Stranger Things

Cuando todos pensábamos que el séptimo episodio de Star Wars o la renovada antología de Star Trek o aquella emotiva y entrañable Super 8 eran homenajes a la década de 1980, llegó Stranger Things. EL homenaje ochentero. Los hermanos Ross y Matt Duffer se recorrieron más de veinte televisiones antes de terminar en Netflix. Y solo fue Netflix la que consideró que la idea de los Duffer era digna de convertirse en una serie de las suyas.

Y lo ha conseguido. Netflix ha vuelto a dar el golpe. HBO debería estar asustada: Netflix está invirtiendo mucho y muy bien en series, con su fórmula self-service y productos como House of Cards, Orange is the new black, Narcos y la que nos ocupa. Todas ellas con buenas críticas, millones de visualizaciones y miles de descargas.

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Stranger Things, como apuntábamos, es EL homenaje a la cultura pop aparecida en los 1980s. Cada treinta años, las generaciones que entran en el mundo adulto lloran su infancia. La recuerdan con aquella idea del ‘Cada tiempo pasado fue mejor’. Los editores de Los De La Bici hemos nacido a finales de los ’80 y hemos pasado nuestra infancia en los ’90, pero conocemos todo lo que hay que saber de la década en la que nacimos.

Por eso nos hemos quedado patidifusos al ver Stranger Things. Todo, absolutamente todo, es un popurrí de homenajes que crean el homenaje definitivo, una especie de supermomento kitsch que comienza con la música, pasa por la cabecera a lo Alien, el octavo pasajero, o por el cartel de la serie (una referencia a la saga Star Wars), y termina con las referencias políticas de la época. Porque no deja de ser eso: una radiografía de la década de 1980 pasada por el filtro de la fantasía surgida en aquella era, los años en los que los USA le ganaron el partido a la URSS.

La sinopsis es sencilla: un niño desaparece en extrañas circunstancias y una niña con poderes telequinéticos aparece también en circunstancias más que extrañas. El grupo de amigos con Mike, Lucas y Dustin –interpretados por Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin y Gaten Matarazzo, respectivamente– son como los goonies liderados por un Elliot de E.T. (Mike) que tiene que buscar a su amigo desaparecido Will (Noah Schnapp) ayudados por la misteriosa y poderosa niña Eleven, una clara referencia al mejor manga de todos los tiempos, Akira, de Katsuhiro Otomo. La británica Millie Bobby Brown está excelente en su papel, una especie de Imperator Furiosa en miniatura, y muy bien acompañada por sus amiguitos.

Para redondear este casting, tenemos a una recuperadísima Winona Ryder como la desesperada mamá del desaparecido (recordemos que la Ryder ha vuelto después de su ostracismo post-cleptómano, con una anterior presencia de actriz secundaria en Show me a hero de la HBO), y al sheriff local Jim Hopper, una especie de Lluís Homar americano joven. Como toda buena serie, tiene subtramas y unos villanos carismáticos, como el Doctor Brenner, interpretado por el Recluta Bufón aka Matthew Modine.

Stranger Things cuenta con ocho capítulos. Deja que el espectador saboree todas las referencias, todos los mini-homenajes, todas las memorias de una época: desde la política de la guerra de las galaxias de la Administración Reagan, hasta los últimos estertores de la Guerra Fría, pasando por la decadente e hipócrita cultura de la clase media americana.

Los Duffer han escogido muy bien el contexto: un pueblo de Indiana llamado Howkins en 1983. Un remanso de paz y tedio que, de repente, se ve envuelto en una pesadilla. Stranger Things, por tanto, es una imaginativa y agradecida radiografía de una era que resuena en nuestras cabezas treinta años después. ¿O es que nadie se da cuenta de que Obama es el Reagan negro y demócrata?

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