Manchester by the Sea

Incluso en aquellos lugares donde parece no ocurrir nada, existe una infinidad de historias sumergidas entre tanto aburrimiento, paz y rutina diaria. En Manchester, una pequeña ciudad cercana a Boston, hay barcos y gaviotas, hay nieve y frío, hay personas y vidas.

Bajo un frío manto de nieve y el silencio de un cielo gris emergen, desde poros invisibles, las miserias y tragedias de todos y cada uno de los personajes. Manchester By The Sea es una triste, tristísima historia sobre los avatares de la vida y la ruleta implacable de lo incontrolable.

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Tras la muerte de su hermano mayor Joe, el huraño Lee, encargado del mantenimiento de unos bloques de Boston, se ve obligado a volver a su Manchester natal. Allí se encontrará con Patrick, su sobrino de dieciséis años, de quien tendrá que hacerse cargo. De repente, deberá enfrentarse a su doloroso pasado y descubrir si realmente puede volver a la tranquilidad aparente de la vida en Manchester.

La película de Kenneth Lonergan es una sobria y contenida obra de arte; bajo un aspecto formalmente descuidado, con una dirección artística prácticamente plana y una fotografía aparentemente sencilla y nada despampanante, el filme avanza con paso firme a lomos de un guión solido, coherente y magníficamente estructurado. Todos y cada uno de los personajes que aparecen en la peli son creíbles y resulta imposible no conectar con ellos y sus emociones.

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Los actores están soberbios, desde la siempre efectiva Michelle Williams hasta el joven Lukas Hedges y evidentemente el hombre del que todo el mundo habla, un espectacular Casey AffleckEl trabajo del hermanísimo es sencillamente lo mejor de este año, la construcción de un personaje totalmente roto por dentro y hierático por fuera. Una roca resquebrajada por un trágico suceso que ha hecho mella en lo más hondo de su corazón.

Escasas lineas de guión, pocas muecas exageradas y breves momentos de fuerza emotiva componen la comedida y profunda interpretación de un actor que esperamos ver mucho más a menudo en nuestras pantallas.

Quizás Lonergan exagera con el uso de la música clásica subrayando los momentos más importantes de la película, aunque eso no mancha el excelente resultado final.

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Un film trágico con pinceladas de humor negro que saben a gloria, como bocanadas de aire puro cuando todo parece perdido, y con un epilogo absolutamente necesario y coherente.

En Manchester nieva y suena música clásica mientras las gaviotas buscan comida y los niños juegan al hockey. Y en el silencio de ese mar casi helado se escucha, frágil, el resquebrajo de un corazón helado a punto de destrozarse.

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