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Humor cáustico, critica social, costumbrismo y drama familiar. en Botellas en el Tibidabo vas a encontrar todo esto y mucho más. Victor S. vuelve a demostrar su talentosa narrativa en esta serie sobre una familia cualquiera de la Barcelona más upper. El politólogo de LdlB desentraña la hipocresía, las manías y las vergüenzas de la burguesía catalana bajo el ala protectora del humor más bestia.

El fin del mundo empieza en el Tibidabo.

 

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Capítulo Primero 

La taza estaba encima de la mesa, el agua del grifo caía mansamente sobre un plato y la madre estaba lavando unas tacitas del desayuno. Domingo de ramos de uno de los primeros años del siglo XXI. El padre se levantó temprano para ir a comprar las palmas para los hijos de unos amigos. La taza estaba encima de la mesa de la cocina, el colacao se enfriaba con dulzura y solo se escuchaba el pio-pio de los pájaros del barrio. Los Botella irían a misa hacia las once y media: habían quedado con unos amigos.Era un presente no muy pasado, una era terminada ya.

La mujer que lava los platos es la madre, casada con Mario Botella. Es una mujer de estatura normal. Hace dos días se tiñó los cabellos de un rubio muy potente. Su masajista, monitor de tenis, cirujano plástico y amante, le hizo un liftin que le fue muy bien. Ahora tiene la cara como una tabla de planchar, pero todo eso no quita que deba cocinar, lavar los platos, lavar la casa y lavarlo todo los sábados, domingos y otros festivos. Viste de ir por casa: pantuflas rosas, pelo revuelto, cara sin maquillar, pijama amarillo y delantal rojo con rayas verdes.

Se oye un portazo. Es Mario, el padre. Con un “Ya estoy aquí” apagado y rutinario cierra la puerta con un golpe fuerte. El Mercedes No-sé-cuantos que se acaba de comprar lo tiene que vender por problemas de dinero. Eso le ha amargado el día. Lleva una camiseta polo de marca Ralph Lauren. Es absolutamente blanca y el caballito prepotente está en una esquina de la parte delantera de la camiseta. Se quita la chaqueta color diarrea y la pone en una silla. Con La Vanguardia en el regazo y la taza en una mano, empieza a leerla.

–¡Mierda! ¡Esta mierda de camisa no vale una mierda!–

Se le acaba de caer un poco de colacao. Ahora es blanca con una mancha marrón en la teta izquierda.

 –¡Mañana devuélvela a la tintorería! –ladra bravucón–. Ah, y recuerda que tenemos que llamar a la marujona esa pa’ quedar, ¿me has oído?

 –Síííí… A la Cuca no la llames marujona, cari, que la pobre es la única que se entera de las cosas del barrio, y mira que vive en Pedralbes– responde Sofía desde la cocina–. Además, seguro que no me has comprao el Lecturas y el Hola, ¿a que no?

 –Te he comprao el Diez minutos y la colonia esa que me pediste, pesada…– suelta Mario mientras lee que el presidente Aznar está de visita en Washington DC.

 –Ya, pero es que el Minus no me gusta tanto como esas otras. Haber comprao el Interviú, que hoy sale la Galera, la de ayer, ¡desnudísima! Con las tetas rebotadas… es muy fea, además de…

 –No me importa, eso se lo explicas a la maruja amiga tuya…– murmura Mario leyendo la sección deportiva.

El Barça no levanta cabeza, piensa. Malparidos, mercenarios desagradecidos…

Sofía Botella acaba de lavar los platos. Se queja porque tiene las manos arrugadas; no ha utilizado los guantes, ya que según ella dejan un olor putrefacto a pescado lleno de moscas revueltas. Y, mirándose las manos, entra en el baño que hay en el piso de abajo, cerca de la cocina.

En Gràcia se vivía de maravilla, según el padre, pero Sofía quiso irse a vivir a una casa adosada en el Tibidabo, mirando a Barcelona, cerca de Can Caralleu.

