El naranja es el nuevo negro

Homosexualidad, cárceles y feminismo en una sola serie

Netflix se ha convertido en una de las plataformas televisivas más exitosas de nuestros días. Después de haber adaptado en 2011 con éxito la serie House of Cards, en 2013 se atrevió con la autobiografía de una progre de Connecticut que pasó un año en la cárcel por haber sido muy, muy traviesa durante su juventud. Este es un post dedicado a aquellos que la hayan visto y a todos aquellos que sienten cosquillas, y no puñetazos en la sesera, cuando leen spoilers.

Estamos hablando de Orange is the New Black, tragicomedia estadounidense ambientada en la cárcel femenina de mínima seguridad de Litchfield, en el estado de Nueva York. En dicho lugar, Piper Chapman, una bella joven de Connecticut que lleva una vida personal y laboral satisfactoria y estable, debe verse las caras con su ex novia –sí, hablamos de una mujer bisexual– y con su pasado.

Desde el primer capítulo de la serie, vemos cómo una tontina Piper Chapman se enfrenta a un sinfín de personajes, en su gran mayoría mujeres, de todas las razas y modas. Es una serie muy coral, sociológica, que busca exponer el melting pot americano a partir de las vidas de las reclusas de Litchfield.

A lo largo de los ya colgados 26 capítulos (13 de la primera temporada, de 2013; y 13 de la segunda, de 2014), vemos la evolución de su personaje principal (¿o deberíamos decir involución? Al fin y al cabo, vuelve a parecerse a la Piper rebelde e inconformista del pasado) además de la de sus colegas de prisión, sin olvidar a la administración de la cárcel. Es una serie, por tanto, que habla del sistema penitenciario, de la sexualidad (de TODA la sexualidad: homosexualidad, bisexualidad, transenxualidad), y de la mujer. Vayamos por pasos.

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La Cárcel

El gran filósofo estructuralista francés Michel Foucault relató en su obra Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1975) el sistema de valores del sistema penitenciario. Estamos hablando de castigo, disciplina, ejemplo e incluso espectáculo. Todo eso es la prisión: el ser humano posee una institución legal y estructural para castigar aquellos que no siguen las leyes. Al fin y al cabo, se le llama sistema penitenciario, la estructura que busca la penitencia de la persona: a través del castigo, la persona se sentirá mejor, cambiará. Una clara concepción cristiana que, en muchos casos, resulta ser fallida, pues de la prisión pueden surgir criminales mejor preparados para acometer más crímenes o los que simplemente los han llevado ahí.

No es ningún secreto que el sistema carcelario estadounidense es de los más punitivos y menos caritativos –en la Unión Europea los sistemas penitenciarios intentan ser lo más expiativos posibles– de la Tierra. Incluso una cárcel de seguridad mínima como la de Litchfield puede llegar a ser un infierno para quienes la habitan. Piper Chapman, interpretada por la guapísima Taylor Schilling, comenta en un episodio de la primera temporada que la prisión es la institución americana más vergonzante después de la esclavitud. En los USA, a los reclusos siempre se les ha identificado con un uniforme concreto, normalmente un pijama monocolor –quedan lejos los pijamas de cebra–.

El Departamento Federal de Correccionales –versión ficticia del verdadero departamento norteamericano para la administración de las cárceles– cachea, vigila, controla, castiga, y jamás busca la redención de la población reclusa. Entre sus trabajadores hay auténticos delincuentes, como el guarda George Mendez (Pablo Schreiber), buenas personas como Joe Caputo (Nick Sandow) o débiles de espíritu como el consejero Sam Healy (Michael Harney, al que hemos podido ver en algunos episodios de la primera temporada de True Detective).

