Polonia por un saludo

En el fabuloso retrato que Stefan Zweig hace de María Antonieta en la homónima biografía que le dedicó en 1932, éste cuenta la anécdota del saludo que ésta, aún delfina de Francia, solía negarle a la favorita de su abuelo político y aún rey Luis XV, la inefable Madame Du Barry.

Cuenta Stefan Zweig que el asunto del saludo llegó a convertirse en un culebrón geopolítico de primera magnitud. Y como la Historia adquiere a menudo tintes de telenovela, sobre todo cuando relata la vida de las mujeres y los hombres que hacían y deshacían con poder ilimitado cuanto les venía en gana, deberíamos presentar antes que nada a los personajes involucrados en esta anécdota de la Historia de Europa.

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Nos encontramos en 1772 y María Antonieta de Habsburgo-Lorena, hija de María Teresa de Austria y de su marido, Francisco de Lorena, a la sazón emperadores del imperio austrohúngaro, lleva casada con el futuro Luis XVI de Francia desde hacía dos años. La vida de ambos es prácticamente de matrimonio separado aunque bien avenido. Él no puede tener aún relaciones sexuales por una fimosis que no se atreve a explicar por vergüenza tremenda, y ella cae frecuentemente en las intrigas del nido de avispas en el que se ha convertido el hijo más bastardo del Rey Sol, la corte de las mil ventanas y oprobio del pueblo: Versalles.

María Antonieta de Habsburgo-Lorena, nacida en 1755, se casó con el delfín de Francia para sellar definitivamente la paz entre las casas de Habsburgo y de Borbón, cuyos lazos se rompieron poderosamente durante la Guerra de Sucesión Española (1700-1714) y cuyas cuitas siguieron hasta que la emperatriz María Teresa de Habsburgo, reinante en el imperio austríaco desde 1740 hasta su muerte en 1780, decidió casar a una de sus hijas, la archiduquesa María Antonieta, con el príncipe heredero de Francia y nieto de Luis XV. Así, la emperatriz austríaca sellaba una paz necesaria y una alianza conveniente en caso de que su primer competidor en Europa Central, el rey prusiano Federico II Hohenzollern, quisiese adueñarse de alguno de sus dominios.

Y así, además, se aseguraba que el Borbón mayor –el menor estaba en la perdida España– no se inmiscuyera en asuntos bélicos entre Austria y Rusia en caso de que Catalina II Romanov, la zarina del imperio ruso, se uniese a su primo, Federico el Grande de Prusia, en una hipotética guerra contra los Habsburgo. La Europa continental, pues, estaba dividida en cuatro grandes casas reales: los (Francia y España), los Habsburgo (Austria y el Sacro Romano Imperio Germánico), los Hohenzollern (Prusia, que comenzaba a tener veleidades expansionistas) y los Romanov (germanizados desde Pedro el Grande y muy cercanos aún a los Hohenzollern).

En 1772 Federico II de Prusia y su prima, Catalina II de Rusia, decidieron que era el momento de partirse el reino de Polonia. Este país había estado gobernado por un partido de aristócratas pro-rusos desde el siglo XVII, y eligieron un nuevo rey en 1764, Estanislao II Poniatowski, de claras tendencias pro-prusianas y pro-rusas. Este emisario fue decretando, junto al parlamento polaco, una serie de leyes de acercamiento a Rusia y a Prusia. Desde Viena, María Teresa de Austria no deseaba tal partición y así lo hizo saber a sus homólogos. Su hijo y corregente, José II de Habsburgo-Lorena, hermano mayor de María Antonieta y admirador del enemigo de su madre, deseaba una porción polaca para sí.

En esto que volvemos a Versalles. María Antonieta vivía absorbida en fiestas y cenas y cazas y más fiestas y puestas de largo y veladas en la Ópera y más cenas, rodeada de la realeza y de una corte que, para ganarse al rey francés, debía antes ganarse a su favorita, la Condesa Du Barry. Jeanne du Barry (nacida Bécu, parisina de baja cuna) era la amante de Luis XV y fue última favorita de la realeza francesa. Por matrimonio se convirtió en condesa du Barry en 1768, en una boda amañada por arte y gracia de Su Majestad. Su fuerte influencia sobre el rey llegaba al punto de cesar ministros, secretarios y embajadores. Pero la favorita del rey no era reina, y menos delfina de Francia, un honor que recaía en la austríaca María Antonieta.

Jeanne du Barry y Marie Antoinette comenzaron a competir por el favor de la corte, y la corte prefería al futuro de la chica al pasado que representaba la Du Barry. La delfina, conociendo los esperpentos de la etiqueta y el protocolo, negó el saludo a Madame du Barry durante semanas, meses, incluso años. Hasta que la favorita del rey, enemistada con las intrigantes hijas de éste y madrinas de la joven María Antonieta en la corte, consiguió que Luis XV se quejara a María Teresa.

La emperatriz de Austria se dio cuenta de que su colega francés convirtió ese asunto familiar entre dos gallinas en un asunto de Estado, o mejor: en un asunto de política internacional. María Teresa tenía en casa a un hijo ambicioso, José II, y ante la puerta a sus detestados vecinos Federico II y Catalina II. Entre segundos iba el juego y María Teresa no deseaba en algún modo reeditar la Guerra de los Siete Años que perdió contra Prusia por Sajonia y Silesia en 1762.

La Habsburgo convirtió así la reprimenda pública a su hija en moneda de cambio: obligó a que su hija saludara a la Du Barry –Hay hoy mucha gente en Versalles le dijo en una fiesta en Versalles–; Luis XV, por su parte, no se entrometía en la partición de Polonia. No sabemos si esta anécdota es cierta o no, pues cuesta creer que un saludito podía llegar a convertirse en un problema europeo tan grave. Ciertamente la Historia se escribe con anécdotas y esta es una de las más deliciosas, pues nos explicita que de un grano de arena puede surgir muy a menudo una montaña.

Libro:

María Antonieta

Autor:

Stefan Zweig.

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