La puerta del salón se abre. Entra la hija vestida con camisón. Tiene ojos de muerta y el cabello rubio natural revuelto. Al mirar al padre, él la saluda con un eructo y ella hace cara de asco. La madre sale del baño con una toalla en la cabeza y una muy grande que le tapa el cuerpo desde los pechos a los pies. Sus toallas son del Hotel Meliá de Alicante (cuando una cosa les gusta de la habitación de un hotel… ya se lo imaginan, amigos). Le da los buenos días a su hija con un beso en la cara. En cierto momento la escruta con cara de asco y la mira de arriba abajo. Entonces le mira bien el cuello y:

 –¡Un chupetón! ¡Nena, que tienes un chupetón de la virgen en el cuello! Mario, ¡dile algo!

 –¿Y que quieres que le diga, mujer? Ya es mayorcita, ¿no?– responde Mario sin dejar de leer La Vanguardia–. ¡Coño! ¡La inflación ha subido! ¡Y las acciones bajado! ¡La madre que te parió…!– Se va del tema rápidamente.

 –Eres mal padre, Mario. Y a ti ¿es que no te da vergüenza ir por allí y por allá enseñando un chupetón? ¿Quién te lo ha hecho? ¿El gabacho ese?– grita Sofía a su hija.

 –¡Se llama François y está cacho bueno! Además, ¿a que no sabes lo que hemos hecho ayer mientras tú y papá estabais con los Prat?– se acaba de despertar la nena.

 –Follásteis como perros, ¿no?– se incorpora el niño, que se acaba de levantar. –Os oí mientras intentaba cagar… Eran las once o doce de la noche…

 –¡Serás hijoputa… y guarro!– le grita la hermana. -¿Por qué tenías que explicarlo? ¡Idiota!

 –¡Niños! Usó preservas, supongo, ¿no? – pregunta Sofía a su hija severamente.

 –No…– responde el niño adelantándose a la hermana.

 –¿Y tú cómo lo sabes? – pregunta escandalizada su hermana.

 –Os espié durante un rato. Estabais los dos desnudos. A él se le veía una peazo polla y tú tenías el coño así de abierto. Y gritabas como una hiena en celo, así “Ah, oh, ah, ah, aaaaah…”.

La crueldad de un adolescente aparece con gemidos y una risa metálica tan insoportable como el acné y los aparatos dentales que debe llevar diariamente.

 –¡Basta! ¡Ahora os lo calentáis vosotros el colacao! ¡Estoy hasta las narices de vosotros dos! ¡Dejarme en paz!– Dicho esto Sofía entra en el baño con un cigarro recién encendido. Mario lee uno de los suplementos del domingo con un puro en la boca.

Son las diez y media. Los “niños” Botella están desayunando. El salón es bastante grande. Hay una televisión de pantalla plana Philips con DVD. Mario está sentado en uno de los tres sofás, en la esquina, para apoyar el brazo tranquilamente. La alfombra árabe está manchada de tierra de sus zapatos de marca muy caros. Ha pasado por el parque de delante de casa. El sofá en el que está sentado es rojo, con una textura elegante y suave.

En el salón hay también dos sillones, para los invitados “importantes”. Los sillones son negros. En una de las cuatro esquinas hay la tele y su mueble (con DVD, VHS, etc…); en otra un mueble donde está la máquina de CDs, casettes y radio. En una tercera esquina está un mini-bar, donde están los güisquis y cervezas de Mario. Detrás del sofá donde está sentado Mario hay un ventanal que da al jardín que rodea la casa aún hipotecada (faltan 38 años para acabar de pagarla).

Delante de los sofás hay una mesita de salón, con encima unas cuantas revistas del corazón de Sofía de los meses pasados. En las paredes hay unas estanterías, con cuadros, enciclopedias, diccionarios, “libros”, “trofeos”, “diplomas” y otros que se alimentan de polvo y es raro que algún miembro de la familia los toque alguna vez.

