Doña Lluvia es madre

Despiertos de repente, con la taberna estatalizada hacía unos años, y la de la Esquina enfrentada a todo y a todos, embadurnados por los sesos mugrientos de la Mamá Santa vimos al Espíritu Santo voltear los tejados y las zanjas de la aldea. Los perros y los lobos, ahora hambrientos de venganza, se abalanzaron sobre el niño angelical en taparrabos, rubio y de ojos esmeralda. Los ladridos eran horror supurado y de la taberna se asomó el Mastín, con entre los dientes en sangre un brazo humano negro. Oí el chillido de Morollano, pues el brazo debía de ser suyo.

¡Agarradlo!, farfulló el Mastín. El animal, huargo y gigante, se nos acercó con los ojos encarnando ira, escupió el brazo moreno a nuestros pies y nos dijo: ¿Queréis que os presente a la serpiente de las manzanas? Ladró una orden y de la taberna apareció un lobo cojo y viejo sin dientes con una trompeta en la boca. Fino, desnudo, se dio cuenta de que el Mastín quería que tocara un degüello, y así hizo.

La aldea, llena de hombres desnudos y despiertos, y mujeres tan bellas como los sueños de la esperanza, no tardó en caer en la música triste de la trompeta de Fino, quien mientras tocaba lloraba al ver cómo los lobos alcanzaron al Espíritu Santo. ¡No!, gritó la de la Esquina, saliendo de la taberna como una exhalación, intentando salvarlo de las mordidas de los perros y los lobos. La trompeta seguía tocando cuando las mujeres que nos querían enclavados en la orgía loca que el Mastín había organizado para localizar el secreto de la inmortalidad corrieron hacia el niño muriente. Me quedé apretado a una de ellas, y cuando la vi noté que era Doña Lluvia.

Manita, aterrorizado, se vistió rápidamente con la primera casaca que encontró, y se lanzó junto a su novia a salvar a su Hijo. Los hombres eran los nuevos perros y los perros y los lobos que ya habían convertido al ángel convertido en niño en un saco de carne sin hueso se vieron obligados a recular. Doña Lluvia se zafó de mí y se lanzó contra los perros que habían matado a uno de los únicos especímenes de la Tierra que no podían morir por arte de la muerte.

Con fuerza descomunal, bajo el degüello de Fino Fines, fue matando a todos los asesinos de su Hijo. ¡Redención, redención!, bramaba Manita, ayudando a Doña Lluvia.

De la taberna apareció Moro, balanceándose por la callejuela que lo unía al Mastín con una guitarra, su guitarra española, farfullando en brasileiro. Levantó la guitarra más allá de la cabeza del huargo y la incrustó en la cabeza plateada del infernal animal.

El Mastín aceleró su ansia de ira, destrozó la guitarra en pocos segundos y arrancó todos los miembros de Moro, quien reía y reía y hablaba de una tal favela en la que nació años ha. ¡Morollano, otro muerto alegre! ¡Allá voy, Tele!, dijo con un hilillo de voz. ¿Quién cree aún que la muerte no puede con él?, ladró el Mastín, zampándose a Morollano dos Santos Soles. No pudo darse cuenta el lobo de plata que el óxido que le corría por las venas lo había cegado tanto que de la taberna apareció el ruso León, con una espada de hierro naranja.

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