Analizando Narcos

‘Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sacrificio, lo crea’.

Ahora imaginemos que esta frase se refiere al alcaloide tropano cristalino que se obtiene de las hojas de la planta Erythroxylum kuka. Mejor dicho, para no perdernos, del alcaloide de la benzoilmetilecgonina. Cocaína, coca, farlopa. Producida en cantidades industriales sobre todo en Colombia y Bolivia. Y relacionada con otros vocablos cuales ‘narcotraficante’, ‘narco’ y los nombres propios de Pablo Escobar, Pacho Herrera, Chepe Santacruz y los hermanos Rodríguez Orejuela.

Pablo Escobar

La frase que introduce este análisis es del ensayo Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, escrito en 1971. Imaginemos que el producto del que hablaba Galeano es la cocaína. Cuanto más codiciada fue por el mercado mundial… ehem, por el estadounidense, en realidad, mayor fue la desgracia que este producto, la coca, trajo consigo al pueblo colombiano.

El sacrificio, en realidad, fue doble: por una parte, el sacrificio activo de los narcos, un sacrificio laboral, peligroso aunque lleno de prebendas y beneficios. Y el sacrificio pasivo del pueblo de Colombia que vivió en sus carnes todas las externalidades negativas que trajo consigo la producción industrial de la cocaína, inaugurada en los últimos años de la década de 1970 por el antioqueño Pablo Emilio Escobar Gaviria.

Netflix nos ha malacostumbrado. Suyas son las series House of Cards, Stranger Things, The Get Down y la que ocupa este análisis, Narcos. Producida por la plataforma Netflix desde 2015, cuenta ya con tres temporadas: las dos primeras están eminentemente concentradas en la figura del narcoterrorista colombiano más famoso de todos los tiempos, un icono cultural y sociopolítico interpretado por el brasileño Wagner Moura; la tercera prosigue con el cartel de Cali y sus cuatro socios.

Actúa en dicha serie una pléyade de actores latinoamericanos, algunos chilenos, otros mexicanos, otros colombianos… Y alguno español. Y todos intentan hablar con un acento muy determinado, original incluso, de la lengua española, el acento paisa o antioqueño. El acento de Medellín.

Narcos trata la historia del narcotráfico aparecido en la década de 1970 de la mano de Pablo Escobar. Las dos primeras temporadas son un cúmulo de situaciones violentas y agresivas, con la viva voluntad de contarle al espectador qué sucedió exactamente, aunque en realidad haya personajes, contextos y sucesos que jamás ocurrieron. Antes de comenzar con este análisis, en el que hablaremos del contexto histórico de la serie, y de la serie en sí misma, os alertamos de que ¡hay spoilers!

Bella tierra con hombres malvados

La Colombia de Narcos posee un inconfundible acento gringo. Es un producto estadounidense, principalmente pensado para un público norteamericano, aun contando con creadores sudamericanos como Carlos Bernanrd o José Padilha. El narrador de las dos primeras temporadas es el verdadero agente de la Drug Enforcement Administration (DEA) americana Steve Murphy, quien se embarca en una aventura casi personal para dar con el narcotraficante Escobar. Desciende a los infiernos de la tumultuosa Colombia del narcotráfico más sádico y desgarrador, abrazada por las ambiciones de Escobar y sus rivales de Cali. La serie es, por tanto, un relato norteamericano del narcotráfico. El narrador de la tercera temporada es Javier Peña (Pedro Pascal, alias Oberyn Martell), el compañero de andanzas de Murphy, y un texano hispano que seguramente se las tendrá que ver con otros narcos de otros estados americanos en las temporadas venideras.

Netflix

Los productores no quieren pecar de imperialismo catódico, por lo que todas las situaciones colombianas suceden en lengua española –raro sería lo contrario–, pero es alarmante que Murphy no aprenda ni una sola frase completa de español en los tantos años que estuvo en ese país. Pues el suyo es un punto de vista yanqui, justiciero, policíaco. Representa al policía del mundo, los Estados Unidos de América. Y no hacía falta –hoy por hoy, en el siglo XXI, el español se ha convertido en la segunda lengua de los USA de facto– que el policía se tuviese que adaptar a la realidad en la que iba. Era esa realidad la que tenía que adaptarse a él. La voz sarcástica del actor que interpreta a Murphy, Boyd Holbrook, narra las dos primeras temporadas de la serie e introduce al espectador en un mundo desordenado y caótico. Mirando por encima del hombro, con la complacencia del amo, Holbrook/Murphy no pretende gustar a sus anfitriones, ya que él está ahí para educarlos, para civilizarlos. Esta tendencia cambia en la tercera temporada, dedicada al cartel de Cali: Peña narra en inglés, pero tiende a comunicarse con los nativos en su lengua natal (el castellano), igual que su nuevo compañero Chris Feistl (Michael Stahl-David).