En la cocina están los “nenes” Botella. En la mesa redonda están Fernando y Paula. Ya se han olvidado de lo de antes, ya que no les importan para nada los gritos de su madre. Fernando es un chico de unos quince años, de estatura normal, moreno, ojos verdes, acné. No es que sea muy feo. Hace mucho deporte, pero es pésimo en los estudios. Sale victorioso de ello solo cuando su padre corrompe al colegio.

Lleva los cabellos un pelín largos, con unas greñas que llegan hasta el principio de la espalda. Muchos de sus conocidos lo llaman Fredy. Paula, su hermana, tiene el pelo largo y rubio. Sus ojos son azules y es una de esas chicas-playboy. Es muy alta. Tiene unos cuatro años más que su hermano. Hace un mes se hizo una operación estética. Se hinchó el pecho. Gracias a ello ahora se acuesta con quién quiere. También ella es una pésima estudiante, y solo pasó los estudios de bachillerato gracias a su padre, que corrompió al colegio. Ahora estudia para modelo, y va a una academia. También probó la Operación Triunfo, pero no la cogieron por ser demasiado tonta. En cierto momento, mientras se está untando de mantequilla la tostada, pregunta a su hermano:

 –Y tú niñato, ¿no tienes novia aún?

 –Ayer me lié con una tía buenísima en el Pachá…

 –Pero si tú allí no puedes entrar, tienes solo 15 años, tienes que tener 16 pa’ estar allí.

 –Ya, pero la tía con la que me lié era una promotora del Pachá que me dejó entrar. Mientras nos liábamos intenté meterle el dedo por allí, pero ella me dio un bofetón y se fue a morrear al Petas.

 –Eres un guarro, nen, ¿no te lo han dicho antes? Das asco…

 –Yo y el Petas somos los amos del curso, nen; triunfamos por donde pasamos. El jueves la Comillas me quiso echar de clase porque me liaba con la Lourdes y yo le contesté: “¡Que se vaya tu madre fuera!” –ríe orgulloso.

 –No sé cómo es que aun no te han suspendido…

 –Papá me lo soluciona. Se ve que le da un dinerito al director. El padre del Petas también hace eso con el Tazas.

 –¿El Tazas?– pregunta su hermana –¿Quién es ese?

 –Es el director del cole. Es el profesor de lengua española– responde Fernando–. Este el es segundo y último curso que está de director.

 –Ah…

Paula se acaba el colacao. Le da unas palmadas en la espalda a su hermano y se va a su cuarto, en el piso de arriba. Sube las escaleras, apoyando la mano en la barandilla.

En el piso de arriba hay un largo pasillo que da a las cuatro habitaciones y a dos baños. Paula entra en su habitación. Se quita el camisón amarillo y se queda desnuda delante de un gran espejo que tiene en su cuarto. Se mira atentamente y, después de unos cinco minutos posando para el espejo, decide ducharse. Se vuelve a poner el camisón. Coge su estuche de maquillaje; sale de su habitación; atraviesa el pasillo; entra en el baño y cierra la puerta de este con pestillo.

Dentro del baño suspira unos cuantos Ay… François… Vaya chupetón me has hecho… Se vuelve a quitar el camisón amarillo y abre el grifo de la bañera. Se da cuenta de que dentro del estuche de maquillaje hay un test de embarazo. Desnuda, lo mira y piensa que es mejor saber si François la ha embarazado. Se hace el test. Resulta negativo. Contenta sonríe al espejo del baño y tira unos cuantos sales en la bañera. Espejito, espejito, ¿quién es la más bella?, piensa. Se mete en ella y empieza a frotarse con su esponja. Es una esponja suave, que le remueve todo el cuerpo, de arriba abajo.

Mientras las mujeres de la casa se están bañando y Mario está leyendo el ABC, el niño acaba el colacao y se va a su cuarto a vestirse. Espejito, espejito, ¿quién es la más rica? Sube las escaleras. Lleva un pijama azul y el pelo revuelto. El día antes ya hizo unas cuantas guarradas con sus partes en su cuarto, así que hoy no hará nada con su órgano reproductor externo.

