The Neon Demon

El arte fluorescente.

La última peli de Nicolas Winding Refn es grandiosa, en el peor y en el mejor de los sentidos. El director danés sigue con su personal enfoque y sigue demostrando su espectacular sentido estético, su pasión por transmitir emociones a través de imágenes que queden impresas en las retinas, por incomodar y deslumbrar al mismo tiempo.

Con The Neon Demon, Refn regresa al onírico y grotesco mundo que ya exploró en Valhalla Rising, un difícil, rabioso y repugnante viaje al interior de la cultura social, las leyendas y las tradiciones.

Aquí sigue la estela y aprovecha para explorar la vacuidad de la vanidad, el materialismo de la globalización y el nihilismo social exuberante.

Refn

Durante la pieza seguimos a la inocente y naif figura de Jesse (interpretada por la ambigua y magnética Elle Fanning), una chica jovencísima,  huérfana y provinciana que llega a L.A. para triunfar en el mundo de la moda.

En su camino se topará con personajes de lo más variopinto: Ruby (la espectacular Jena Malone), una maquilladora morbosamente interesada en la modelo, Hank (un peligroso Keanu Reeves), el conserje del motel donde se hospeda o Dean (Karl Glusman), el joven fotógrafo enamorado de Jesse.

Las imágenes son pura poesía y, aunque es verdad que el filme está falto de ritmo narrativo, músculo dramático y tenga una energía contenida, sigue siendo un hipnótico ejercicio de estilo con un profundo, intenso y denso mensaje.

The Neon Demon tiene como protagonista a Jesse, una chica que llega a Los Ángeles para hacer su sueño realidad: convertirse en supermodelo.

De la misma manera que un medicamento, este film empieza a hacer efecto horas más tarde de su ingesta, que dejará huella y será difícil de olvidar. Estas, señores, son las películas que hacen grande al cine.

Refn

Brillos de purpurina, luz de neón y metáforas visuales; pura miel para el espectador con ganas de novedad. La música de Cliff Martinez recupera el nervio de Only God Forgives (una de las mejores cintas de N.W.R.) y se vuelca a la nada que representa está película; el vacío intergeneracional de la estética europea, la batalla perdida de lo real en contra de lo aparente.

El director exagera y combina giallo, terror y lirismo. Muy a menudo puede dar la impresión de que el director no nos toma en serio y que arroja todos sus monstruos sin esforzarse en hacerse entender. Pero claro, estamos hablando de arte, ¿o no?

El mundo es violeta, azul eléctrico y totalmente frío. Desolado e ignorado, como el pobre Dean.

Aparentemente absurda y sin sentido, la peli reflexiona sobre algo completamente definido. El danés se viste de artista (¿qué es si no?) y vehiculiza a través del cine (y sus infinitas posibilidades estéticas), sus ganas de debatir sobre algo muy concreto: la vanidad como síntoma de agonía.

La peli se acerca más al video-arte que al cine y eso, repito, es tremendamente estimulante.

Winding Refn sigue siendo uno de los mejores directores contemporáneos, capaz de mezclar la estética pura y la alegoría más desgarradora. Si como divertimento cinéfilo seguramente no funcione, como instrumento de debate es un objeto de luminosa relevancia.

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