Qué tiempo más feliz

Sentado sobre mi taburete escuchaba junto a Tele, Fino, Moro, el Dueño, la Puta de la Esquina y su Manita, escuchaba el megáfono nuevo de la taberna, un regalo que nos dejó en testamento el señor más viejo de la aldea, que se había muerto hacía poquito con casi doscientos años de vida. Dícese de él que nació cuando los españoles aún buscaban indios de entre la selva para reponerlos por negros. El megáfono tenía una voz propia hecha de trompicones y siempre cantaba lo mismo:

Viene a mis recuerdos la taberna

y los compañeros del ayer.

Donde fuimos juntos tan felices

hablando del futuro por hacer.

El Dueño escupía siempre que empezaba el estribillo, para darle mayor musicalidad al momento.

Qué tiempo tan feliz

que nunca olvidaré,

y la canción alegre del ayer.

Por nuestra juventud

y llenos de inquietud

¡tuvimos fe y deseos de vencer!

La, la, la, la…

Nuestros culos se movían al son de aquella música de ancianos, sentados en nuestros taburetes agarrando nuestras copas con ron añejo. Manita, el negro ex soldado de la revolución que un día apareció con cuernos de arce y que gracias a la Puta de la Esquina ya no los tenía, se sabía la canción de memoria y dijo una vez que ese era un himno de los soldados de la contrainsurgencia, pero que era tan divertida que hasta los soldados insurgentes, seguidores de los Comandantes revolucionarios, tatareaban.

El Dueño aprobó su afirmación con un lapo amarillo y la de la Esquina lo abrazó escondiendo su cara entre sus labios pintoreteados de sucedáneo de carmín. Eran los momentos más felices de la taberna del Rebaño de los Hombres Tristes. Gracias al megáfono, nosotros los Hombres Tristes podíamos pensar en algo más allá del ron añejo que tragábamos cada día desde la mañana hasta el anochecer.

Los sonidos celestiales llegaron a oídos de la Mamá Santa, y la paquiderma esposa mía me vino a buscar para reprenderme y decirme que eso estaba mal, que escuchar música no entraba en los esquemas de nuestro matrimonio de tedio y tiranía femenina. Sin embargo, cuando la Mamá Santa entró en la taberna con un mazo para aplastar pasta, lista para perseguirme hasta cansarse por toda la aldea, comenzó a bailar, como poseída por los sonidos graciosos del megáfono.

El ritmo, apuntalado por las astas del ventilador del techo, hizo que la Mamá Santa dejara a un lado su mazo y me mirara con unos ojos que hacía tiempo que había yo olvidado. Tele le susurró a Fino que era la primera vez que veía a la Mamá Santa sonreír, y Moro se levantó para parapetarse bajo la mesa de Manita y la Puta de la Esquina, por si acaso aquella fachada de la Mamá Santa era más bien un farol.

Pero encadenados a la vida

pudimos conocer la realidad.

A veces nos veíamos de nuevo

volviendo con nostalgia a recordar.

Me sacó a bailar, y entonces recordé el porqué de nuestro matrimonio. Bailamos con ahínco, mirándonos a los ojos, con gran amor, aquella cosa que parecía haber olvidado. Me palpó los genitales y me besó en la boca, pasándome su lengua por todos los tabiques de mi garganta. Eres tan precioso, me dijo. No podía caber en mí de gozo. Mamá Santa por fin volvía a ser la mujer con la que me casé.

Después de haberme hecho pasar férreas dietas de banano frito porque tenía miedo que me muriera por culpa de mis anginas de pecho, y de haberme convertido en un delgaducho, siendo antes un gordinflón, después de años en que vivíamos juntos pero no revueltos, mi Mamá Santa volvía a amarme, o al menos eso era un pequeño momento de taberna en que ella pretendía parecer querer amarme.

Hoy pasé otra vez por la taberna.

Nada parecía como ayer

y un reflejo extraño en los cristales

mi cara no logré reconocer.

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