Niccolò Machiavelli, El Príncipe

Capitulo XV

DE AQUELLAS COSAS POR LAS CUALES LOS HOMBRES, Y ESPECIALMENTE LOS PRÍNCIPES, SON ALABADOS O CENSURADOS

     Queda ahora por analizar cómo debe comportarse un príncipe en el trato con súbditos y amigos. […] Pero siendo mi propósito escribir cosa útil para quien la quiera entender, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de la cosa más que tras su apariencia. Porque muchos se han imaginado como existentes de veras repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos; porque hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha a su ruina en vez de beneficiarse, pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bueno es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad.

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Dejando, pues, a un lado las fantasías que han sido dichas sobre los príncipes, y preocupándonos sólo de las cosas verdaderas, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y en particular los príncipes, por ocupar posiciones más elevadas, son juzgados por alguno de los rasgos siguientes que les valen o censura o elogio. Uno es llamado pródigo, otro tacaño (y empleo un término toscano, porque avaro, en nuestra lengua, es también el que tiende a enriquecerse por medio de la rapiña, mientras que llamamos tacaño al que se abstiene demasiado de gastar lo suyo); uno es considerado dadivoso, otro rapaz; uno cruel, otro clemente; uno traidor, otro leal; uno afeminado y pusilánime, otro decidido y animoso; uno humano, otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno sincero, otro astuto; uno duro, otro débil; uno grave, otro frívolo; uno religioso, otro incrédulo, y así sucesivamente.

Sé que todo el mundo opinará que sería cosa muy loable que, de entre todas las cualidades nombradas, un príncipe poseyese las que son consideradas buenas; pero como no es posible poseerlas todas, ni observarlas siempre, porque la naturaleza humana no lo consiente, le es preciso ser tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas que le significarían la pérdida del Estado, y, si puede, aun de las que no se lo harían perder. Pero si no puede, no debe preocuparse gran cosa, y mucho menos de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el Estado, porque si consideramos esto con frialdad, hallaremos que, a veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio conduce, sin embargo, al bienestar y la seguridad.

Capitulo XVI

DE LA PRODIGALIDAD Y LA AVARICIA

     Empezando por las primeras de las cualidades nombradas, digo que estaría bien ser tenido por pródigo. Sin embargo, la prodigalidad, practicada de manera que se sepa que uno es pródigo, perjudica; y por otra parte, si se la practica virtuosamente y tal como se la debe practicar, la prodigalidad no será conocida y se creerá que existe el vicio contrario. Pero como el que quiere conseguir fama de pródigo no puede pasar por alto ninguna clase de lujos, sucederá siempre que un príncipe así acostumbrado a proceder consumirá en tales obras todas sus riquezas y se verá obligado, a la postre, si desea conservar su reputación, a imponer excesivos tributos, y a hacer todas las cosas que hay que hacer para procurarse dinero. Lo cual empezará a tornarle odioso a los ojos de sus súbditos, y nadie lo estimará, ya que se habrá vuelto pobre. Y como con su prodigalidad habrá perjudicado a muchos y beneficiado a pocos, se resentirá ante la más pequeña dificultad y peligrará su poder ante un mínimo peligro. Y si entonces advierte su error y quiere cambiar de conducta, será tachado de tacaño.

Así pues, todo príncipe, no pudiendo practicar públicamente la prodigalidad sin perjudicarse a sí mismo, le convendrá, si es sensato, no  preocuparse si es tildado de tacaño. Porque, con el tiempo, al ver que con su avaricia le bastan las entradas en su hacienda para defenderse de quien le hace la guerra, y puede acometer nuevas empresas sin gravar al pueblo, será tenido siempre por más pródigo, pues resulta generoso con todos aquellos a quienes no quita el dinero, que son muchísimos, y avaro con todos aquellos a quienes no da, que son pocos. […]

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En consecuencia, un príncipe no debe preocuparse mucho de parecer tacaño, porque gracias a esta tacañería no roba a sus súbditos, puede defenderse, no llegará a ser pobre ni despreciable, ni tampoco se verá obligado a mostrarse expoliador. La tacañería es uno de los vicios que hacen posible reinar. […] En la antigua Roma, César era uno de los que querían llegar al principado; pero si después de lograrlo hubiese sobrevivido y no se hubiera moderado en los gastos, habría llevado su poder a la ruina. […]

