The Deuce

Hace años, cuando vi el primer capítulo de The Wire pensé que sería un rollazo. La dejé aparcada durante casi dos años. Después volví a ver ese mismo capítulo piloto de la que después me daría cuenta que es la opus magna de David Simon. Aunque en aquel entonces no lo sabía, aún, y otra vez dejé esa serie aparcada una vez llegué al episodio cinco. Mis amigos que habían visto la serie me comentaban que estaba loco, que tenía que tener paciencia. Que tenía que darle una tercera oportunidad.

Y se la di. Volví a empezarla, viéndola desde el primerísimo episodio. Me armé de paciencia. Y aprendí a ver las series de hoy, más complejas, más profundas. En The Wire, que se emitió en la HBO desde 2002 a 2008, aparecía el mundo sórdido y sucio de una ciudad sórdida y sucia, Baltimore, en Maryland, con miles de drogatas, demasiados trapicheros, mucha corrupción, toda la escoria que puedes encontrarte en una ciudad en plena crisis post-industrial. El famoso Rust Belt americano. Una ciudad oxidada de principios de siglo XXI. David Simon fue incluso insultado por políticos y líderes sociales de Baltimore, su ciudad natal, porque estaban molestos con aquella imagen de aquel lugar en aquel tiempo.

Simon es un artista reportero convertido en guionista. Mientras cubría sucesos, aprendía a escribir guiones, y pintaba lo que veía en sus borradores. Uno de ellos llegó a las manos de la HBO y de ahí surgió la cocción lenta de The Wire. Un retrato de una ciudad, Baltimore, sinónimo de decadencia humana. Y con la sordidez y la suciedad y el cinismo y el desespero, The Wire, David Simon y la HBO ganaron miles de millones de dólares. Y cuando la serie terminó, muchos esperaron poder ver una segunda Wire en Treme, cosa que no sucedió porque era deliberadamente otro tipo de retrato. Seguramente la HBO le pidió repetidamente a Simon que le regalase otro momento Wire, y él se sacó de la manga la miniserie Show me a hero, un retrato exquisito de la micropolítica.

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Finalmente, en 2017, la HBO puede lucirse con The Deuce. Es una maravilla. Es también abiertamente sórdida, sucia, desesperada, humana, demasiado humana, con decenas de personajes y tramas. Aunque la principal es el sexo, deshumanizado, en manos de proxenetas y prostitutas, de actrices, actores, productores y directores de cine porno, en sex shops y pajilleros, con drogadictos, trapicheros, polis honestos y polis corruptos, mafiosos de tres al cuarto y mafiosos más peligrosos. Es maravillosa porque posee estilo The Wire con toques de The Sopranos y Boogie Nights, aunque ni desea ser una serie dedicada enteramente al mundo de la mafia, ni quiere ser tan estridente como la obra de Paul Thomas Anderson.

¿Qué es the Deuce, exactamente? La calle 42, en Manhattan, tocando a Broadway y Times Square. La nueva serie de David Simon, co-creada con George Pelecanos (quien le hizo de guionista en otras de sus obras), trata la mala vida de la Nueva York de principios de la década de 1970, en la que tanto la prostitución como la pornografía estaban pasando de lo prohibido a lo legal. Era la época del cambio para con lo obsceno. Y en ese contexto geográfico e histórico, vemos un sinfín de personajes: los gemelos Vince y Frank Martino, el mafioso Rudy Pipilo, las putas Candy, Darlene, Lori y Thunder Thighs, el obrero Bobby Dwyer, los chulos C.C., Larry Brown, Rodney y Reggie Love…

Los personajes principales son Vincent Martino, interpretado por un genial James Franco, y la prostituta independiente Eilleen Merrell, alias Candy, en las carnes de una estupenda Maggie Gyllenhaal. Vincent es un buen tío, un barman profesional que sabe levantar cualquier garito, y para ello se convierte en aliado del mafioso Rudy Pipilo, interpretado por Michael Rispoli –¡el mismo Jackie Aprile de Los Soprano!–. Franco también interpreta a su hermano mellizo, Frank, mucho más travieso que Vincent, más dado a los juegos de cartas y demás pequeñas ilegalidades. Sin quererlo ni beberlo, tanto los Martino como su cuñado, Bobby Dwyer (el mismo Chris Bauer aka Frank Sobotka de Wire), se meten en el business de la prostitución.