La mirada de Murphy, tan gringa, tan yanqui, no está exenta de autocrítica. Porque los USA también se llevan sus golpes bajos en Narcos. Si Pablo Escobar y los Caballeros de Cali existieron, fue por culpa (también) de los Estados Unidos. Y la serie lo explicita más de una vez. Porque Pablo Escobar y sus contemporáneos sabían que las leyes de la oferta y la demanda, las que rigen cualquier mercado, estaban de su parte: ellos podían ofertar un producto, la coca, que era histéricamente demandado en los Estados Unidos. Pablo Escobar llegó a tener tanto dinero y propiedades que fue declarado el séptimo multimillonario más rico del mundo por la revista Forbes en plena década de 1980.

La demanda americana de cocaína era una de las causas de la riqueza de Escobar. También lo fueron la vista gorda de la CIA hacia esa amenaza durante la década de 1980, ya que la CIA estaba en plena Guerra Fría contra los commies, los comunistas. Cuando Escobar financió a la guerrilla comunista M-19, una de las tantas que ha tenido Colombia, y utilizó la Nicaragua sandinista como puente, la CIA se le echó encima. Murphy narra estos sucesos con ironía autocrítica, haciéndonos entender que Escobar, en un principio, fue un hombre que casi llegó a ser defendido por los poderes fácticos del imperio norteamericano.

Otro ejemplo de la factura gringa de Narcos es el paternalismo con el que se trata a los políticos colombianos. Se les pone palabras y frases en la boca que jamás fueron pronunciadas. Cuando el candidato in péctore del partido liberal en 1990, César Gaviria, tuvo que tomar la vara de la candidatura de Luis Carlos Galán, asesinado por sicarios de Pablo, se presentó a la prensa estadounidense con una frase paradigmática: ‘Colombians say God made our land so beautiful it wasn’t fair to the rest of the world, so to even the score God populated the land with a race of evil men’.

 

Plata o plomo, gonorrea

Narcos no es exactamente fidedigna. Como apuntábamos, hay personajes verdaderos, verosímiles, o inventados. Verdaderos como Steve Murphy y Javier Peña. Ved, por ejemplo, la entrevista en el programa Sunrise de la cadena australiana Channel 7, hecha en abril de 2016. Veréis a Murphy y Peña viejos, ya casi retirados en jaulas de oro burocráticas, uno en Washington DC y el otro en Nuevo México. Si vemos fotografías reales de estas dos personas en la época en la que persiguieron a Pablo Escobar, nos daremos cuenta de que la producción yanqui los ha embellecido sobremanera, como si hubiese pasado una pátina de resina. Es el plata o plomo de la serie: la plata que reluce y el plomo que hiere. Dos caras de la misma moneda.

Netflix

En Medellín, Pablo Escobar, su esposa María Victoria, llamada Tata, sus hijos Juan Pablo y Manuela… Todos ellos son reales, como el presidente César Gaviria, o el ministro de Justicia asesinado por Escobar en 1984 Rodrigo Lara Bonilla –otro ejemplo de persona más normal que la interpretada–, o los capos Gacha (interpretado por Luis Guzmán), los hermanos Ochoa o los rivales de Cali, desde Pacho Herrera (interpretado por el argentino Alberto Ammann, al que hemos visto en Celda 211) a los hermanos Castaño, interpretados por dos actores (Mauricio Mejía y Gustavo Angarita) que ya aparecieron en Escobar, el Patrón del Mal, la producción colombiana que cuenta la biografía completa de Escobar. Otros personajes son una versión de los que existieron, como la periodista Valeria Vélez (hermosa Stephanie Sigman), quien en realidad fue la real Virginia Vallejo. Ésta se ha lucrado explicando sus asuntos amorosos con el narcoterrorista. Otro personaje que no fue real es el coronel Horacio Carrillo (soberbio Maurice Compte), quien nos regala escenas de alto calibre, como cuando llama por teléfono a Pablo Escobar, o cuando se pasa al lado del plomo más oscuro y candente para dar con su antagonista. Carrillo roba todas las escenas en las que aparece, dejando a Murphy como a un pelele.

Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación. Es América Latina, la región de las venas abiertas.’

Esta frase, también extraída del ensayo del uruaguayo Galeano, podría ser una lágrima amarga sobre la desazón colombiana surgida del No al plebiscito por la paz. El domingo 2 de octubre de 2016, los colombianos –tanto los que votaron como los que no se dignaron a acercarse a una registraduría para hacer valer su deber democrático– le dieron al mundo un nuevo ejemplo de realismo mágico, siempre sorprendente por lo trágico que puede llegar a ser. Un rencor que vemos también en la guerra contra Escobar: llegó un punto de ‘todo vale’ en el que ya no se supo quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Porque en una guerra no hay bandos positivos o negativos, solo dos bandos animales enfrentados, con sus intereses, sus deseos de supervivencia y sus voluntades legitimadas por creencias y pensamientos.