Entra en su habitación, la que está entre el cuarto de Paula y la suite de sus padres. Mira los posters pornográficos y hace una sonrisita. Ve que en su móvil han llegado unos cuantos SMS. Ve que uno es de su amigo Petas: “t spro a mi ksa ven a las 5”. Traducido sería algo así como “Te espero en mi casa; ven a las 5 de la tarde”. Ya que aun tiene un poco de tiempo decide vestirse y después mirar un rato webs pornográficas. Después cambia de idea, no hace falta mirar siempre webs porno, te hacen atontecer. Espejito, espejito, ¿quién es la más elegante?

Abre el armario y coge un polo Tommy Hilfinger; unos pantalones de esa misma marca; una sudadera azul marino en la cuya parte delantera hay escrito Warwick Warriors. Hasta sus calzones y calcetines son de marca. Deben serlo. Es como el marcaje de las vacas. Coge los seis pares de zapatos que tiene. Un par para cada día. Hoy es domingo de ramos, así que se pondrá los zapatos marrones italianos Superga.

A veces Fernando se imagina que es un chico muy popular, importante y guapo. Y no os engañará, es un chico bastante guapo. Sin embargo bastante no significa muy. Y se imagina, cuando se viste y se mira al espejo, que algún día se casará con una chica tan guapa como la Claudia Schiffer y que la llevará a Japón a vivir como dos shoguns, en un palacio tradicional japonés.

Los dibujos animados japoneses son la orden del día en la tele mirada por Fernando Botella. Cuando era pequeño quedó encantado con Bola de drac. Son Goku era la envidia de todos sus fans, espectadores y seguidores.

Quien podía contemplar las batallas y las bolas de fuego que Goku podía hacer era un afortunado, puesto que todos, como Fernando, anhelaban ser como ese chaval de pelo puntiagudo y negro, lleno de músculos y de poderes mágicos. Nada que ver con Harry Potter, otro mágico que también ha llegado a la mente de Fernando. Mientras tanto se distrae con el Señor de los anillos del cine, las maquinaciones sexuales de Rocco Sifredi y de las bromas de la televisión como el Guiñol, el hotel glamuroso de la quinta cadena y otros.

El mundo está lleno de payasos.

Capítulo Segundo

Mario acaba de leer La Vanguardia. Ha pasado una media hora desde la discusión que han tenido sus hijos. Enciende la televisión. Hace un poco de zápin y se decide a mirar la tele francesa, para oír un poco esa lengua y acordarse de ella.

Sofía está en el baño del piso de abajo. Acaba se ducharse y ahora se está maquillando. En una silla del baño está su vestido Armani bien planchadito y preparadito. Primero de todo se mira bien los ojos. Coge el rímel y se levanta las pestañas tanto como puede. Agarra el vestido y se viste. Acto seguido coge los polvos de maquillar y se da unas palmaditas en las mejillas. Después coge su juego de pintalabios y los mira un rato con cara de duda. Al final se decide por el de color rojo Ferrari. Aún le falta un poco de tiempo, así que decide peinarse a su manera: lenta y cuidadosamente.

Paula sale de la bañera. Es una mujer, pero va más rápido que su madre vistiéndose y maquillándose. Hoy lleva unos pantalones que le estrujan su culito bonito y que se vuelven más anchos cada vez que están más cerca de los pies. Se pone sus sostenes de textura blanco trasparente y se pone una camiseta que le tapa el pecho de manera discreta. Se maquilla poquito, ya que sabe que es más guapa que su madre y que no necesita pintarse para parecer una sex symbol. Se peina y sale del baño. Atraviesa el pasillo y cuando pasa por delante de la habitación de su hermano se para. Entra y le dice:

 –¿No te cansas? Ayer también jugaste con la cosa esta, ¿no?–

Con un “sí” apagado el hermano le responde. Paula sale vuelve a su habitación y coge el manual Técnicas de modelo: dietas y guapedades y empieza a leerlo.

Fernando está en su habitación. Está jugando con la Play Station2 que le regaló su abuela por Navidades.

Está con la boca abierta jugando con un videojuego de surf y otros deportes con plancha.