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La corte de meretrices es sensacional. Hay de todo. Igual que hay muchos tipos de proxenetas o chulos. Candy / Eilleen no tiene chulo que la “proteja”, así que debe sobrevivir en una jungla llena de fieras sin poder contar con la suya propia. Su necesidad de supervivencia la hace interesarse por la pornografía. No deja el sexo, pero pasa de la calle a las cámaras. Es una profesional del sexo, se conoce bien a sí misma, y sabe que no podrá recuperar una vida normal más allá del sexo. Un hecho humano pero inquisitorialmente perseguido por nuestra moral. Gracias a su flema, a su paciencia, a su savoir faire, vemos cómo Eilleen sale lentamente de las calles para convertirse en un as del incipiente mundo del porno.

Y así consigue ayudar a sus colegas de faena. Entre ellas aparecen la resignada Darlene (Dominique Fishback), la niña Lori (Emily Meade), e incluso la malograda grandullona Muslos de Trueno (Pernell Walker). A éstas les acompañan esos chulos ridículos y medio analfabetos, a cada cual más hortera, todos ellos muy peligrosos, pero que saben sacarnos más de una sonrisa a los espectadores. Quiero destacar al enorme Gary Carr, inglés, quien encarna al joven proxeneta C.C., quien parece un trozo de pan cuando en realidad es un diablo. O Rodney, interpretado por el rapero Method Man. O el cínico Larry Brown, quien parece tener ganas de dejas ese mundo de “dinero fácil, mujeres y ropa chula”.

Hay tantos personajes, todos ellos con un aura especial, algo que los hace únicos, que no quiero olvidarme de la hermosa Abby Parker (Margarita Levieva), una burguesa que acaba trabajando en el bar de Vincent Martino y ayudando a las putas. O el poli Chris Alston (Lawrence Gilliard Jr. aka D’Angelo Barksdale en The Wire), honesto pero tan cínico como los demás. O Fat Mooney (E.J. Carroll), el propietario de un sex shop en el que terminan las primeras cintas porno. Son personajes que bien podrían tener sus otros yo en el Raval de Barcelona.

Más allá de una banda sonora sensacional, The Deuce posee algunas características que han hecho que Rotten Tomatoes le dé un 92 sobre 100 o que Metacritic le dé un 85 sobre 100. Posee dosis importantes de humor para poder comer con tranquilidad este dramón. Todos los diálogos son muy importantes, aunque parezca que estén de adorno, como comenta Emilio de Gorgot en Jotdown. Los que lloramos el fin de los Soprano podemos recordarlos con cómo se porta y habla Rudy Pipilo junto a todo su entorno. Los que echamos en falta a The Wire tenemos la misma firma de Simon, con la misma sordidez.

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Y es en este aspecto en el que me gustaría quedarme. Un día hablaba con mi amigo Daniele Sabatinelli sobre la suciedad de la serie. Pero es una suciedad, ¿cómo decirlo?, elegante. Sí, sabemos que no hay suciedad que pueda ser elegante. ¿Pero qué otra forma tenemos para radiografiar el mundo de la prostitución y la pornografía? ¿Es que no considera nuestra moralina judeocristiana este mundo como decadente, peligroso y sucio? En The Deuce hablan y enseñan el sexo en su justa medida. Sexo de todas las tendencias, modas, tipos, modalidades, formas, características. Heterosexual, LGBTQI+ (y todas las letras del alfabeto). No hay sexo de más, no hay imágenes de más en que veamos quién se acuesta con quién, quién le hace una felación a quién, quién le come el culo a quién. El sexo, en The Deuce, es un hecho como cualquier otro, un trabajo, una realidad de la que no debemos escapar.

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