El Silencio de Scorsese

Martin Scorsese tiene dos filmografías. La primera es rápida, sin ambages, de posproducción veloz y sin aliento, basada en la acción, el humor negro, las parábolas personales hacia los infiernos y una final redención parcial de los protagonistas principales. La segunda es más lenta, introspectiva, propia, caprichos de un hombre que creyó tener la vocación del sacerdocio cuando fue adolescente pero que ha terminado siendo uno de los maestros del cine.

La primera filmografía de Scorsese posee títulos como Goodfellas, Casino, The Departed (Infiltrados), o la reciente The Wolf of Wall Street. Normalmente con dos actores fetiche: Robert De Niro y Leonardo Di Caprio.

Normalmente con cultura de la migración mísera europea de finales del XIX y principios del XX: ítalos e irlandeses. La otra filmografía presenta títulos cuales La última tentación de Cristo, Kundun, o la que nos concierne: Silence.

Lo hace con actores menos conocidos: un Willem Dafoe que en los ’90 aún estaba creciendo como intérprete, y Tenzin Thuthob Tsarong para darle vida al Dalai Lama. En medio de estas dos filmografías, tenemos mezclas de ambas como El cabo del miedo (la histeria del abogado Nolte ante el psicópata De Niro), The Aviator (biopic de las manías de Howard Hugues), o Shutter Island (introspección de la locura de Di Caprio convertido en el detective Teddy Daniels).

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El último filme del maestro Martin Scorsese, Silencio, es un ejercicio introspectivo místico propio. Podríamos incluirla en el segundo tipo de filmografía, que se da la mano con la primera de forma natural, pues no deja de ser obra del mismo pintor. Scorsese establece que Silencio sea más lenta, más lacónica, más introspectiva. Con actores jóvenes y ambiciosos como Andrew Garfield y Adam Driver, Scorsese lleva al cine la novela de Shūsaku Endō, escrita en 1966.

Y solo jóvenes ambiciosos como Garfield y Driver podían retratar con maestría a los padres jesuitas Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe. Al principio, estos dos fanáticos cristianos del siglo XVII, quienes buscan al presunto apóstata padre Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), nos enseñan sus buenas obras de evangelización.

En una tierra extraña y peligrosa, el Japón de 1648. Mientras Europa se desquitaba de la Guerra de los Treinta Años y se adentraba en el sistema del estado-nación, Japón ya era una especie de estado nacional desde hacía siglos. Debido a su geografía, su insularidad, su historia, su cultura.

Scorsese recupera su lado más intimista y espiritual.

Nosotros también vemos una similitud con El corazón de las tinieblas de Joseph Konrad y con Apocalipse Now de Francis Ford Coppola. Nosotros también vemos el viaje en tierras extrañas de un grupo de europeos u occidentales en medio de montañas agrestes, ríos y mares que humean, viajes hacia el interior de nuestro instinto con el pretexto de hallar un mentor o un amigo perdido.

La fotografía es lo mejor de la película: esa naturaleza dura y agreste de aquél Japón que quizá ya no existe. Esa sociedad de los primeros años de la era Tokugawa, con campesinos cada vez más pobres y desorientados por las luchas intestinas entre clanes. Porque nada de esto se explica, en Silencio.

Solo vemos la persecución de las autoridades, del establishment japonés, a los kirishitan, los cristianos japoneses. ¿Quién es el enemigo de estos desgraciados? ¿El inquisidor Inoue? (Interpretado por el anciano Issei Ogata, quien posee una voz de lo más estridente) ¿O los jesuitas, quienes poseen una Verdad que va más allá de lo que podrían aceptar las autoridades japonesas?

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A parte de la fotografía de esta peli de masticar lento, Silencio nos regala momentos de interesantes diálogos entre Rodrigues y el intérprete, quien le hace ver que mientras que ellos, los japoneses, aprenden latín y portugués para comprender a los blancos, éstos no hacen el más mínimo esfuerzo.

Mientras ellos, los japoneses, estudian detenidamente las lecciones de la doctrina de Jesucristo, los evangelizadores no desean estudiar otra doctrina que no sea esta. Y ante el peligro de la intolerancia intrínseca de la Verdad que dice llevar Rodrigues, las autoridades japonesas extirpan las raíces de esa Verdad. Creando destrucción, peligro, atrocidades, crueldad, terror.

Más allá de estas características del film –fotografía, filosofía dialéctica, solventes interpretaciones–, es cierto que la misticidad de Silencio puede abrumar demasiado. Faltan explicaciones sobre la época que vivía ese Japón de nuestro siglo XVII. Y falta la acción que puede llegar a intuirse en el tráiler. Todo ello no quita que Silence es un filme digno de ver, como todo lo que produce Scorsese.

 

El Japón del XVII

Nos vemos obligados a hacer una explicación histórica de aquél Japón del siglo XVII. Silencio no es una película antijaponesa. Todo lo contrario. Nos explica una historia real: la reacción de los indígenas japoneses, organizados en un régimen militar desde hacía siglos, ante la acción de los cristianos. Primero llegaría su Dios, luego sus productos, finalmente sus reyes. Como sucedió en las Filipinas. Y Japón decidió mantener su milenaria cultura, al precio que fuera.

En la época en la que Rodrigues y Garupe fueron a Japón, el shogunato de la familia Tokugawa estaba promoviendo su poder para afianzarlo.