Llegan las once y cuarto. Mario se levanta del sofá. Va a su habitación y se cambia la camiseta. Baja y se encuentra con su mujer e hijos en el vestíbulo de la casa. La  noche anterior Mario no aparcó el coche donde siempre, delante de casa. Lo dejó una manzana más abajo y debe ir a buscarlo allí. Cuando vuelve con él, Sofía e hijos entran. Se dirigen a la iglesia del convento de los capuchinos, en la calle Cardenal Vives i Tutó.

El coche baja toda la avenida de Judas, después la de Foix y, al fin, Mario lo aparca cerca de la iglesia. En la pequeña plaza que está delante del templo, lleno de pequeños y mayores, se ven muchas palmas, como las que llevan Fernando y Paula. El Nokia 7630 de Paula suena; ella contesta y se aparta un poco de su familia. La ha llamado François. Mario y Fernando se aburren. A Fernando no le gusta mucho llevar la palma, ya que sabe que es demasiado mayor para eso. Sofía, en vez de aburrirse está ojo avizor por si llegan los Bandeja, sus amigos.

–¡Sofiiii!–. Se oye una voz un poco ronca. Es Cuca Safata, que llama a Sofía. Ella y familia se acercan a los Botella. Sofía le da dos besos a su amiga, cosa que también hacen sus hijos. Fernando le da su palma al hijo pequeño de Cuca y Paula a la hijita de la misma. Entonces Fernando saluda a su amigo con una manera extraña de dar la mano. Es el Petas. En realidad el nombre del Petas es José María Safata, pero sus amigos lo llaman Pepe o el Petas por una razón no muy original.

Las campanas suenan las doce. Todos entran. Sofía y Conchi se intercambian cotilleos. Fernando y el Petas hablan de chicas. Mario y Jesús hablan de bolsa. Los dos hijos pequeños de los Bandeja están cogidos de la mano a Conchita y a Paula, que no para de hablar por el móvil.

Acabada la misa los Safata deciden invitar a los Botella al restaurante Paradís que tienen cerca de casa. Están en la parte del barrio de Pedralbes del Distrito Sarrià–Sant Gervasi de Barcelona. Los Safata viven en un piso de un edificio gemelo a otro muy feo, parecido a chabolas amontonadas. Pero no deja de ser un lugar selecto de la ciudad. Los Safata viven en un décimo. Tienen los tres apartamentos, ya que los heredó el padre Safata. Entran en casa Safata. Se sientan en el salón.

Los pequeños de la familia anfitriona se van a jugar a la habitación de los juguetes. Los mayores se acomodan en el gran salón con vistas al Tibidabo y a la respectiva torre. Cuca va a la cocina y dice a su peruana que no haga de comer, que tiene la tarde libre y que ellos mismos se irán a comer al Paradís.

Fernando y José María van al cuarto de éste último. Fernando coge su monedero y quita veinte euros. Se los da a su amigo. El Petas, entonces, se dirige al armario y abre un cajón. Después de remover la ropa coge una caja de madera y la abre. Aparentemente no hay nada en ella, pero entonces abre una segunda tapa con una pequeña llave y pone la caja encima de la cama. Agarra unas tres bolsitas de las muchas que hay y las enseña a Fernando:

 –¿Cuál quieres? Yo te aconsejo ésta. Es muy buena. Nadie se entera si la has fumao, ya que las ojeras salen poco después de haberlo tomado…

 –No, esa no– responde Fernando mirándola bien con los ojos–, apesta demasiado.

 –Bueno… ¿Y ésta? Ésta está bien. Es como la otra, pero menos cargada y no la han modificado tanto como las otras…

 –Mira: mejor te compro una planta. Quizás la planto en mi cuarto, igual que tú…

 –Vale, pero me tienes que dar diez euros más. Es más cara una planta que un tate…

El Petas abre una pequeña puertecita de debajo de la mesa de su habitación con la misma llave de antes.

