Las veleidades de la razón (I)

Es de sobra conocido que la razón es uno de los secretos mejor guardados del ser humano, de esos que ni a sí mismo se daría para no perderlo. Los animales, seres cuyo instinto no ha llegado al estadio de la razón, se preguntan (nos preguntan) por qué nosotros y no, por ejemplo, los macacos poseen este regalo divino que muchísimas veces o bien no sabemos utilizar o bien la utilizamos muy mal, para veleidades que ni la misma razón humana se sabría explicar.

Estas filosoferías de cuatro pesos y medio, sin más valor que la taberna en la que pasábamos nuestras penurias, eran las que el Dueño contenía dentro de su cocorote repleto de lapos con los que contestar y limpiar vasos u otros utensilios de la taberna. La de la Esquina, la verdadera propietaria de dicho lugar, le había sacado de la mendicidad hacía ya más de veinte años y, a falta de un mejor espacio donde escabullirse, le ofreció ser el barman del negocio que abriría en medio de la selva de la Sierra Maestra, en una villa de menos de cincuenta casas y más de once puerqueras, con gallinas paseantes de todos los colores y humanos que no veían la luz del cielo por la densidad de las hojas de los árboles de fantasía de la Sierra.

El Dueño era conocido como tal por ser, según afirmaban sus lapos, el dueño de su mismo ser: nadie más que el Dueño era dueño de sí mismo, aunque en realidad su alma salvada estaba en manos de la Puta de la Esquina Vieja; una paradoja que, como decía el Dueño, era una veleidad de la razón en sí misma, sin estertores ni villancicos.

Una vez Tele, antes que muriese en extrañas circunstancias, y antes de que vinieran los Comandantes barbudos a investigarnos, me explicó que escuchó a la de la Esquina Vieja llamarle Aureliano al Dueño. Ése y no otro tiene que ser el nombre de este macarra, me comentó Tele por debajo. Si no, no me explico que solo respete a la Puta porque siempre que le hemos preguntado su nombre nos ha respondido con una dilatación de sus pupilas a la par que escupía filosofías tan burdas como el arte autodenominado contemporáneo pero que en verdad es puro timo. Una vez Fino, el Hombre Triste más despistado, se quedó dormido debajo de la barra y de los taburetes después de una noche de bailes (creo que fue después de la noche en que vi la luz loca, aunque ahora mismo no lo recuerdo bien) y cuando de despertó aún era pronto, no había amanecido y el Dueño, por tanto, no había abierto la taberna al público.

Solo la Puta estaba ahí: sentada en su mesa, reposando su vieja cabeza sobre un cojín de sus babas. Fino, viendo que podía servirse un vaso de agua sin que el Dueño se la sirviera, se puso detrás de la barra, y al momento vio al Dueño saltarle encima y chillarle que ése era su lugar y no el de Fino. ¡Yo soy el que está detrás y vosotros delante!, se ve que le gritó.

¡Así que vuélvete de dónde has venido, mequetrefe, o te ahogo con mis manos! Durante una semana entera Fino no apareció por la taberna, aterrado, pues había escuchado la voz de ogro del Dueño, algo que nosotros jamás hemos hecho –habla a través de sus escupitajos y se hace entender–. Solo una botella de rico ron añejo gratuito hizo que Fino volviese al ruedo y torease con suma precisión las arcadas de la borrachera mal llevada. Eran días de ensueño y de estupideces, de ignorancia plena hacia el futuro que estaba a punto de llegar. León Trasky aún no había entrado en la taberna escapándose de las purgas de su georgiano Papá y el Hijo aún no había sido rebautizado.

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