ruso se le tiró encima, comenzando una tangana que divirtió al Hijo y a los demás, mientras Manita pedía calma y la de la Esquina se abandonó al opio otra vez. Los truenos de cualquier riña hacen que el mundo se agite. En la taberna las paredes comenzaron a tambalearse, y de repente, y sin motivo, el ventilador se desprendió de su base, rodó sobre los Hombres Tristes y empañó las ventanas de un rojo sedoso que olía a ron añejo.

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