De allí quita tres plantas de cannabis. Una es más alta que las otras dos. La más pequeña se la da a Fernando y cobra unos treinta euros. Vuelve a dejar las plantas donde estaban y se sienta en su cama. Entonces se hace con papel de liar y la primera hierba que enseñó a Fernando. Se hace bien su porro y se lo enciende. Fernando entonces abre la ventana de la habitación y se sienta delante del ordenador del Petas.

José María Safata es un chico de la misma edad de Fernando que va a la misma clase que el niño Botella. Su padre Jesús es psiquiatra experto en la droga cannabis. Todos lo llaman el Petas por ser el chico de la clase que más sabe de esa droga (además de venderla). Lleva siempre una llave alta como un pétalo de girasol. Está bañada en oro y abre todas las puertas de los escondites secretos de José María, un chaval moreno que lleva el pelo corto y revuelto, ya que no le gusta peinarse.

Tiene pocos granos en la cara. Una cara con ojos marrones castaño igual que el pelo. Va vestido con una sudadera blanca en la cual está dibujada la silueta del conejito de Playboy en rojo. Pepe lleva un polo gris Tommy Hilfinger, unos pantalones Ralph Lauren y un par de zapatos Superga. Va casi igual que Fernando. En su habitación hay un póster grande con una hoja de maria verde y hegemónica con fondo rojo. La habitación en sí no es muy grande: una cama, una mesa, un armario.

En el salón están Jesús y Cuca Safata y Mario, Sofía y Paula Botella. Se levantan, sin parar de hablar, y llaman a sus hijos. Salen del apartamento. Bajan a la planta baja y atravesando el jardín comunitario se dirigen al restaurante Paradís a comer.

Pasado un rato, mientras están comiendo el segundo plato, Pepe le propone a Fernando:

 –Escucha, ya que te vendo una planta, ¿no sería mejor que te lleve a un lugar donde conocer a mis amigos?

 –¿Qué amigos?

 –De aquí a unos días los conocerás. Ya te llamaré. Vendrás a dormir a mi casa y por la noche te llevaré allí. Tus padres te dejan, ¿no?

 –Sí, claro.

Mientras tanto Paula no para de hablar por el móvil con su amiga Carlota. Hablan de chicos:

 –Pues mira, tía, ayer vino Frans a casa. Nos lo pasamos bien, ¿no?, pero el enano nos espió y hoy se lo ha chivado a mis padres…– comenta Paula con la boca llena.

 –Esto ya pasa, hija. El otro día quedé con uno en el cine más con un amigo suyo. El tío con quien quedé era guapo, pero los músculos del otro me ponían más. Además el Borja, que es el tío que me quería liar, le gustaba más mirar a la zorra buena del film. Así que yo me lié con el Pablo, su amigo…

 –¿Besa bien?– pregunta Paula.

 –Tss… Normal… Qué quieres que te diga…

 –Ah, pues el Frans no veas como besa… ¡Es guapísimo! Mira, no se lo digas a nadie, pero ayer me hizo unas acrobacias con la lengua ya-sabes-donde que no veas…

 –Qué suerte tienes, Paula…

 –Ya ves… Hoy le he llamao y hemos quedao pa’ pasado mañana…

Sofía y Conchi se van intercambiando cotilleos. Que si Felipín se casa o no… Que si la Obregón se ha repintado el pelo… Etcétera… Jesús y Mario, en cambio, hablan de economía, ya que de política no saben gran cosa.

Acabado el postre, Fernando y el Petas piden un dinero a sus respectivos padres y se van juntos a la discoteca Up&Down, donde han quedado con unos amigos del colegio. Paula se levanta. Saluda a sus padres y a los Safata y se va a casa de Carlota, la amiga con quien hablaba antes por móvil. El camarero pone encima de la mesa la cuenta. Después de la típica discusión que se tiene para ver quien paga la comida se decide que el restaurante cobrará de mano de Jesús Safata. Éste paga y se van a cal Safata.

Se sientan en el salón. Cuca trae de la cocina unos vasos y les ofrece a sus amigos Botella vino y güisqui. Todo de “alta calidad”, como comenta la anfitriona. Son las cinco, así que aún faltan cinco largas horas de conversación. Las mujeres sobre los cotilleos y los hombres sobre ordenador y finanzas.

