Las veleidades de la razón (II)

No es cierto que hable a través de escupitajos, no es cierto que lo limpie todo con mis babas, no es cierto que sea un maleducado hostil antipático osco y gruñón, no es justo que se me incluya en la pléyade de pordioseros que se hacen llamar los Hombres Tristes, no es justo que se me llame con sorna el Dueño, es injusto que a la Puta de la Esquina Vieja se la llame así… aunque no recuerdo su verdadero nombre y creo que nadie (¡nadie!) lo recuerda a ciencia cierta. El que os narra las vivencias del susodicho Rebaño de los Hombres Tristes es un puto desgraciado sin más alma que la que le chupó su elefanta esposa.

Estoy harto de que se me nombre como el Dueño porque no soy dueño de nada, solo de mi vida. La de la Esquina Vieja es la única que me llama por mi nombre de pila, Aureliano, y es la única que merece mi respeto porque es la única que, después de casi treinta y dos años en la intemperie de la existencia, me propuso un hogar y una segunda oportunidad. Cuando la conocí ella estaba terminando su último servicio en Camagüey, en un club de veleidades y tetas que se llenaba de norteamericanos famélicos de sexo y locura, y yo era el mismo vagabundo que había estudiado Licenciatura de Filosofía en su juventud que se apostaba delante del Club Tropikana para pedir algunos pesos. Mi bisabuelo fue José Martí y mi padre bastardo es el presidente Fulgencio, hoy destronado por el movimiento del 26 de julio, y como casi todo el mundo que nace de la oscuridad de la pasión se me puso el apellido Noches.

He viajado y he tenido yo también algún que otro hijo, he conocido mundo, he leído todo lo que tenía que leer y he escrito novelas para escritores sin escrúpulos deseosos de vivir el éxito de la literatura bien vendida. He nacido en plena selva, en un carro del vientre de una niña de catorce años del harén del presidente Fulgencio; ésta me metió enseguida en la Casa de la Caridad de Santiago, donde aprendí a leer y a escribir y a amar a los sofistas, a los griegos, a los romanos, a los demás antiguos, a los taoístas y a los budistas, a los hindúes, al fanatismo cananeo, a las creencias judía, cristiana y musulmana, a las ideas de las Luces, a las ideas de la Tempestad y el Ímpetu, a los positivismos, al marxismo, a las teorías del psicoanálisis, a las vanguardias, a las locuras de la razón.

Estudié de forma autodidacta y un potentado latifundista me pagó la licenciatura que yo quería estudiar, la de Filosofías, y me la saqué en menos de cuatro años, con una voracidad solo comparable al hambre que sentía durante algunas noches que las monjas no podían darnos de cenar porque no había buenos feligreses que ayudaran. Me licencié a tiempo récord y me puse a trabajar de secretario y consejero de mi mentor, un hombre siempre de blanco y bigote risueño que me amaba como a su hijo pero que trataba a los negros como a esclavos y les hacía trabajar a todas horas para mejorar la calidad de sus cafés.

Mi tarea era vigilarlos pero les tomé cariño y les instruí, pues la mayoría era un haz de analfabetismo y rencor acumulado que solamente mis clases magistrales y todo lo que aprendieron de mí ayudó a que explotara en las narices de mi mentor. Los negros y los mulatos tantos años bajo el yugo de mi mentor, al que le debían tanto respeto como yo, quemaron las plantaciones y la casa grande y se dieron a la fuga: las nuevas visiones que les había regalado gratis les habían abierto a un mundo de libertad e igualdad que ellos utilizaron como anarquía, destruyendo su pasado, tan cruel según ellos, tan justo según mi mentor.

Decidí escapar de ese mundo pestilente, odiado por todos, decidí viajar a Miami y luego a Tallahasee, adonde me pusieron de escribiente en su Senado, luego de secretario, y pasó lo mismo: el barrio donde decidí vivir era el gueto de los negros de la capital de Florida, muchos de ellos sin más recursos que su orgullo. Y volví a dar lecciones de vida y volví a enseñarles más y mejores visiones de la razón, que convirtieron en veleidades transformando la ciudad en un mar de disturbios y saqueos.

Cuando la policía estatal se hubo percatado que habían aprendido todas aquellas excusas en castellano caribeño y no en inglés americano sureño, ya fue demasiado tarde para ellos: volví a viajar, a perderme por los rincones de la Tierra, esta vez habiendo aprendido la lección, la mía propia, que me obligaba a no dar más lecciones, por si acaso. Viajé tanto que perdí las falanges de algunos de mis dedos de mi mano derecha en una timba de póker en Atlantic City, condado de Atlantic, estado de New Jersey. Viajé demasiado, y finalmente volví, de polizonte, en un barco mercante a la isla que me vio nacer y luego a la ciudad que me vio partir.

La casa grande de mi mentor era en esos momentos una ruina de mi pasado y Camagüey se había llenado de risas y lágrimas, todas rodeando el Club Tropikana, mala copia de su homónimo de la Habana. Pasé más hambre que nunca, comiendo de entre las basuras, y de repente apareció la de la Esquina. “Che”, me dijo, “vení conmigo si querés, porque necesito una ayudita para mi próximo negocio”. De la selva a la selva, salvado por una mujer cuyos viajes eran mucho más lectivos que los míos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *