Star Wars: The Last Jedi

Fui a ver Los Últimos Jedi con poca información y esperándome una película más sosa de la que finalmente vi. Me encantó. Posee un encanto especial, y reconstruye la historia de aquella galaxia tan lejana siempre en estado belicoso. Star Wars: The Last Jedi no es la mejor de la saga (ese título nobiliario se lo dejo a El Imperio Contraataca) pero reconstruye y desarrolla la historia de una forma necesariamente muy original.

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Rian Johnson se atreve y la clava. Tenemos otra vez a una Leia Organa (Carrie Fisher) convertida en la matriarca de las Fuerzas Rebeldes. Vemos a un Luke Skywalker (Mark Hamill) amargado y asustado, decepcionado con la mitología de aquella secta decadente que dejó caer la República, o séase los Jedi. Tenemos a unos muy secundarios C3PO y R2D2, en contraposición con un BB-8 que se convierte en parte esencial de la historia. Vemos el desarrollo de los nuevos personajes y el desvanecer paulatino de los clásicos (Chewbacca es una pieza fundamental, eso sí).

La factura cinematográfica de esta epopeya fantástica es, una vez más, sublime. Tenemos los elementos clásicos de la saga (la introducción con letras amarillas sobre un fondo estrellado; el maniqueísmo de los Jedi contra los Sith; unos malos muy característicamente casi-nazis; animalillos por doquier) y los elementos nuevos, como los personajes de Finn (John Boyega), Poe Dameron (Oscar Isaac), el histérico Kylo Ren (Adam Driver), o la hermosa Rey (Daisy Ridley).

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Es una cinta valiente, pasan cosas que no nos esperamos, y se nos presentan los sentimientos más escondidos, las dudas que acechan en cada personaje. Es un film que le da a la mujer un peso esencial: las lideresas son la nueva fuente de esperanza en la galaxia, esta vez sumida en una larga guerra civil entre la Primera Orden y la Nueva República. No solo por Rey o por Leia, sino por la vicealmirante Holdo (Laura Dern) y la compañera de Finn, la asiática Rose (Kelly Marie Tran).

Es una peli que se abre mucho más a la diversidad tanto en colores como en acentos. Una película que nos deja una escena espectacular en un casino intergaláctico (recomposición de la taberna alienígena de Tatooine) y la irrupción de un personaje sorprendente en las carnes de Benicio del Toro.

Es un metraje que se atreve a darnos nuevos indicios del contexto. La República murió porque era un sistema obsoleto y decadente, corrupto y desordenado, el cual ya no tenía en los Jedi a sus guardianes, sino a su mayor pasivo. Era cuestión de tiempo que el Imperio apareciese o, mejor, se fundase.

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Los Episodios I, II y III relatan el fin de una era política, de un sistema, y el nacimiento de una dictadura militar basada en el credo Sith y la homogeneización forzosa de la galaxia bajo un solo líder (el emperador Palpatine). Rogue One y los Episodios IV, V y VI relatan la revolución de las Fuerzas Rebeldes, lideradas por un nuevo Jedi, y el fin del Imperio para dar paso a una Nueva República mucho más débil que la anterior.

Los Episodios VII y VIII relatan una guerra civil fratricida entre un poder que se resiste a morir (la Primera Orden, heredera del Imperio) y un poder que no puede nacer del todo (la Nueva República, o Fuerzas Rebeldes 2.0). La Fuerza es, como nos explica la marioneta de Yoda, un sentimiento de nobleza, de paciencia, de calma espiritual, de paz. Y Star Wars, aunque sume aquella galaxia lejana en una historia de guerra perenne, es una alegoría hermosa.

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