No hay cosa que se consuma tanto a sí misma como la prodigalidad, pues cuanto más se la practica más se pierde la facultad de practicarla; y o se vuelve el príncipe pobre y despreciable, o, si quiere escapar de la pobreza, expoliador y odioso. Y si hay algo que deba evitarse, es el ser despreciado y odioso, y a ambas cosas conduce la prodigalidad. Por lo tanto, es más prudente contentarse con ser tildado de tacaño -que implica una vergüenza sin odio-, que, por ganar fama de pródigo, incurrir en la de expoliador, que implica una vergüenza con odio.

Capitulo XVII

DE LA CRUELDAD Y LA CLEMENCIA, Y SI ES MEJOR SER AMADO QUE TEMIDO O VICEVERSA

     Paso a las otras cualidades ya comentadas y declaro que todo príncipe debe desear ser tenido por clemente y no por cruel, pero no obstante debe estar atento a no emplear mal esta clemencia. […] Por tanto, un príncipe no debe preocuparse de la fama de cruel si a cambio mantiene a sus súbditos unidos y fieles. Imponiendo un pequeño número de castigos ejemplares, resultará más clemente que aquellos que, por excesiva humanidad, permiten que se produzcan desórdenes de los que derivan asesinatos y rapiñas, hechos que perjudican al conjunto de los ciudadanos, mientras que las condenas del príncipe sólo recaen sobre un único individuo. […]

Surge de esto una cuestión: si vale más ser amado que temido, o temido que amado. Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero puesto que es difícil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro que es más seguro ser temido que amado. […] Los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca. No obstante lo cual, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado; y para ello bastará que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y súbditos, y que no proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificación conveniente y motivo manifiesto. Pero sobre todo siempre debe abstenerse de apropiarse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Además, nunca faltan excusas para despojar a los demás de sus bienes, y el que empieza a vivir de la rapiña siempre encuentra pretextos para apoderarse de lo ajeno, y, por el contrario, para quitar la vida, son más raros y desaparecen con más rapidez. […]

Volviendo a la cuestión de ser amado o temido, concluyo que, como el amar depende de la voluntad de los hombres y el temer de la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en aquello que depende de su voluntad y no de la ajena; pero, como he dicho, evitando siempre hacerse odioso.

Capitulo XVIII

DE QUÉ MODO LOS PRÍNCIPES DEBEN CUMPLIR SUS PROMESAS

     Todo el mundo sabe cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez. Sin embargo, la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, y que con su astucia se han burlado quienes han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas. Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre. […]

De manera que, ya que se ve obligado a comportarse como bestia, conviene que el príncipe se transforme en zorro y en león, porque el león no se protege de las trampas ni el zorro se protege de los lobos. Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del león demuestran poca experiencia del arte de gobernar. Por lo tanto, un príncipe prudente no puede ni debe cumplir la palabra dada si cumpliéndola va en contra de sus intereses y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones legitimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes. Que el que mejor ha sabido ser zorro, ése ha triunfado. Pero hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que quiera engañar encontrará siempre quien se deje engañar. […]

No quiero callar uno de los ejemplos contemporáneos. El papa Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con más desparpajo ni que hiciera tantos fervorosos juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños siempre le salieron a pedir de boca, porque conocía bien esta parte del mundo.

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No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil. Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario. Y ha de tenerse presente que un príncipe, y sobre todo un príncipe nuevo, no puede observar todas las cosas gracias a las cuales los hombres son considerados buenos, porque, a menudo, para conservarse en el poder, se ve arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal.

Por todo esto un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté empapado de las cinco virtudes citadas, y de que, al verlo y oírle, parezca la clemencia, la fe, la rectitud y la religión mismas, sobre todo esta última. Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres; y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría, que se escuda detrás de la majestad del Estado. Y en las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el poder, que los medios siempre serán juzgados honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse. […]

Capitulo XIX

DE QUÉ MODO DEBE EVITARSE SER DESPRECIADO Y ODIADO

     Como de entre las cualidades mencionadas ya hablé de las más importantes, quiero ahora, bajo este título general, referirme brevemente a las otras. Trate el príncipe de huir de las cosas que lo hagan odioso o despreciable, y una vez logrado, habrá cumplido con su deber y no tendrá nada que temer de los otros vicios. Hace odioso, sobre todo, como ya he dicho antes, el ser expoliador y el apoderarse de los bienes y de las mujeres de los súbditos, de todo lo cual le convendrá abstenerse.

