Noé o el antipéplum

En las décadas de 1950 y ’60 Hollywood produjo grandes películas históricas de romanos en las que se trataban las relaciones entre los pobres cristianos perseguidos y los paganos ricos y amos del Mare Nostrum que construyeron una civilización cuyas características se han difuminado con el paso de los siglos pero no han desaparecido del todo. 

Hollywood utilizó el tema cristiano, religioso, para recrear la Biblia en megaproducciones que todos nosotros guardamos en nuestra memoria colectiva: Ben-Hur, Quo Vadis, Los Diez Mandamientos… Charlton Heston era el actor de péplum por antonomasia, y el péplum aquel género cinematográfico en el que el componente judeocristiano de la Biblia se explicaba a través de un film supuestamente histórico.

Darren Aranofsky, conocido por sus cinco largometrajes originalmente inquietantes y filosóficamente potentes cuales Pi (1998), Réquiem por un sueño (2000), La fuente de la vida (2006), El luchador (2008) y Cisne Negro (2010), ha hecho en Noé el antipéplum: a partir del mito de Noé y su arca ha tejido una historia de fantasía épica y, ¿por qué no?, filosófica (otra vez) que da que hablar y que pone en jaque al espectador.

Noé

No podemos ver el Noé de Aranofsky como si Charlton Heston, Peter Ustinov o Kirk Douglas apareciesen en pantalla, sino que es la traslación de un mito judeocristiano a la gran pantalla, convertido en película de género fantástico, con estética post-apocalíptica que recuerda filmes de los 1990s dirigidos por Kevin Costner (sobre todo Waterworld).

¿Acaso no nos hemos deleitado con las leyendas de los 300 espartanos pasadas por el filtro de Frank Miller y Zack Snyder? ¿Acaso no ha pasado el mito vikingo de Thor y los dioses del Valhala por el filtro Marvel? ¿Es que tenemos que olvidar que el linaje de Adán a Noé es tan legendario y mitológico como los culebrones de los dioses grecorromanos o las locuras de los dioses celtas y germánicos?

Aranofsky utiliza el mito de Noé y su familia para explicar la relación entre el Creador –la forma en la que los personajes nombran a Dios– y la humanidad. Los herederos de Caín contra los herederos de Set, dos de los hijos de Adán y Eva, quienes fueron expulsados del Jardín del Edén –el Paraíso en la Tierra–.

El filme comienza con esta dicotomía, clara y diáfana, de dos culturas diferenciadas a partir de su relación con el Creador.

Sin embargo cada punto de vista es mucho más complejo de lo que el espectador pueda imaginar: con el paso de los minutos Noé, interpretado magistralmente por Russell Crowe, debe servir los designios del Creador, construir el arca que debe salvar a la humanidad junto a su familia… y obsesionarse con dicha tarea.

El espectador debe tener dos cosas en mente mientras vea esta película: por un lado pensar cual mantra que lo que está viendo no debe relacionarse con la Biblia, y por otro que es un film made by Aranofsky.

La Biblia, el Libro religioso principal que rige los tres monoteísmos, es la recopilación de una serie de cuentos, fábulas y metáforas cuyas alegorías servían como manual de procedimiento ético para las tribus hebreas, cananeas y judías; el Libro que consiguió convertirse en guía espiritual de millones de seres humanos después de la revolución cristiana (siglo I dC), y que influencia la vida de millones de mujeres y hombres aunque éstos se confiesen agnósticos, aconfesionales, completamente laicos o incluso ateos.

Al fin y al cabo, el mundo cristiano cuenta los años desde el nacimiento de Jesucristo, también presunto descendiente directo del rey David, quien es además descendiente directo de Abraham, y éste de Adán (siempre según el recopilatorio de cuentos llamado Biblia); al fin y al cabo, el mundo judío cuenta los años desde la Creación; y el mundo musulmán, que completa la Biblia con el Corán, cuenta los años desde que su profeta definitivo, Mahoma, subió a los cielos en Jerusalén.

La polémica levantada por Aranofsky con Noé se debe a que se ha atrevido a utilizar un mito judeocristiano para convertirlo en megaproducción hollywoodiense: con pimpampum, efectos especiales sobrecogedores, banda sonora envolventemente épica, actores guaperas y/o actores conocidos. Es la primera vez que Hollywood explica el mito de Noé.

Noé

Aranofsky no hubiese podido elegir a un mejor Noé y a una mejor Señora Noé, en el film llamada Naameh. Russell Crowe en el papel del constructor del arca y Jennifer Connelly como su esposa nos recuerdan a la pareja que formaron en A beautiful mind de Ron Howard (2001), con la que Connelly ganó un Oscar.

El matrimonio Noé-Naameh recuerda al de los Nash: él, loco de remate, y ella que debe aguantar al loco de remate. Noé, abrumado por el deber que le confiere el caprichoso y cabrón Creador de todas las cosas, el verdadero antagonista del film, se va consumiendo poco a poco, confuso y abyecto, llegando a conformar un ser cruel, fanático y en ocasiones estúpido.

Aranofsky no llega a la conclusión nietzscheana de que Dios ha muerto, sino más bien a la de Feuerbach: el hombre ha creado a Dios.

Su rival humano, el heredero de Caín, interpretado por un notable Ray Winstone, podría pasar por un Nietzsche de cartón piedra que desprecia al Creador porque ve Su facha malvada: son personajes cuyos posicionamientos religiosos empiezan con tesis muy buenas pero llegan a conclusiones falsas. Aranofsky critica el fanatismo y el fundamentalismo religiosos utilizando una de sus señas de identidad: la obsesión compulsiva de su personaje principal.

La fotografía, cuya dirección recae en Matthew Libatique, es lo mejor de todo el film: los parajes volcánicos de Fossvogur, cerca de Reikiavik, en Islandia, son una maravilla visual.

Emma Watson comienza a despuntar y a abandonar la Hermione Granger que la ha puesto en el mapa cinematográfico –en una carrera comparable a la de Daniel Radcliffe– y Anthony Hopkins es, junto a Crowe, el típico gran actor que ver en películas que recrean mitos, leyendas y demás cuentos de la Historia de la Humanidad. No podía no estar en un filme de esta talla.

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