Y en otra parte de la ciudad condal, Fernando y Pepe llegan delante de la discoteca. Allí se encuentran con un grupo de cuatro amigos: tres chicas y un chico. Una pa’ cada uno, piensa Fernando, haciendo cara de cazador y esbozando una pequeña sonrisa llena de satisfacción. Entran en la discoteca. Las chicas y el Petas se ponen a bailar. Fernando y Guillermo piden una bebidas y miran como bailan las chicas. La bebida servida a Fernando tiene el mismo color de la pared del edificio de casa de Carlota, rojo vivo.

Paula sale de la casa de Carlota acompañada por esta última. Han decidido ir al cine a ver Johnny English. Se irán al Cinesa Diagonal, donde han quedado con François y un amigo de éste, Rubén.

Carlota y Paula llegan al cine. Paula saluda a François con un largo beso en los labios. Carlota los mira con un poco de envidia. Rubén no es que sea muy guapo, pero sí muy, muy pijo, igual que el francés.

Capítulo Tercero

Ha pasado el domingo de ramos de uno de los primeros años del siglo XXI. Son las ocho de la mañana. Anamari, la filipina que los Botella tienen como mujer de los labores de la casa, hace una hora que ha llegado y está preparando el desayuno. La primera en levantarse es Sofía, que va al baño –con el mismo camisón del día anterior– y luego a la cocina a beberse el café capuchino preparado por Anamari. Baja Mario, bien peinadito, y se sienta cerca de su mujer. Saluda a Anamari y bebe el café. Agarra El Mundo y lo lee, empezando por internacional. Bajan Paula y Fernando vestidos.

Él lleva la misma ropa que el día anterior. Ella no. Se sientan y desayunan. No se habla mucho por las mañanas, solo cuando Anamari empieza una conversación con Sofía. Mario se levanta y va al baño. Se lava los dientes y sale. Fernando hace lo mismo en el baño de arriba. Paula va a su habitación para hacer una llamada.

Mario saluda a su mujer, Sofía, con un rutinario “Hasta luego” y sale de la casa sin recibir el saludo de ella. Coge su moto y se va a trabajar. Fernando coge su casco; baja; saluda a su madre, criada y hermana; sale; coge su moto –regalo de la abuela– y se va al colegio. Paula baja del piso de arriba. Saluda a madre y criada; coge su moto y se va a la academia de modelos.

En la cocina quedan solas Anamari y Sofía. La señora, que es como la suele llamar la criada, está leyendo el Sorpresa de la semana. Es semana santa, pero Fernando va a clase de fútbol. La academia de modelos en la cual va Paula solo cierra los festivos y los sábados. Y Mario aún trabaja. Para las vacaciones de semana santa se irán a la casa adosada que tienen en un pueblo de la Cerdaña catalana.

Anamari, cuando acaba de fregar los platos del desayuno, se gira y se sienta delante de Sofía. La señora levanta un poco los ojos, pero no deja de leer la revista. La filipina, una chica morena con cabello negro y ojos achinados resaltones, después de un ratito mirando a su señora, con cierta irritación le suelta:

 –Señora, son ya siete meses que no me pagan.

 –¿Y…?– responde Sofía sin dejar de mirar la revista –¿Qué quieres que haga?

 –Pagarme, señora. ¡Pagarme! Vivo de mi hermano que está en Madrid, ¿sabe? Y no puedo con mi madre. Está enferma, ¿sabe?–

Sofía deja de leer el Sorpresa. Levanta la vista y con tono tranquilo y simpático le comenta a su criada:

 –Mujer, hoy te pagamos. No te preocupes. Estás en tu casa. Si algún día quieres quedarte a dormir, puedes. Y tu madre también.

 –Gracias, señora Sofía. Pero no. Ustedes se han portado muy bien conmigo y con mi madre. Pero ahora tenemos una casa, y queremos vivir en ella. Si hoy no me pagan me iré y buscaré otra casa que limpiar–.