Narcos

Al fin y al cabo, la desigualdad social de un país tan hermoso y misterioso como Colombia –el misterio lo hace bello–, surge desde sus cimientos históricos, desde que era parte del Virreinato de Nueva Granada (entidad desde 1717 a 1819). En el libro Empires in World History: Power and the Politics of Difference de los historiadores Jane Burbank y Frederick Cooper, editado por Princeton, se explica cómo las oligarquías de las distintas colonias americanas de España y Portugal, tanto las más nobles como las más burguesas, necesitaron la secesión y la ruptura con las metrópolis para mantener sus niveles de vida. Brasil, cuya economía estaba basada en la esclavitud de largas capas de su población, se independizó unos meses después de que la asamblea constituyente portuguesa declarara que la esclavitud no podía seguir en ninguno de sus territorios.

Las ideas de la Ilustración se utilizaron como la plata reluciente de unas verdades de plomo rancio que creyeron en Libertadores y Próceres solidarios a la par que autoritarios, soñadores, carismáticos y, por qué no, sinceros inclusive.

Sin embargo, tanto en Las venas abiertas… como en Empires…, se nos indica que la independencia de las colonias americanas de la península ibérica no tardó en convertir la desigualdad de sus sociedades en un dogma granítico. Oligarquías en todas las nuevas repúblicas que mantuvieron un conflicto latente entre facciones. Podemos leerlo incluso en Cien años de soledad, la grandiosa novela culebrónica del mágico García Márquez: coroneles, guerras, masacres y cien años de soledad ensalzan la leyenda de Macondo y los Buendía.

Escobar

La oligarquía política sostenida sobre una desigualdad social obsoleta mantuvo vivo el conflicto armado de Colombia. Un conflicto crudo y plomizo que levantó de la nada a un Robin Hood paisa quien construía barriadas para los pobres de Medellín, conseguía el práctico monopolio de la producción del alcaloide tropano de la Erythroxylum kuka. Un narcoterrorista que llegó a ser diputado, hizo volar un avión por los aires y secuestró a periodistas, políticos, empresarios y dejó un reguero de daños colaterales que deslegitimaron toda su obra social.

Narcos nos explica una realidad repleta de palabros que ya podemos escuchar por doquier, como Plata o plomo, Le metemos un pepaso en la cabeza, Listo pues, Gonorrea malparido hijoeputa marica y parce, de parcero, un gentilicio específico para los habitantes del departamento de Antioquia.

Finalmente, hagamos un alto en el camino antes de terminar este análisis, escuchando la banda sonora de la serie. ¿La mejor canción? Podríamos decir que es la que introduce la serie, Tuyo sera, de Rodrigo Amarante. Pero diremos Cuando voy por la calle, cantada en la serie por Trío América, aunque su autora fue la cantante colombiana Blanca Gladys Caldas Méndez, conocida en ese país como Claudia de Colombia, quien la presentó en 1978.

Cuando voy por la calle y me acuerdo de ti

me lleno de alegría de ganas de vivir,

me parece que fuera las flores más bonitas

el cielo va radiante y el aire más sutil.

Cuando escucho en la noche

alguna melodía que cosas no daría por estar junto a ti

para sentir que vivo, que vivo intensamente

y para que tú sientas lo que eres para mí.

Estoy enamorada de tu vida,

estoy enamorado de tu amor

y cada vez que pienso en tu dulzura

comienza a florecer mi corazón.

Me acuerdo que tú tienes tu luz propia

que sólo estas sonriendo para mí

y vuelve a revivir en mi memoria

la gloria que le has dado a mi vivir,

la gloria que le has dado a mi vivir.

Estoy enamorado de tu vida,

estoy enamorado de tu amor

y cada vez que pienso en tu dulzura

comienza a florecer mi corazón.

Me acuerdo que tú tienes tu luz propia

que sólo estas sonriendo para mí

y vuelve a revivir en mi memoria

la gloria que le has dado a mi vivir,

la gloria que le has dado a mi vivir,

la gloria que le has dado a mi vivir.

Y para terminar: ¿Sabéis por qué la Coca-Cola se llama así? Porque desde que salió al mercado en 1885 hasta 1903 uno de sus ingredientes era la cocaína, nueve milímetros para ser exactos. Un producto existente, demandado y semilla de mucho dolor. Y de diversión. Plomo y plata.

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