Porque la mayoría de los hombres, mientras no se ven privados de sus bienes y de su honor, viven contentos; y el príncipe queda libre para combatir la ambición de una minoría, a la que puede controlar de muchos modos y fácilmente. Hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime e irresoluto, defectos de los cuales el príncipe debe alejarse  como una nave de un escollo, e ingeniarse para que en sus actos se reconozca grandeza, valentía, seriedad y fuerza. Y con respecto a los asuntos privados de los súbditos, debe procurar que sus decisiones sean irrevocables. Cuando esta sea la opinión que de él tengan los demás, nadie tratará de engañarlo ni de envolverlo en intrigas.

El príncipe que conquista semejante autoridad es siempre respetado, pues difícilmente se conspira contra quien, por ser respetado, tiene necesariamente que ser bueno y querido por su pueblo. […] Por tanto, un príncipe debe temer dos cosas: en el interior, que se le subleven los súbditos; en el exterior, que le ataquen las potencias extranjeras. De éstas se defenderá con buenos ejércitos y buenos aliados, y un príncipe siempre tendrá buenos aliados si tiene buenos ejércitos. […]

En lo que se refiere a los súbditos, y a pesar de que no exista amenaza extranjera alguna, ha de cuidar que no conspiren secretamente; pero de este peligro puede asegurarse evitando que lo odien o lo desprecien y, como ya antes he repetido, empeñándose por todos los medios en tener satisfecho al pueblo. Porque el no ser odiado por el pueblo es uno de los remedios más eficaces de que dispone un príncipe contra las conjuraciones. El conspirador siempre cree que el pueblo quedará contento con la muerte del príncipe, y si sospecha que puede producirse el efecto contrario, jamás se decide a tomar semejante resolución, pues son infinitos los peligros que corre el que conspira.

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La experiencia nos demuestra que hubo muchísimas conspiraciones y que muy pocas tuvieron éxito. Porque el que conspira no puede obrar solo ni buscar la complicidad de los que cree descontentos. Pero desde el momento en que tú has desvelado tus propósitos a una persona descontenta, le has dado ocasión de obtener beneficios denunciándote, porque de la revelación de tu secreto puede esperar toda clase de beneficios; es preciso que, sea muy amigo tuyo o enconado enemigo del príncipe para que, al hallar en una parte ganancias seguras y en la otra dudosas y llenas de peligro, te sea leal.

En resumen: de parte del conspirador sólo hay recelos, sospechas y temor al castigo, mientras que el príncipe cuenta con la majestad del principado, las leyes y las defensas del Estado y la ayuda de los aliados, de tal manera que, si se ha granjeado la simpatía popular, es imposible que haya alguien que sea tan temerario como para conspirar. […]

Llego, pues, a la conclusión de que un príncipe, cuando es apreciado por el pueblo, debe cuidarse muy poco de las conspiraciones; pero que debe temer todo y a todos cuando lo tienen por enemigo y es aborrecido por él. Los Estados bien organizados y los príncipes sabios siempre han procurado no exasperar a los nobles y, a la vez, tener satisfecho y contento al pueblo. Es éste uno de los puntos a que más debe atender un príncipe.[…]

Capitulo XX  

SI SON ÚTILES O INÚTILES LAS FORTALEZAS Y MUCHAS OTRAS COSAS QUE LOS PRÍNCIPES REALIZAN CADA DÍA

     Algunos príncipes han desarmado a sus súbditos para conservar su Estado sin riesgos; otros dividieron los territorios conquistados; otros favorecieron a sus mismos enemigos; otros se esforzaron por atraerse a aquellos que les inspiraban recelos al comienzo de su gobierno; y otros, en fin, construyeron fortalezas, mientras otros las derribaron. Y aunque sobre todas estas decisiones no se pueda juzgar firmemente sin conocer las características del Estado donde hubieron de tomarse, hablaré, sin embargo, del modo más amplio que la materia permita.