La cárcel es un mundo restringido y muy limitado, con muchas fronteras físicas y psicológicas. Si te portas mal en Litchfield, serás debidamente metido dentro de un cubículo sin ventana, en aislamiento total durante días. Se te asignará un trabajo aunque no te guste. Deberás comer calidades pésimas y mear y cagar vista por tus compañeras de celda. Si tienes cáncer, como Miss Rosa (Barbara Rosenblat), se te darán las curas mínimas necesarias para sobrevivir. Y si eres demasiado vieja, serás dejada en libertad por “caridad”, pero en un ambiente hostil, sin dinero ni dignidad. El límite espacial de Litchfield se complementa con recurrentes viajes al pasado de las reclusas, lo que ensancha los bordes de la prisión. Los flashbacks de Orange is the New Black se han convertido en una marca de la casa, pues desde los primeros capítulos de la serie las fronteras espacial y temporal de la misma se engrandecen para darle más oportunidades y posibilidades narrativas a la serie.

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La cárcel es también un pozo en el que caen mentes inestables, como la reclusa bipolar negra Suzanne Warren, apodada Crazy Eyes e interpretada por Uzo Aduba, o la italoamericana Lorna Morello (Yael Stone), una obsesiva compulsiva. Un lugar que enloquece a las sanas y a las ya locas. Sin olvidar a la redneck Tiffany Doggett (Taryn Maning), quien cree que Dios habla con ella. Es, en una sola palabra, deprimente. Y en medio de esa depresión del alma en la que las reclusas, aun viviendo en una prisión de seguridad mínima, deben pasar largos y tediosos años de sus vidas, muchas de ellas consiguen organizar actividades para distraerse, como las clases de yoga de la reclusa Jones (Constance Shulman) o el periódico que decide crear Piper en la segunda temporada.

El género penitenciario es recurrente en las pantallas, tanto en la grande como en la pequeña. Tenemos grandes largometrajes como Cadena perpétua (1994) o Animal Factory, de Steve Buscemi (2000), o la serie Oz, una de las enseñas de la HBO entre 1997 y 2003. Son ejemplos, todos ellos, de prisiones y cárceles, de lugares despiadados y enfermizos en el que se cruza la peor calaña. Y son, todos ellos, protagonizados por hombres. Orange… es la versión femenina y cuasi cómica del género penitenciario televisivo, lo que la hace doblemente interesante.

De hecho, es una serie en la que prevalecen los personajes femeninos, lo que en un primer momento puede aburrir a la audiencia masculina, pero la cárcel, aquel lugar sombrío, agresivo y a la vez misterioso, es un aliciente para pescar hombres poco interesados en series feministas (porque Orange… lo es, y mucho) o progres-que-te-cagas (y, ya se sabe, el espectador ama descubrir, pero también que le den las cosas masticadas; al fin y al cabo, una serie se ve sentado o estirado: en posición relajada).

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La sexualidad

¿Cuál es la serie de temática homosexual más famosa? Seguramente responderemos Queer as folk y Looking, ambas dedicadas a la homosexualidad… masculina. La primera fue producida por Showtime entre 2003 y 2005, busca el impacto de las relaciones homosexuales explicitas para acostumbrar al espectador a esta realidad humana y trata todos los estereotipos.

La segunda, empero, trata esta realidad de manera muy natural y normal, tan normal que la hace hasta aburrida, ya que sus personajes viven tramas que podríamos ver en otras sitcoms que hablan de grupos de amigos; la cadena HBO, empero, buscaba esta normalidad desde que en 2012 decidió producirla. (Os seré sincero: no pude pasar del segundo capítulo de la serie; me pareció demasiado hípsteroide y aburrida). Las series que hablan sobre homosexualidad son normalmente clicadas como progres y rompedoras.

El showrunner Ryan Murphy, creador de Nip/Tuck, Glee y American Horror Story lo sabe bien: no hay serie de Ryan Murphy en la que se trate la sexualidad (sea homo, bi o trans) de manera estereotipada, directa y polémica. Y en las series españolas o italianas ya ni hablemos…En la Unión Europea hay actualmente veinte países en los que se defienden completamente los derechos civiles de las personas del colectivo LGTB. Los lobbies gay europeos son muy poderosos y calificados de progresistas. Pero las series de temática LGTB que solemos comer los europeos son, mayoritariamente, estadounidenses. Sí, estamos ante una nueva ola de ampliación de los derechos civiles, tanto en USA como en UE. Incluso el Vaticano, capitaneado hoy por el papa progre Francisco, ha hecho algunos movimientos dialécticos positivos hacia esta realidad, normal y natural.