No sin los previos y obligados baños de sangre. Porque Japón fue, desde nuestra Antigüedad, una sociedad que se basaba en el culto sintoísta a la diosa Amaterasu, el sol, padre de la familia imperial.

El culto al sol, al emperador y al país era el mismo culto, poroso y abierto a las distintas doctrinas confucianas y budistas. Todo aquello que pudiera ser beneficioso para el culto principal, era bienvenido. La doctrina de Cristo, sin embargo, establecía una nueva jerarquía.

A la osadía de rodar Silence se unen decisiones creativas no menos trascendentales como la de prescindir, prácticamente en todo el metraje, de una banda sonora que sustente el dramatismo que se desencadena en pantalla.

Los primeros encuentros con Occidente vinieron de la mano de exploradores portugueses a finales del siglo XV. Vasco da Gama llegó a la India en 1498, abriendo rutas comerciales hacia Cantón (desde 1513) y Japón (desde 1543). Los españoles llegaron a Japón en 1548, los holandeses en 1600 y los ingleses en 1613. Y todos ellos llevaban nuevos enseres… y nuevas ideas.

El jesuita navarro San Francisco Javier comenzó a evangelizar a los japoneses en 1549 y al principio las autoridades japonesas abrazaron las novedades occidentales. Hasta que el número de cristianos pasó de menos de 100 en 1549 a más de 700.000 en 1613, año en que el shogun Ieyasu Tokugawa prohibió la doctrina cristiana.

Paralelamente a la arribada de misioneros –normalmente ibéricos y jesuitas–, Japón pasó del régimen de los Ashikaga al de los Tokugawa. No sin sus baños de sangre obligados.

El Japón de aquélla época era una sociedad feudal (a su manera, no en la forma europea, pero utilizamos este calificativo para no liar la perdiz) en la figura del emperador era la unificadora de la cultura, la sociedad y la nación japonesas.

El emperador estaba acompañado por un gobernador general militar y político, el shogun, quien podía establecer la sucesión dinástica de los jefes del régimen.

Este régimen militar familiar, llamado bakufu o shogunato, poseía en la cúspide a una familia interconectada con otras grandes familias nobles japonesas, las cuales luchaban entre sí cuando el shogun moría. Y pasó cuando el shogun que vio a los primeros cristianos, Yoshiaki Ashikaga, murió en 1578.

Entonces uno de los daimios –terratenientes– más poderosos, Oda Nobunaga, levantó su estandarte contra los Ashikaga, volviendo a sumir el país en una guerra civil que duraría hasta su asesinato, por uno de sus seguidores, en 1582.

El asesino, Toyotomi Hideyoshi, se convirtió en un shogun expansionista –intentó conquistar el reino de Corea, quedando éste y la economía japonesa muy maltrechos–, quien murió a su vez en manos de otro general, Ieyasu Tokugawa.

Éste último establecería la dinastía Tokugawa hasta la era Meiji (1868): un régimen militar centralizado, cerrado y aislacionista, en el que se estipularon las doctrinas neoconfuciana Sung y la sintoísta de la Escuela del Aprendizaje Nacional como las únicas dignas de ser garantizadas por el régimen.

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Los tres generalísimos que hemos mencionado –Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y Ieyasu Tokugawa– fueron los tres principales perseguidores del cristianismo japonés.

Al principio, Nobunaga dejó que se desarrollara la doctrina cristiana en Japón, admitió que sus eruditos estudiasen esa nueva fe occidental, pero se dieron cuenta de que ese nuevo credo establecía una nueva orden, antagónica con la cultura milenaria de Japón.

En 1587, Nobunaga decretó que los misioneros tenían que abandonar el país. Ya con Hideyoshi, en 1596 se crucificaron 26 misioneros como castigo por no haberse ido. Y Ieyasu comenzó por tolerar aquella extraña religión al principio de su shogunato, pero en 1614 decretó la prohibición completa de la religión, estableciendo una persecución total de la fe cristiana, hasta ser erradicada casi completamente en la década de 1660.

Otras medidas que tomó el régimen Tokugawa fue la prohibición de los occidentales de ir más allá de Nagasaki (el único puerto abierto) y de entrar cualquier escrito cristiano. Y solo los holandeses podían entrar, pues los otros (portugueses, españoles e ingleses) se propasaron.

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Hemos visto que la fe cristiana establecía un nuevo orden social. Las dos doctrinas que abrazaron los Tokugawa, en cambio, se complementaban entre sí. Y desarrollaban el culto sintoísta.

El Sung, doctrina o filosofía neoconfuciana, afirmaba que el principio universal li emanaba del Supremo, (ta’i’chi), por lo que el Camino del Cielo –el camino hacia la perfección– se llevaba a cabo de la mano de ambos preceptos, sin olvidar los valores de la obediencia, la fidelidad, la limpieza de cuerpo y mente, el respeto hacia el próximo y hacia el superior.

La Escuela del Aprendizaje Nacional, por su parte, desarrolló y actualizó el culto sintoísta al país y al emperador, utilizando nuevos mecanismos budistas como la meditación, tomada de la doctrina budista Zen.

Como hemos visto, estas doctrinas (Sung y Escuela del Aprendizaje Nacional) eran andamios con los que mantener el edificio japonés. El cristianismo, en cambio, no se podía tolerar si no aceptaba una jerarquía como la de aquel Japón.

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