Un lobo perdido

Apareció de repente Moro, asustado y encaramado en su aguacate de ojo. Acabábamos de ser destripados por el ventilador, la muerte estaba recién dormida por el ron, y Morollano decidió ir a la selva a desahogarse. Aun teniendo el cuerpo repleto de heridas y fracturas y un fruto en el legítimo espacio de un óculo suyo, Moro fue a hacer sus necesidades de ser humano normal y corriente en medio de la selva.

Y qué sorpresa vio pues volvió chillando ¡He visto un lobo, he visto un lobo, he visto un lobo!, cual Pedrito, y nosotros no le hicimos caso. ¡He visto un lobo, he visto un lobo, he visto un lobo!, y el Dueño escupió y el urálico León susurró algo en bizantino septentrional. ¡He viso un lobo, he visto un lobo!, siguió correteando por la taberna, ante nuestra mirada, la risita del Hijo y los lunares de opio de la de la Esquina. Juegos de palabras y lobos. Hasta que Moro se cansó de repetirlo. Tal vez había soñado que había visto un lobo. ¡Era grande, gris plata y con ojos de reptil!

Seguí bebiendo un ron añejo de 1914 y trombones de guerra sonaban por mi esófago, los niños de Europa iban a luchar por sus padres, irresponsables criaturas hijas de imperios demasiado antiguos y anquilosados, un año de comienzo de guerra grande, demasiado grande, que duró treinta años, y que sumió el mundo en unas tinieblas jamás vistas por la muerte en la Historia de la Humanidad. ¡Era una bestia silenciosa y mirona!, y yo seguí saboreando ese ron de principios de siglo, trincheras resonando en las entrañas de mi ser, balas en campos marrones y brutos, con alambres que se extienden como terribles gusanos de hierro y pinchos y odio. El diablo es una creación del hombre, como todo lo bueno también lo es.

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