Momentos de Taberna

Una bici aparcó ante la taberna. Bajó un hombre adusto, lacónico, de sonrisa casi invisible pero aparentemente existente, vestido con colores amarillos diferentes, algunos ocres, otros canarios, otros cacatúa, un loro hecho humano, pero sin la verborrea de esos pájaros de magia. Su bicicleta era un rudimento excepcionalmente triste, de ruedas pinchadas, sillín de paja vieja y manillar de madera de banano. Era un hombre aburrido por la rutina. Iba descalzo y llevaba una bolsa también amarillenta.

Era el cartero. Su tez trigueña y servicial apareció con un halo de luz dentro de la taberna, aun humeante por la batalla pasada. Olía a perro caldeado, a ron demasiado añejo, a sudor, sangre y sesos del Espíritu Santo –un olor suave, como de lavanda y canela, el sabor de los ángeles. Buenos días, nos saludó. Buenos días, le devolvimos el saludo. Estoy buscando a Manita, volvió a soltar, voz de escribano.

Manita, al que le habían crecido los cuernos de por vida, se acercó al cartero, quien ni se inmutó. Le tendió la carta, un sobre rectangular sucio de fango, humo de tabaco y sudor, y nos dio las gracias y los buenos días a todos. Volvió a subirse a su bicicleta y desapareció en medio de la selva. Los pocos hombres tristes que quedábamos en la taberna, recordando momentos de pesadilla y susto, nos acercamos a Manita. El negro abrió la carta y la leyó en voz baja, moviendo los labios. Los cuernos crecieron un poco más. El opio nos soplaba en la nuca. El humo de la quema también. Debo volver a la capital. La revolución ha terminado.

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