Nunca sucedió que un príncipe nuevo desarmase a sus súbditos; por el contrario, los armó cada vez que los encontró desarmados. De este modo, las armas del pueblo se convirtieron en las del príncipe, los que recelaban se hicieron fieles, los fieles continuaron siéndolo y los súbditos se hicieron partidarios. Pero como no es posible armar a todos los súbditos, resultan favorecidos aquellos a quienes el príncipe arma, y se puede vivir más tranquilo con respecto a los demás. Los armados estarán reconocidos al príncipe por esta distinción, y los otros lo disculparán, considerando que es preciso que los armados gocen de más beneficios por tener más deberes y por exponerse a mayores peligros. Pero cuando se desarma a los súbditos, se los empieza a ofender, puesto que se les demuestra que, por cobardía o desconfianza, se tiene poca fe en su lealtad; y cualquiera de estas dos opiniones engendra odio contra el príncipe. Y como el príncipe no puede quedar desarmado, es forzoso que recurra a las milicias mercenarias, de cuyos defectos ya he hablado; pero aun cuando sólo tuviesen virtudes, no pueden ser tantas como para defenderlo de los enemigos poderosos y de los súbditos descontentos. Por eso, como he dicho, un príncipe nuevo en un principado nuevo no ha dejado nunca de organizar su ejército según lo prueban los ejemplos de que está llena la Historia. […]

Ahora bien: cuando un príncipe conquista una provincia nueva para añadirla a su Estado, entonces sí que le conviene desarmar a sus nuevos súbditos, excepción hecha de aquellos que se declararon partidarios suyos durante la conquista; y aun a éstos, con el transcurso del tiempo y aprovechando las ocasiones que se le brinden, es preciso debilitarlos y reducirlos a la inactividad y arreglarse de modo que el ejército del Estado se componga de los soldados que rodeaban al príncipe en el Estado antiguo.

Nuestros sabios antepasados solían decir que era necesario dominar Pistoia con las facciones, y Pisa con las fortalezas. Por tal motivo, fomentaban la discordia en las ciudades sometidas, medida muy lógica en una época en que las fuerzas de Italia estaban equilibradas. No me parece que pueda sacarse de ello una regla válida, porque no creo que las divisiones internas hayan traído beneficio alguno; al contrario, juzgo inevitable que las ciudades enemigas se pierdan en cuanto el enemigo se aproxime, pues siempre el partido más débil se unirá a las fuerzas externas, y el otro no podrá resistir. […]

Los príncipes, sobre todo los nuevos, han hallado más fidelidad y más utilidad en aquellos que al principio de su gobierno les parecían sospechosos que en los partidarios en quienes confiaban. Pero de este punto no se pueden extraer conclusiones generales porque varían según el caso. Sólo diré esto: que los hombres que al principio de un reinado han sido enemigos, si su carácter es tal que para continuar la lucha necesitan apoyo ajeno, el príncipe podrá siempre y muy fácilmente conquistarlos a su causa; y lo servirán con tanta más fidelidad cuanto que saben que les es preciso borrar con buenas obras la mala opinión en que se los tenía; y así el príncipe saca de ellos más provecho que de los que, por serle demasiado fieles, descuidan sus obligaciones. […]

Capitulo XXI

COMO DEBE COMPORTARSE UN PRÍNCIPE PARA SER ESTIMADO

     Nada hace tan estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo de raras virtudes. […] Y, por encima de todo, el príncipe debe ingeniarse por parecer grande e ilustre en cada uno de sus actos.

Asimismo se estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco, es decir, al que, sin temores de ninguna índole, sabe declararse abiertamente en favor de uno y en contra de otro. El abrazar un partido es siempre más conveniente que el permanecer neutral. Porque si dos vecinos poderosos se declaran la guerra, el príncipe puede encontrarse en uno de esos casos: que, por ser adversarios fuertes, tenga que temer a cualquier cosa de los dos que gane la guerra, o que no; en uno o en otro caso siempre le será más útil decidirse por una de las partes y hacer la guerra. Pues, en el primer caso, si no se define, será presa del vencedor, con placer y satisfacción del vencido; y no hallará compasión en aquél ni asilo en éste, porque el que vence no quiere amigos sospechosos y que no le ayuden en la adversidad, y el que pierde no puede ofrecer ayuda a quien no quiso empuñar las armas y arriesgarse en su favor. […]

