La Mantis

O el thriller pasado por agua

Deseoso de sacar unas líneas que dieran cuenta de los valores de La Mantis, serie francesa en seis entregas dirigida por Alexandre Laurent y ofrecida por Netflix, un improvisado y curioso cronista podría avanzar por la trama de este folletín –porque, para un juicio benévolo, de un folletín se trata- como por un almacén de viejos cachivaches narrativos, defendiéndose con paciencia de la inequívoca  sensación de déjà-vu que se le renovará en cada uno de los episodios.

La trama se articula a partir de la referencia a los asesinatos perpetrados por una vindicadora feminista y serial killer apodada La Mantis, ahora encarcelada, y el policía encargado de dar con la personalidad de un asesino que prolonga la macabra serie remedando los crueles métodos de la despiadada victimaria. Pero esta asesina convicta y confesa, que además es muy lista, se las ingenia para, afirmando estar en el secreto de la personalidad de su criminal imitador, lograr que la policía acepte su colaboración. A cambio de esta, La Mantis exige que la investigación sea llevada adelante por un joven policía, el cual, por una de esas casualidades que suelen darse en los folletines, es su hijo. Este es el núcleo del principal conflicto que presenta el argumento.

Apoyándose en esta base, los cinco guionistas no han escatimado medios, como suele decirse, para satisfacer las más acendradas preferencias del público adolescente por las películas de acción, aderezando la serie con sangrientos crímenes, inverosímiles casualidades y golpes de efecto, cuanto más efectivos tanto mejor.

En efecto, los golpes de efecto –que el exquisito gusto francés denomina coup d’effet– se suceden, y son especialmente sorprendentes en los minutos que preceden al final de cada entrega. Así, cuando está para acabar la primera de ellas, el espectador es invitado a pasmarse ante el repentino hallazgo de una víctima ultimada según el expeditivo método de La Mantis, que sigue encarcelada. Pero el truco perderá eficacia al reiterarse en los siguientes episodios.

El relato sigue trivializándose al echarse mano del vulgar recurso a las casualidades. He aquí unos elocuentes ejemplos, elegidos al azar por nuestro imaginario cronista: en su visita al cementerio, en busca de la supuesta tumba de la madre del policía, su esposa y la amiga encuentran casualmente a un paisano que toma el sol sentado sobre una lápida –eso permitiría al atento cronista detenerse a evocar alguna similitud con la escena de los enterradores de Hamlet, ciertamente trayéndola por los pelos, lo que sin duda le atraería las iras de los círculos shakespearianos-, el cual les informa de la persona que acostumbra a depositar un ramo de rosas rojas sobre la tumba. Poco después, el automóvil en el que viajan las dos amigas pincha ¡dos ruedas!; pero los guionistas de esta lamentable casualidad proceden a obviarla con la aparición casual de un coche conducido por el joven dibujante de un cómic cuyas viñetas, también por casualidad, narran los crímenes del sádico imitador. Y ya está.

Y si pinchar dos ruedas ya es el colmo de la casualidad cuando viene en nuestra ayuda el muchachote por quien la citada amiga nota un insistente tilín-tilín, ¿qué decir de la casual circunstancia de que el policía protagonista y el dibujante de cómics compartan el ADN? ¿No es esa una feliz ocurrencia folletinesca de las cinco mentes guionistas? Claro que sí.

Tampoco se renuncia a estremecer al espectador haciéndole compartir el tétrico hallazgo de mondos esqueletos, cadáveres de impasible rigor mortis, víctimas debatiéndose desesperadamente en el interior de una lavadora, o, incluso, de la presencia, dantesca por demás, de unos bichos verdes deambulando por los conductos del aire acondicionado, con cuyos residuos La Mantis confeccionará un efectivo veneno con que escapar de su prisión. Es decir, que el hipotético cronista llegará muy pronto a  convencerse de que ningún adolescente podrá resistirse a la fascinación que desprende cada plano de esta serie, tan alejada de la contención y eficacia en los recursos que emplea magistralmente Henri-Georges Clouzot en su filme Las diabólicas (1955), uno de los más logrados modelos del género.

¿Tienen consistencia los personajes? Nuestro prudente cronista evitará ser acusado de una flagrante falta de ecuanimidad, y delegará en sus hipotéticos lectores la emisión de la oportuna respuesta. Una impasible Carole Bouquet acapara los primeros planos, encarnando a la asesina protagonista, siempre imperturbable y de hierática presencia, como presa de un oscuro objeto de deseo y, a todas luces, afectada de irreversible parálisis facial. El relato de su pasado está encomendado a la propia asesina y a los datos puestos discrecionalmente en boca de varios personajes. Quizá los guionistas se hayan visto obligados a emplear un recurso tan pedestre por evitar saltos atrás temporales o secuencias descriptivas, considerándolos un inapropiado freno al acelerado ritmo con que avanza la trama.

Sin duda, nuestro imaginario cronista descargará un severo juicio sobre el policía encargado de las investigaciones. Este, hijo de tan tremenda madre, a la que ha repudiado, y presa de innumerables desdichas a causa de sus ambivalencias sentimentales, se debate como alma en pena, en un tenso conflicto psicológico y profesional, más propio de un hombre blando que la energía esperable en todo policía cabal. Se muestra proclive a desahogarse con repentinos pucheros, y parece mantener una relación materno-filial incluso con su esposa. En resumidas cuentas: este personaje, encarnado por un melancólico Fred Testot, contradice cuanto puede esperarse de todos los tópicos sobre la energía y la fría dureza sentimental de cuantos policías y detectives han pasado por la pantalla cinematográfica.

Los demás personajes son meros polichinelas representados como buenamente pueden por los actores; es decir, con el acostumbrado repertorio de gestos, muecas y sobreactuaciones que se prodigan en los telefilmes y culebrones.

Y pasado el trago de llegar al final de la serie, el paciente cronista se preguntará de dónde sacará la ponderación suficiente para pergeñar la evaluación definitiva de este largo film sin tener que recurrir a crueles sarcasmos. ¿Es una serie mala, rudimentaria o, más bien, vulgar y prescindible, por su trama, por la construcción de los personajes, por el trabajo actoral? ¿Es válida la espectacularidad lograda con tanta truculencia, furia y ruido? Decepciona comprobar que este filme se ha dejado abducir por las más ramplonas exigencias del público de la televisión. ¿Qué ha sido del difundido tópico del racionalismo inherente al cine francés?

Sí, se trata de una nueva serie; ¿y qué más da? Y sobre todo, ¿para qué añadir una serie como esta, si sus fans han de estar ya sobresaturados de semejantes mediocridades?

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