La serie que nos compete trata la homosexualidad, la bisexualidad y la transexualidad. Hay lesbianas para dar y vender, sale algún gay esporádico y tenemos un personaje completamente trans. La misma Piper Chapman es bisexual, y su ex novia Alex Vause (la tía de la serie que, personalmente, más me pone, interpretada por una Laura Prepon que lleva unas gafas que la hacen parecer el típico personaje pornográfico de la secretaria arribista y ninfómana) es lesbiana.

Hay otras lesbis: la ex yonqui Nicky Nichols (Natasha Lyonne), la grandullona Boo (Lea DeLaria) o la afroamericana Poussey Washington (Samira Wiley). La transexual Sophia Burset es la guinda de este pastel: interpretada por la actriz Laverne Cox, es la reclusa peluquera y el capítulo dedicado a ella fue dirigido por Jodie Foster, ni más ni menos.

Es interesante también cómo el novio de Piper, Larry (Jason Biggs, quien parece una nueva versión del Jim de la saga American Pie), tolera el pasado de su novia… hasta que sabe que debe competir con otra. Orange… visiona la condición sexual humana como una característica normal y natural. Sin estereotipos: son lesbianas tanto las guapas guapísimas como los cracos. Lo que aún no hemos visto es una escena sexual explicita entre dos mujeres feas: hemos visto las correrías de Nicky Nichols con sus ligues y los momentos efusivos entre Piper y Alex… pero, ¿y Boo? Es una mujer gorda y fea, de bellos ojos azules, pero no la hemos visto retozar con ninguna reclusa. ¿Será por qué es fea? ¿Será que al final Orange is the new black puede ser tan convencional como muchas otras series (que pretenden ser) progres?

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La mujer

A veces tener hermanas es un rollazo: te obligan a ver series o películas de princesitas Disney y sandeces como High School Musical o mierdas pinchadas de un palo como Sexo en Nueva York (¡Oh Dios, cuánto odio esa serie de pijastras subnormales y sexualmente miserables!) Pero, mira por donde, hay series cuyo primer público es el femenino que puede molar también a los hombres. Es el caso de Mujeres Desesperadas (en la ABC desde 2004 a 2012) u Orange is the New Black.

En Orange… se trata la condición de la mujer y la expone dentro de un espacio hostil: la cárcel. Un ambiente en el que, para más inri, ha entrado por haber cometido crímenes que, en el caso de muchas reclusas, han sido por motivos positivos. Y en muchos casos ha sucedido porque algún hombre las ha empujado a cometer dichos crímenes. Pocas mujeres de Litchfield han sido verdaderas amas de su voluntad y su hado.

Parece que, en esta serie también, las mujeres deben ser las buenas buenísimas de la película, lo que en realidad le quita progresismo a la misma: la equiparación total de la mujer con el hombre, desgraciadamente lejana aún, se conseguirá cuando todos los estereotipos desaparezcan de la estructura social, incluso los estereotipos positivos, pues presentar a la mujer como mera víctima es, en muchos casos, contraproducente. Orange… busca la empatía del espectador, sea hombre o mujer, y busca claramente la compenetración para con la espectadora (léase bien: para con la espectadorA).

Esta serie podría ser más hembrista que feminista, pues el hembrismo, concepción moderna de la misandria –el desprecio al hombre–, es simple machismo inverso, es la superposición de la mujer sobre el otro género. El verdadero feminismo no busca ninguna superposición, ningún cambio radical de estatus para descabalgar al hombre: el verdadero feminismo pretende la equidad total entre ambos géneros.

Hay también una mención a la criminalidad familiar: una madre y una hija se encuentran dentro de la cárcel, cada una por haber hecho algo malo, y cada una con una concepción de la ética bien diferente. Vemos también una historia de amor entre una reclusa y un guarda, y cómo la administración de la prisión debe lidiar con esta nueva situación. Hay muchas tramas que tienen la mujer como primera realidad. En Orange is the new black la mujer es el personaje principal. Siendo Piper Chapman el eje rotor del show, todas las reclusas son igualmente importantes para explicar la mujer, siendo ésta reclusa o guarda.

