Rogue One

Rogue One no es una de las mejores películas de la mitología Star Wars, pero es tan entretenida como todas ellas. Si dejamos de lado las anodinas y lacónicas precuelas ideadas por George Lucas, tres mamarrachadas que han envejecido fatal, todo lo que tiene que ver con Star Wars es carne de consumo. Y más desde que la Disney compró Lucas Films y los derechos del universo de los Skywalker.

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Como apuntábamos, Rogue One es tan entretenida como cualquier otro filme del culebrón ideado por Lucas en la década de 1970. Rogue One es la misión secreta de Jyn Erso (hermosa Felicity Jones) y sus compañeros para robar los planos secretos de la Estrella de la Muerte, el arma definitiva.

Jyn es, ni más ni menos, que la hija del creador de esta arma de destrucción planetaria –que ya no masiva–, el científico Galen Erso, interpretado por el danés Mads Mikkelsen. Éste, reclutado por el director Orson Krennic (un Ben Mendelsohn shakespeariano), deberá llevar a cabo la construcción de dicha arma para que el Imperio pueda controlar la galaxia.

Rogue One sucede entre los Episodios III y IV. Sabemos que Luke está en Tatooine, vigilado de cerca por Obi Wan, mientras que el emperador Palpatine prosigue con sus planes de expansión galáctica desde el Centro Imperial, otrora conocido como Coruscant. Pero no vemos nada de esto.

Jyn Erso y sus heroicos colegas se ven atrapados en los destinos de los anteriormente mencionados. Son peones de una historia mayor. Jyn es, junto Cassian Andor (Diego Luna), el androide K2SO (Alan Tudyk), el ciego Chirrut Îmwe (Donnie Yen), el brutote Baze Malbus (Wen Jiang) y el piloto desertor Bodhi Rook (Riz Ahmed), una heroína de la que Luke y Leia jamás oirán hablar.

Una tragedia oculta en medio de la guerra de las galaxias, porque Jyn y sus compinches dan su vida para la Alianza Rebelde, una especie de partido político tan cínico y gélido como el Imperio. Los lados luminoso y oscuro de la Fuerza crean innumerables víctimas, que se sacrifican en pos de la dualidad maniquea entre esas dos esferas de poder.

Hay momentos poco sensatos en este film, como la poca explicación acerca de Saw Gerrera, un Forest Whitaker que aparece mucho más en los tráilers que en toda la peli. Gerrera es una especie de yihadista, un terrorista que desertó de la Alianza Rebelde y que lleva la lucha contra el Imperio a su manera, dejando un reguero de paranoia e insensatez.

Poco sensata es también la escena paternofilial final, en la que solo falta una canción de Camela para darle mayor ridiculez. Y, para terminar, poco sensato es el final sin beso entre dos mochuelos, Jyn y Cassian, que están a punto de retorcerse de amor cada vez que luchan juntos. ¿Qué mejor final que un beso interracial entre una anglosajona y un hispano mientras la Estrella de la Muerte los convierte en polvo estelar? Ah no, que es Disney, guardiana de la moral.

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Dejando de lado estas pocas insensateces del film, y su inicio lento, Rogue One nos deja momentos espectaculares, como la tradicional lucha entre naves en medio del espacio, o la batalla en el planeta caribeño Scarif, o las apariciones de personajes clásicos como el senador Bail Organa, el Gobernador Tarkin, Darth Vader, o la princesa Leia.

De hecho, cada vez que aparecen tanto Tarkin como Vader, el film pega un subidón, pues solo los personajes clásicos, malos malísimos como el oscuro funcionario Tarkin o el poderoso sith Anakin aka Vader, atrapan al espectador desde 1977.

Rogue One nos deja momentos espectaculares, como la tradicional lucha entre naves en medio del espacio.

El Gran Moff Tarkin parece que siga siendo el inglés Peter Cushing, muerto en 1994, pero en realidad es el actor británico Guy Henry, a quien tanto el maquillaje como los efectos especiales convierten en el mismo personaje que aparece en el primerísimo film fechado en 1977.

Lord Vader, por su parte, sigue poseyendo la barítona voz de James Earl Jones, aunque en la versión española no le hayan dado la eminente voz del recordado Constantino Romero. Finalmente, la princesa Leia es la noruega Ingvild Deila, pero nadie, absolutamente nadie, lo diría pues parece Carrie Fisher gracias a las mismas técnicas mágicas que han convertido a Guy Henry en Peter Cushing.

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Una de las características fílmicas de Star Wars es su constante innovación técnica. Los efectos visuales son una obsesión de George Lucas, hoy gurú de ese universo. En Rogue One, los efectos visuales más novedosos son, como hemos apuntado anteriormente, la aparición de los mismos personajes de 1977 en 2016. Guy Henry e Ingvild Deila aparecen solo en los créditos, tanto finales como de IMDB, y nadie, nadie, nadie, nadie se daría cuenta de quiénes son los verdaderos actores que dan cara a esos personajes.

Porque Tarkin, Vader o Leia no pueden tener otras caras y voces que Cushing, Jones o Fisher. Porque Tarkin, Vader o Leia son personajes mitológicos imperecederos, como los dioses grecorromanos o los superhéroes.

No podemos imaginárnoslos vestidos de otra forma, o hablando de otra manera. Rogue One sirve para engrasar las arcas de la Disney, para deleitarnos con una nueva historia de las galaxias, y para seguir alimentando un universo que nos tiene fascinados a abuelos, padres e hijos.

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