El retorno del daguerrotipo

Las llamas terminaron de comerse a la taberna y a la aldea toda. El ruso León, pensativo y agotado por su lucha contra el Mastín, se adentró en los cañaverales. Manita se fue para siempre, acompañado de Doña Lluvia y sus acólitas, en una procesión de almas desdichadas y en pena.

Su paso por la taberna y los momentos que se vivieron después de su arribada confluyeron en visitas de diablos y ángeles, de muerte y destino. Sin ellos el tedio no hubiese conseguido alimentarse de nuestros cuerpos, el tedio hecho ron y bananos, el tedio en el que el Rebaño de los Hombres Tristes felices andábamos por estas tierras de Dios Inmisericorde.

Semitas sin más desierto que la inmortalidad a la que nos había abocado la muerte, comenzamos a reconstruir la taberna. Sin los compañeros que una vez tuvimos no podía ser lo mismo volver a la vida de antaño. Viudo y asustado, era ya mi momento de mudez sempiterna, callarme sería la mejor de mis penitencias.

El Dueño, alias Aureliano Noches, pasó de escupidor en jefe a jefe sin más, consolando por el resto de sus semanas y meses a una Puta de la Esquina Vieja envejecida y decidida a perder el resto de sus días en nubes de opio. Pocos y concentrados en lo que pudimos recrear, reapareció de entre la maleza el Australiano Errante, el ser que nos visitó mucho antes que Manita y Doña Lluvia y el Hijo y el ruso León y la muerte y los Comandantes barbudos y la horda de perros y lobos y el fuego.

Muy alto, rudo, con barba de leñador y músculos de fierro, vestido de pantalones cortos y amarillentos, camisa azul deslucida por el sudor que le empañaba los reflejos del cuerpo y unas botas de explorador relucientemente marrones de barros, el Australiano Errante había padecido el paso del tiempo: se le veía mayor, con menos cabello, ojos rojizos por la poca resistencia al calor húmedo de nuestra época, labios desaparecidos y dientes perdidos por el ron que bebía para no añorar a la Tierra de la Reina en la que nació.

Entró en las cuatro paredes forradas de cañas que hacían de pseudotaberna y nos saludó efusivo. No tardó en darse cuenta de nuestra tristeza, y la Puta pasó a contársela.

El negro cuernudo, su Hijo con Doña Lluvia, el vidente de Kasan, la muerte mulata, los revolucionarios, los canes y sus operativas ninfas. El Australiano Errante sudó hielo, le vimos intuir el olor a quemado y sin saberlo cayó en el torbellino de los Hombres Tristes, aunque de Hombres Tristes ya no podríamos hablar pues gran parte de su Rebaño había desaparecido en medio de los acontecimientos que la de la Esquina le contó.

El Australiano Errante sacó una pequeña placa de su fardo, el mismo que trajo cuando nos congratuló por vez primera, del que sacó un cartón de diez centímetros por cinco centímetros, tostado por los años y en el que pudimos ver al Rebaño en su momento de taberna más esplendorosamente tedioso. Sepan, nos dijo, que es el único daguerrotipo sonriente que llevo, es toda una rareza. Su castellano había mejorado notablemente.

Era un viajero que buscaba su tumba, y parecía haberla encontrado. En el cartón aparecíamos Tele, la Mamá Santa, Moro, Fino, la Mamá Santa, el Dueño y la Puta de la Esquina Vieja, con un gramófono, una pipa de opio, una trompeta y una guitarra, con un abanico de botellas de ron y un suelo de hojas de banano y cañas de azúcar, algunas sillas, una sola mesa, moscas y hormigas, una oruga, una serpiente en la comisura del quicio de la puerta, todos descalzos y todos sonriendo al ojo que apresó aquel momento de taberna ya lejano.

Siendo el mundo tan guasón como siempre lo ha sido, mi cuerpo aparecía roído y deshilachado, solo una sombra con sonrisa y un vaso en la mano derecha del que caían algunas gotas de ron añejo.

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