The Leftovers

Es un día cualquiera, como muchos otros, cuando de repente desaparece el 2% de la población mundial. Se desvanece como por arte de magia delante de la mirada atónita de los que se quedan, de los rechazados, de los Leftovers. La última proeza de HBO, de la mano del genio Damon Lindelof, empieza así y su evolución es capaz de dejar boquiabierto incluso al más seriéfilo.

Lejos de amoldarse a los estándares de producción televisiva mas clásicos, la serie que se basa en la homónima novela de Perrotta, da un vuelco a la ficción a la que estamos más acostumbrados a ver y coge derroteros de lo más inesperados.

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Para empezar, en ningún momento se nos clarificará el motivo de la desaparición, eso no es lo importante. El punto de partida tan metafórico se usa en este caso para empezar a reflexionar sobre la perdida, el luto y el sentido de la vida.

En un mundo pre/post-apocalíptico donde la tragedia es tan potente a la vez que muy latente, los personajes sin rumbo, traumatizados por un hecho tan inexplicable, dedicarán todas sus fuerzas para tirar adelante.

Así veremos como, a través de personajes de lo más variopinto aunque bastante representativos, las distintas formas de afrontar una perdida y digerir la tragedia llevan a cada personaje a tomar decisiones tan dispares cuanto coherentes con sus historias.

En The Leftovers, como he dicho antes, entramos en un contenido pre/post-apocalíptico donde no tenemos edificios derruidos, falta de trafico, supermercados vacíos o estéticas a lo Mad Max.

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En esta serie todo es más sutil y el desconcierto provocado por este hecho tan espectacular resulta visualmente poco atractivo según los cánones clásicos de las ficciones apocalípticas, aquí la trama se desarrolla en pueblecitos de lo más monos donde la procesión va por dentro.

Así, rechazando grandes dosis de espectacularidad, The Leftovers opta por transmitir a través de la pantalla la desorientación de los protagonistas. En el mundo que queda, la emotividad es efervescente, los personajes están constantemente al borde del llanto y de la risa histérica, el alma hierve y no encuentra estabilidad.

La grandeza del equipo creativo de la serie reside precisamente en saber transmitir estas sensaciones a través de una pantalla, nunca como en esta serie había sido posible percibir tantos sentimientos a flor de piel a través del plasma.

No quedamos boquiabiertos por grandes explosiones y efectos especiales pero el alma, como un trapo que se escurre, está a merced de diálogos que llegan a cotas nunca antes vistas y situaciones emocionales que hacen que te replantees muchas de tus convicciones.

La serie está constantemente reflexionando y poniendo en duda decisiones; pone sobre la mesa temas que para el espectador son tan estimulantes como escalofriantes.

¿Qué harías si perdieras a toda tu familia sin poder darle sepultura? ¿Que harías si perdieras a tu hijo aún no nacido? ¿Qué harías si tu prometida desapareciera en la nada? ¿Verdad que os suenan todas estos dilemas? Al fin y al cabo la serie habla de la muerte y más específicamente de la pérdida y de la incapacidad de poder cerrar. Las desapariciones son mucho mas dolorosas que las muertes y The Leftovers habla, eminentemente, de esto.

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Resulta curiosa la evolución de esta serie que llegaba a nuestras pantallas con las expectativas por las nubes, siendo el nuevo trabajo de Damon Lindelof, uno de los creadores detrás del fenómeno Lost.

Así la serie llegó y dejó descolocada a mucha gente. Si, como en la famosa serie ambientada en la isla, la premisa tiene puntos en común y metodología similar: la acción se centra en un grupo reducido de gente (supervivientes de un desastre aéreo en una isla desierta y supervivientes de un desastre mundial en un pueblo perdido de Estados Unidos) en busca de explicaciones y redención.

Como en Lost, en The Leftovers también hay misterios sin resolver, trampas y pistas que no llevan a ningún sitio (en la segunda no tan exageradas como en la primera, bandera de este tipo de ficción).

Ahora bien, si en Lost la acción y el misterio se erigen como protagonistas del tono general, en The Leftovers las tribulaciones internas de cada personaje se alzan en medio de todo, no importa que les ha ocurrido a los desaparecidos ni el porque, lo que interesa es como esto ha afectado a la tranquila (o no) convivencia de una pequeña comunidad.

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Así, a través de personajes arquetípicos pero en absoluto tópicos, entramos en el juego de la serie de Lindelof que acaba siendo un monumental ensayo sobre la perdida, sobre la vida y la muerte. El jefe de policía Kevin Garvey (Justin Theroux en el mejor papel de su carrera), siempre en lucha entre lo físico y lo metafísico, simboliza el ciudadano medio incapaz de asumir tamaña tragedia y de asimilar las increíbles consecuencias de todo eso.