De hecho, y este es el punto más interesante de la serie, las reclusas en Litchfield tienden a agruparse por la raza: aparece el melting pot americano, la sociedad estadounidense como crisol de razas que no se mezclan sino que cooperan. Las blancas con las blancas, las negras con las negras, las hispanas con las hispanas. Cada grupo con su jerga (la más divertida y simpática es el argot negro, con mucha diferencia).

En la serie se pide a gritos que las mujeres se ayuden las unas a las otras sin pensar en el color de la piel. Pero, ay América, en las dos temporadas vemos que es imposible dada la estructura sociocultural de los Estados Unidos de América. (Es más normal ver una pareja mixta en Europa que en los USA, aun teniendo los USA un presi negro). Y, más allá de los grupajes entre razas, después está la dicotomía reclusas–staff. Las mujeres de la administración son diferentes a las mujeres de la población presa: hay una escena muy significativa en la que una reclusa negra llama “hermana” a la guarda negra, lo que la guarda en seguida response asqueada que no vuelva a llamarla así. Las reclusas no son gente normal.

Sin Piper no hay naranja

¿Qué sería esta serie sin Piper Chapman? Este personaje es para Orange… lo que Tony Soprano fue a The Sopranos y lo que Nucky Thompson es a Boardwalk Empire. Hoy en día las series son muy, muy corales, hay muchos personajes y tramas que evolucionan dentro de una temporada determinada o a través de toda la serie. Por muy corales que sean estas series, es natural que haya un eje por el que rote.

En la nombrada Mujeres desesperadas el eje fue el suicidio de la narradora. En The Sopranos es el ya difunto James Gandolfini. Y el tesorero de Atlantic City lo es para Boardwalk… Las series corales necesitan un pal de paller, que se dice en catalán, un palo que aguante la paja. ¿Qué sería Orange is the new black sin Piper Chapman? Seguramente no podría titularse así.

Hay capítulos en los que Piper aparece poco, o en los que ni aparece, pero el espectador sabe que ella está ahí, es una reclusa, y su historia es la historia principal, por mucha coralidad que tenga la serie. Hay, claro está, otras protagonistas, como la rusa Red (Kate Mulgrew) o la negra Taystee (Danielle Brooks), mis personajes preferidos, pero sin Piper Orange… no sería lo mismo.

Ella es la razón principal de la serie, pues es una mujer bisexual que está en la cárcel. Las tres realidades por las que discurre la serie se ven reflejadas en ella, ella es su mayor representante, como si el cosmos de Litchfield sea un apéndice suyo.

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Vale la pena ver Orange is the new black. No kidding. Es una buena serie sobre mujeres, sexualidad y cárcel. Es inteligente y algunos personajes, cuyas actrices son prácticamente desconocidas por el gran público, son hermosos.

Las tramas, aunque a veces puedan pecar de positivismo barato, se desenvuelven bien durante las dos temporadas. Netflix, plataforma de internet que cuelga sus series (¡qué listos son, estos americanos, siempre viendo el futuro!), ha vuelto a darle un golpe de efecto al mundo de las series. Siempre nos preguntamos: ¿Qué sería la tele sin la HBO? Nos olvidamos de incluir: ¿Y qué serían la tele y la red sin Netflix?

3 comments on “El naranja es el nuevo negro”

  1. Georgina guinovart dice:

    Esta serie engancha, une el melodrama al humor, con muy buen cast. Escenas muy explícitas pero dirigidas con garbo. Soy fan de Orange the new black, y creo que has hecho un buen análisis, felicidades!

    1. Los de la Bici dice:

      ¡Muchísimas gracias por ser nuestra más fiel seguidora!
      Aunque habrá que esperar a 2018, estamos de suerte ya que la serie contará con dos nuevas temporadas.
      ¡Un saludo!

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