La prohibición más tonta de la historia

La noche en que conocimos a Teléfilo Aurelio Magalhaes la taberna hacía poco tiempo que existía: la Puta de la Esquina Vieja hacía poco que había invertido en ese negocio y aún no había Dueño que escupiese y nos pusiese las bebidas. Eran tiempos extraños, más de magia que de realidad, como si el sudor empañara la memoria y los recuerdos fuesen ron añejo con gotitas de aguardiente de Medellín. Algo raro.

La noche en que conocimos a Tele solamente nos sentábamos, delante de botellas de ron eternamente llenas, Moro, Fino y yo. Manita aún no había llegado, ni habíamos oído hablar de los Comandantes barbudos. Eran tiempos de silencio tranquilo, solamente roto por los cacareos de los papagayos y los demás ruiditos de la selva de la Sierra Maestra.

Eran tiempos de juventud, en los que aún vivía con mi madre verdadera y la Mamá Santa me hacía de novia –sin ser el mastodonte que llegaría a ser en el presente actual de los momentos de taberna que voy contando de vez en cuando. La taberna aún no tenía más que cuatro paredes, suelo de tierra batida, una barra de cáñamo que rezumaba perfume mariano y muchas botellas de ron asilvestradas por entre las paredes.

El techo era un matojo de hierba seca. Faltaban meses para que un incendio lo quemara y la Puta se dignara a invertir en una remodelación de la taberna. Esa noche en que conocimos a Teléfilo Aurelio las estrellas brillaban junto al cante de los animalillos de la selva y nuestras risas eran las que sabíamos que tenían que amenizar nuestra nueva noche de borrachera. Y de repente, eso: un sonido que no era ruido, sino que tenía un sinfín de melodías rítmicas, con voces sincronizadas de hombres y mujeres juntadas con trompetas, violines y pianolas. Esa música se iba acercando, lentamente, nosotros callamos nuestra habla de borrachos y de repente apareció un ser pequeño y bigotudo con un gramófono más grande que todo su cuerpo.

La taberna del Rebaño de los Hombres Tristes se llenó, desde ese momento, de jazz y blues, de voces graves de negro. Oh, el gramófono. ¡Qué invento! No sabíamos que el ser humano pudiese crear tales cosas del diablo. Tele siempre fue un vendedor de gramófonos, y venía de los Estados Unidos de América, adonde había emigrado desde Portugal de niño y donde había decidido ser vendedor de gramófonos. Pero me cansé de estar en ese país de vaqueros irlandeses come-espaguetis y mata-indios, nos dijo, me cansé de esa prohibición estúpida.

¡No se puede beber, ahí! Lo prohibieron por ley. No nos lo podíamos creer: ¿prohibir el ron en la Constitución? Oh, sí, amigos, nos decía Tele, y nosotros aún sin conocerlo ya le teníamos cariño, oh sí, desde hace dos años que ni en Iowa, ni en Ohio, ni en Nebraska, ni en ningún estado de los Estados Unidos se puede beber alcohol, está prohibido. Y si nadie bebe ni whiskey ni claramente ron, nadie quiere divertirse, y nadie compra gramófonos, y sin venta de gramófonos, yo me quedo sin trabajo. Llegué a vivir debajo del puente de Brooklyn, solo con este mi gramófono, hasta que decidí viajar al sur, cruzar mares y selvas, perderme en mi desdicha creada por esa prohibición tan tonta, y heme con ustedes.

Ay, Tele, cuánto te echamos de menos. ¿Por qué moriste en extrañas circunstancias? Aún conservamos tu gramófono, Teléfilo, y nos alegra la vida, jamás se apaga. Ay, Tele, qué jazz. Hasta las bellas mujeres desnudas y los perros y los lobos que últimamente van llenando este pueblo perdido en la real magia de la selva bailan al son de tu regalo.

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