El mejor personaje de la serie (y uno de los mejores de siempre en la ficción televisiva) es el de la actriz Carrie Coon, quien antes de esta serie prácticamente no había trabajado en nada y que aquí realiza un trabajo espectacular.

El personaje es la agente de detección de fraudes (sí, en este mundo postapocalíptico, como siempre, hay que andar con cuidado con los estafadores que se aprovechan de las desgracias) Nora Durst. Su hermano es el reverendo del pueblo Matt Jamison (un intenso aunque necesario Christopher Eccleston) que simboliza su reverso de la moneda.

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Nora ha perdido a su entera familia en el día de la partida (sus dos hijos y su marido) y, evidentemente, su evolución dentro de la serie se ve marcada por la enormidad de la tragedia. La protagonista final de la tercera temporada y por consecuencia de toda la serie es ella, que como nadie simboliza los desastrosos efectos de perder a un ser querido y no poder cerrar el circulo, sin ni siquiera poder darles sepultura. Una herida abierta prácticamente imposible de cerrar que, al final de la serie, en el ultimo y precioso capítulo, intenta dar un sentido a su vida.

El dialogo final entre Nora y Kevin es para enmarcar y volver a visionar cada dos por tres, una autentica maravilla, un plano contraplano absolutamente maravilloso.

Interesante es observar también la evolución de la serie que tras el fracaso de audiencia de la primera temporada se sintió totalmente liberada para hacer lo que los guionistas y creadores quieran hacer con ella. Así, libre de imposiciones y concesiones al gran publico, la serie a partir de la segunda temporada es sencillamente única.

Única en el más amplio de los sentidos, es decir, exagerada en su planteamiento y muy loca en su desarrollo. Cambian de escenario, si en la primera el microcosmo mundial era representado por el pueblecito de Mapleton en este caso los protagonistas se trasladan a Jarden, llamada Miracle, un pueblo mítico ya que fue el único en todo Estados Unidos sin casos de desaparición.

Kevin y familia deciden trasladarse ahí para intentar encauzar sus vidas. Evidentemente no encontrarán el paraíso buscado ni respuestas certeras, más bien recibirán muchas más preguntas y vivirán experiencias casi paranormales.

Así, la segunda temporada de la serie se desarrolla bajo la apariencia de un thriller, con un misterio que resolver planteado en el primer capitulo y con el personaje de Kevin cogiendo el protagonismo absoluto. Los guionistas también tuvieron el acierto de introducir a nuevos personajes, entre ellos John, la némesis de Kevin, muy efectivo en su papel de sparring y de espejo deformado.

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En Miracle asistimos a la verdadera locura postapocaliptica: curanderos, locos cegados por la fe acampando en las afueras del pueblo, las sectas intentando boicotear el intento de oasis, chamanes y demás personajes bizarros.

En la tercera y última temporada el planteamiento ya es desencadenado, todas las cartas están sobre la mesa y ya no hay escapatoria. Ocho capítulos (¡que corta se hace, por Dios!) monumentales, desde el primero Book of Kevin hasta el tremendo Book of Nora, el último y perfecto episodio de una serie que ya es de culto.

No cuesta imaginar el placer que ha inundado a todos los implicados en un proyecto tan demoledor como es The Leftovers, conseguir realizar lo que se desea, sin ataduras de ningún tipo y con tanta sinceridad abocada en la pantalla debe ser una gozada.

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La tercera temporada mantiene el tono de apocalipsis íntimo y traslada la acción a la desértica y casi metafísica tierra de Australia.

Capítulos sólidos como puños, la banda sonora como siempre sobresaliente, una fotografía intimista y unos actores en estado de gracia al servicio de unos guiones monumentales.

The Leftovers cierra el circulo y consigue finalizar una serie por todo lo alto, cosa difícil de conseguir (solo con repasar los finales de otras series míticas basta para comprobar lo difícil que resulta dar un cierre digno y coherente con toda la trama anterior).

Seguramente, Terrence Malick estará mordiéndose las uñas al ver como lo que él intentó (y casi consiguió con The Tree of Life) Lindelof y compañía consiguen con matricula de honor en esta serie que, como ninguna otra, es capaz de pegarse a tu piel, penetrar en tus entrañas y golpearte con un caos calmado hasta hacerte tambalear. Es como si el contenido de la serie fuera ‘bigger than life’ y el continente un pausado réquiem. Una autentica locura.

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Religión, muerte, sociedad, miedo, amor, relaciones, perdida, realización, crecimiento, iniciación, familia, decisiones, responsabilidad, consecuencias y sentimientos. Al fin y al cabo, The Leftovers reflexiona sobre el sentido de la vida, nada más.

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