Oniria

Mis sueños de la razón producen monstruos

Escribía en la arena de mi jardín, ya estaba oscuro, solo veía gracias a las luces de las ventanas encendidas; escribía una palabra, un nombre. El nombre de persona… Una persona a la que esperaba.

Escribí, y encontré más arena, excavé, y escribí y la noche se hizo más negra y cada noche escribía cada vez más hondo… Lo habría escrito hasta el plomo y el hierro, hasta las mismas vísceras de la tierra…

Un anochecer algo cambió, las hojas se movieron; una mujer se levantó en la oscuridad y empezó a caminar. Cerré los ojos al ruido de sus pasos… ¡Había venido!

Yo seguí a la mujer, seguía el ruido de sus tenues pasos, mejor… guiado por el recuerdo de ellos… Caminé y caminé, entre la masa y por aceras solitarias hasta que finalmente levanté los ojos, y vi su reflejo, vi su pelo y nada más… Tuve tanto miedo a perderla que empecé a correr… La perdí.

Y loco pregunté por ella en cada esquina de la ciudad, en cada rincón, pero no tuve suerte… Encontré solo portales cerrados, hasta que llegué a uno que estaba frío y desierto. Empujé con ansia la puerta, subí las escaleras y empecé a oír unos llantos. Serán SUS llantos? Empecé a subir las escaleras guiándome por las lágrimas y subí.

Alzancé los llantos, entré…. ya la sentía cerca! Encendí la luz.

No vi a nadie en la habitación, ni oí nada más.

Solo había un sofá y, encima, el pañuelo de sus lágrimas.

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