Moira

El destino de las calamidades no está escrito, todo es libre albedrío y nosotros, Hombres Tristes de un Rebaño tropical olvidado, comíamos banano frito ante las ruinas de la taberna, humeando después del fuego que la catapultó a su perenne fin. La Puta de la Esquina Vieja lloraba y se lamentaba. ¿Qué hice para merecer este despropósito?, preguntaba con los brazos en alto, como si bailando un flamenco agitanado. ¿Qué hicimos para que recibiéramos esta ventura de la muerte? No hicimos nada, solo tedio y el hado que trae consigo.

Los rayos del sol volvían a latir en el corazón de las tinieblas verdes, el infierno nos apresaba, ya no quedaba tragedia alguna para con la que vivir. Estábamos solos, rodeados de cañas que producían molasa y plataneros diseminados por ruinas de latón. Sin quererlo, olvidábamos lentamente que la Mamá Santa se había sacrificado para salvarnos, que sus lorzas de gorrina hecha fémina humana nos había despertado del ensimismamiento en el que los lobos del diablo nos habían lanzado. Un poco de pesares, los más grandes que habíamos sentido jamás, nos embulló en sus aguas de electricidad oscura, nos íbamos desangrando sin saberlo.

El regalo de la inmortalidad nos había salido demasiado caro. En una pequeña vajilla colocamos los miembros de Morollano dos Santos Soles, junto a las astillas que un día fueron su guitarra española. Lo pusimos en un puchero junto a cañas de azúcar y a los bananos caídos y nos alimentamos con el puré resultante, como para revivir lo que la muerte se había llevado para siempre. Los cuernos de unicornio de Manita no desparecieron, lo acompañaron para siempre y el negro cuernudo más triste del planeta se vio obligado a sobrevivir con su hipérbole huesuda.

El Dueño escupía invisibles flemas, como si buscara volver a ser quien una vez pudo ser, un filósofo que liberaba esclavos, un libertador sin conciencia de serlo. Los perros y los lobos del huargo Mastín se marcharon para siempre, acompañando en las llamas a su amo. Y las mujeres que ellos utilizaron se quedaron con nosotros, en la aldea, o en lo que quedaba de la misma, apartadas de nuestra realidad, rodeando a Doña Lluvia, quien parecía ser su lideresa. El cabello de Doña Lluvia sufrió un tinte mágico súbito por el dolor de la pérdida de su Hijo, el Espíritu Santo que redimió la podredumbre de nuestros lares.

¡El narrador siempre se lamenta! ¡Está llorando, está zozobrando en un mar de lágrimas! No es cierto que estemos tristes, como no es cierto que me pase día y Noches escupiendo. Sí, cierto es que hemos perdido la taberna, y cierto también es que su verdadera dueña está desconsolada: ¿quién no lo estaría después de que perdiese su negocio, le maten a su hijo adoptivo y le quemen las tierras donde ha florecido y estabilizado su negocio? La Puta es una mujer muy fuerte, es una heroína como todas las de su especie, sobrevivirá junto a Manita.

Seguramente se irá junto al soldado de feria en feria, enseñando la cualidad del africano oriundo, o simplemente volverá a ejercer su antigua profesión, tan antigua como noblemente defenestrada por la misma hipocresía que pretende tapar con una cortina de falsos valores la épica de las vidas humanas. ¡Qué hartazgo de hombre! No podemos perdernos en vagas deliberaciones de borracho, de alcohólico empedernido: ¡en sus venas corre ron añejo! No le hagan caso, lean con distintas ópticas, más ricas, más objetivas, la realidad es una magia mucho más compleja y escondida de lo que los medios desean que creamos, no nos embobemos ante cajas o espejos parlantes, ¡no caigamos en los mismos pecados que la bruja de Blancanieves! Nosotros no recibiremos la gracia de los siete enanos ni del príncipe andante y besuqueador. ¿Quién se lo espera?

¡Vivamos! Como saben, tuve que sobrevivir a amos con voluntad de mecenas, a una historia vital desafortunada, a mis ansias de liberación de las que ni yo me daba cuenta. No todo está perdido, ¿quieren una copa de ron añejo?

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