Los presos de oro del Mastín

La vigilancia de los perros y los lobos seguía mientras todo el pueblo aún se retorcía de placer en la maraña orgiástica que nos enjaulaba en la sinrazón. De entre todos los habitantes de nuestro pueblo perdido en la selva, solamente el Dueño, la Puta, la Mamá Santa y el Espíritu Santo se habían quedado dentro de la taberna. Después de la visita de los Comandantes barbudos tocaba la visita de aquellas bestias.

La taberna se convirtió en la base del Mastín, el jefe de los perros y los lobos, un lobo huargo plateado y con un ojo rojo y el otro amarillo, con caninos de miedo y voz humana. Caminaba sobre sus cuatro patas, era el más inteligente de todos y ladraba tanto como hablaba. La Mamá Santa se irguió en la lideresa de los llamados presos de oro. El Mastín quería hacerse con nuestro don de la inmortalidad y estaba dispuesto a comerse a cachitos a los presos de oro.

“Sois los presos de oro porque sois los únicos que no habéis caído en la trampa de la lascivia que os hemos preparado. Sois los presos de oro porque vuestra alma, por muchos pecados que haya cometido, es lo bastante fuerte como para poderlos gestionar. Sois valiosos y sois listos porque sois mis presos. No encarcelo a cualquiera, yo. Soy un lobo poco común, tengo cerebro de humano y cuerpo de animal”.

Al final somos todos animales, le dijo la de la Esquina Vieja. “Los humanos sois más lobos que nosotros”, le dio la razón el Mastín. La bestia se paseaba por la taberna, gruñendo a sus compinches que guardaran todo el ron añejo en la trastienda de la taberna. Con mucha dificultad, pues al fin y al cabo eran canes, hacían lo que podían y con sus patas de atrás se aguantaban para agarrar con las de adelante las botellas y posarlas sobre carretillas que habían requisado en su primera ronda por el pueblo.

El Mastín era una especie de dios viviente para las decenas de perros y lobos que nos controlaban. “Tengo una pregunta”, soltó de repente. “¿Por qué te llaman Espíritu Santo? ¿Es que has concebido a una virgen cual toro a princesa?” Sus secuaces ladraron intentando crear algo así como una risa socarrona. El Espíritu Santo, antes llamado Hijo, ni se inmutó. Era un chico espabilado y muy astuto. Porque me lo cambiaron, el nombre. Me cambiaron de nombre. Antes era el Hijo, pero de repente el ruso León, que puede ver el futuro, me dijo que me cambiarían el nombre a Espíritu Santo, y para no esperar, por si las moscas, mi mamá y mi papá decidieron cambiarme el nombre justo después de que León hubiese preconizado el futuro.

“Me estás mintiendo, niñato”. El Mastín se encaró al pequeño humano. “Traedme al ruso. Quiero hacerle unas cuantas preguntas”.

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