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Y siempre verás que aquel que no es tu amigo te exigirá la neutralidad, y aquel que es amigo tuyo te exigirá que demuestres tus sentimientos con las armas. Los príncipes irresolutos, para evitar los peligros presentes, siguen la más de las veces el camino de la neutralidad, y las más de las veces fracasan. Pero cuando el príncipe se declara valientemente por una de las partes, si triunfa aquella a la que se une, aunque sea poderosa y él quede a su discreción, estarán unidos por un vinculo de reconocimiento y de afecto; y los hombres nunca son tan malvados que dando prueba de tamaña ingratitud, lo sojuzguen. Al margen de esto, las victorias nunca son tan decisivas como para que el vencedor no tenga que guardar algún miramiento, sobre todo con respecto a la justicia. Y si el aliado pierde, el príncipe será amparado, ayudado por él en la medida de lo posible y se hará compañero de una fortuna que puede resurgir. En el segundo caso, cuando los que combaten entre sí no pueden inspirar ningún temor, mayor es, la necesidad de definirse, pues no hacerlo significa la ruina de uno de ellos, al que el príncipe, si fuese prudente, debería salvar, porque si vence queda a su discreción, y es imposible que con su ayuda no venza.

Conviene advertir que un príncipe nunca debe aliarse con otro más poderoso para atacar a terceros, sino, de acuerdo con lo dicho, cuando las circunstancias lo obligan, porque si el poderoso vence queda en su poder, y los príncipes deben hacer lo posible por no quedar a disposición de otros. […]

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El príncipe también se mostrará amante de la virtud y honrará a los virtuosos y a quienes se distingan en las artes. Asimismo, dará seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad; y que unos no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se las quiten, y otros de abrir una tienda por miedo a los impuestos. Lejos de esto, instituirá premios para recompensar a quienes lo hagan y a quienes traten, por cualquier medio, de engrandecer la ciudad o el Estado. Todas las ciudades están divididas en gremios o corporaciones a las cuales conviene que el príncipe conceda su atención. Reúnase de vez en vez con ellos y dé pruebas de sencillez y generosidad, sin olvidarse, no obstante, de la dignidad que inviste, que no debe faltarle en, ninguna ocasión.

Capitulo XXII

DE LOS SECRETARIOS DEL PRÍNCIPE

     No es punto carente de importancia la elección de los ministros, que será buena o mala según la cordura del príncipe. La primera opinión que se tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres que lo rodean: si son capaces y fieles, podrá reputárselo por sabio, pues supo hallarlos capaces y mantenerlos fieles; pero cuando no lo son, no podrá considerarse prudente a un príncipe que el primer error que comete lo comete en esta elección. […]

Pues hay tres clases de inteligencias: la primera comprende por sí misma; la segunda es capaz de evaluar lo que otra, y la tercera no comprende por sí misma ni por medio de las demás. La primera es excelente, la segunda es buena, y la tercera inútil. […]

Para conocer a un ministro hay un modo que no falla nunca. Cuando se ve que un ministro piensa más en él que en uno y que en todo no busca sino su provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será bueno y en quien el príncipe nunca podrá confiar. Porque el que tiene en sus manos el Estado de otro jamás debe pensar en sí mismo, sino en el príncipe, y no recordarle sino las cosas que pertenezcan a él.

Por su parte, el príncipe, para mantenerlo constante en su fidelidad, debe pensar en el ministro. Debe honrarlo, enriquecerlo y colmarlo de cargos, de manera que comprenda que no puede estar sin él, y que los muchos honores no le hagan desear más honores, las muchas riquezas no le hagan ansiar más riquezas y los muchos cargos le hagan temer los cambios políticos. Cuando los ministros, y los príncipes con respecto a los ministros, proceden así, pueden confiar unos en otros; pero cuando proceden de otro modo, las consecuencias son perjudiciales tanto para unos como para otros. […]

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    Por: Fierabrás

    No llegó a este mundo con un pan bajo el brazo, sino con un libro. Este hecho fortuito quizá sea el origen de su voracidad lectora. Soñador diurno, para quien la vida es una pastilla de jabón, desde su más tierna infancia mantiene un incansable interés hacia las artes plásticas, y especialmente firme es la atención que dirige hacia el dibujo, el collage y el cine.

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