Mortis spe

Nos arremolinamos alrededor del cuerpo inerte de Tele, caído sobre la barra de la taberna, el Dueño impasible el ademán aunque con una lagrimilla que se le asomaba por la comisura del ojo izquierdo. Manita estiró a Teléfilo sobre el suelo, apartando su gramófono. Una sonrisilla de deseo o de alivio conformaba una nueva aura en Tele, como de tranquilidad, de paciente espera terminada. La muerte no podía comprender qué estaba sucediendo en la taberna: ¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado aquí? ¡Contéstenme! No entiendo nada… ¿¡Qué está pasando?!

Habíamos sorprendido a la muerte. Un ser había muerto sin el permiso de la muerte, hecho que la sorprendía infinito. ¿Quién no piensa que sus esquemas mentales se resquebrajan cuando de un plumazo le han desautorizado? ¿Quién se siente el menos tonto del universo después de que le peguen un guantazo por sorpresa? Eso era lo que sentía en esos momentos la muerte. No era la primera vez que la desautorizaban; era la vez primera que la deslegitimaban. Y como comentó una vez Manita entre humo de opio, La legitimidad perdida es como agua fría, es sudor de hielo, es pérdida momentánea o perenne de tu poder. La muerte, mulata bella, agarró una botella de ron y lo echó en la cabeza de Tele: ¡Levanta, despierta, no te rías de mí!

Tele seguía dormido en la eternidad, en su solaz de guasón risueño, impasible su tez con bigotito, impasible sus labios sonrientes. La muerte agarró otra botella y se pimpló todo el ron de una tacada, y luego otro. Nos miró uno a uno, escalofrío y terror, su mirada rezumaba ira y rabia. ¿Quién puede conocer la sorpresa de la muerte?, dijo como gruñendo. ¿Acaso no sabéis qué os depara el tiempo futuro?, siguió mientras su piel se ennegrecía como el carbón y de sus labios surgía humo de ceniza, sus pechos se agrietaban y su cabello caía como fruta marchita sobre el suelo de tierra batida de la taberna. El trópico de afuera dejó de cantar sus loros y cacatúas, un olor de café quemado se adueñó de todos nosotros, nos tostaba las narices y el sentir, nuestro paladar se veía traicionado por el tufo de las cañas de azúcar en llamas. La muerte y su lenta desaparición de nuestras vidas siguió con su visión de las cosas presentes: ¿Sabéis qué se siente en la inmortalidad? ¿Conocéis la fortuna y la esperanza de aquél que sabe que va a morir?

La inmortalidad es el remedio envenenado a esa esperanza y a esa fortuna, antónimo de abatimiento y desazón. ¿Sabéis qué se siente cuándo puedes escuchar sin oír o ver sin mirar, cuando los dioses se ríen de ti a todas horas porque saben que no puedes contarlas? ¿Sabéis cómo es vivir en un presente eterno, sin pasado ni futuro? ¿Sabéis en fin cuál es la paga por esta sorpresa de vuestro amigo? De ahora en adelante no conoceréis otra cosa que la vida sin fin, un pavo relleno de trucos baratos y visitas inesperadas, un regalo deseado por todos pero solamente disfrutado por aquellos que, como los dioses, se ríen de la vida y de la muerte.

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