Anamari se levanta y se dirige al piso de arriba para hacer las habitaciones. Sofía ya se ha olvidado del tema y al rato también sube al piso de arriba, después de su criada, para vestirse.

Se pone ropa de tenis. Coge su raqueta y saluda a la pobre Anamari. Se pone el casco y coge su moto. Baja toda la avenida Foix, pasa por la calle Bosch i Gimpera y aparca la moto delante del Real Club de Tenis de Barcelona. En la puerta la espera un chico alto con una gran melena rubia recogida en una cola de caballo. Él es Paul, su monitor de tenis, su esteticién, su amante.

Una moto llega delante de un edificio de la Diagonal barcelonesa. Mario acaba de llegar a la empresa en la que trabaja. Es un pequeño empresario de una empresa de seguros cuya sede está en la Diagonal. Aparca la moto en el parking de la empresa y sube a la sexta planta. Saluda a sus compañeros de trabajo y hace la pelota un rato a su jefe. Cuando entra en su despacho está Selena, su secretaria. Ésta es una chica alta y rubia, con ojos verdes. Se hinchó el pecho unos meses antes, y está muy orgullosa de ello. Está locamente “enamorada” de Mario. Este le entrega un paquetillo. Ella, con cara de asombro, lo desenvuelve y abre la caja. Es una pulsera de plata. Ella lo mira con cara de tigresa en celo y se tira encima de él.

Selena es la amante de Mario. Mario Botella, por si nadie ha descrito aún cómo es, es un hombre alto, con barriga y pecho resaltones. Tiene poco cabello, teñido de su color natural: castaño. Fernando, su hijo, es igual a Mario cuando éste era pequeño. Lleva la típica ropa de trabajo: camisa blanca, corbata roja, chaqueta y pantalones grises casi negros, zapatos italianos y una estilográfica en el bolsillo izquierdo de su camisa para parecer culto e importante, mas no es ninguna de las dos cosas.

Mario se sienta en su sillón personal detrás de su mesa escritorio. Hace un par de llamadas. Escribe durante una hora por ordenador. De vez en cuando habla con Selena. Sale y entra del despacho cada vez que su jefe quiere algo de él. Etcétera. Son tareas rutinarias de Mario.

Fernando acaba el partido de entreno con su equipo. Es delantero del equipo del colegio. El portero de su equipo es el Petas. Sudado, se quita la camiseta y la deja en la cesta que está en el campo. Junto a sus compañeros se dirige a los vestuarios para ducharse. Él elige una ducha para una sola persona. Cuando acaba se seca y comenta algo con sus amigos.

El tema es el de siempre: ligar o no ligar, esa es la cuestión. Están en el campo de fútbol del colegio San Bernardo de Cerezas, cerca de la ronda de Dalt y en el principio de la avenida Judas. Junto al Petas, sale del colegio y se dirigen con la moto de Fernando a casa Botella, el número treinta y tres de la larguísima avenida de Judas. Tienen pensado ir juntos a casa de Guillermo después de comer.

Paula no hace nada importante. Es una chica muy guapa, pero tonta. Es muy tonta. Su amiga Carlota es también alumna de la academia de modelos. Después de hacer las clases deciden ir a casa de Carlota para después ir a casa de Montse y luego ir todas juntas a Sitges, para ir a casa de Ángela. El tema es el de siempre: chicos, si es que son o no potentes en la cama a la hora de verdad.

En casa de Ángela, en Sitges, deciden que lo mejor sería ir a la playa a lucir cuerpo y alma. Ángela deja un bikini a sus tres amigas y van a la playa de Sant Sebastià a ver los gays que pasan por allí. Algún que otro es gordo y feo, pero la mayoría son unos increíbles homones con tanga, llenos de cuadrados y muy, muy morenos. El problema: son gays, y las chicas no pueden hacer nada para impedirlo.

Paula coge el móvil. La están llamando. Contesta; es François. Contenta le contesta con tono erótico. Sus amigas están atentas a lo que dice.

Cuelga. El día después ha quedado con François para ir al cine a ver El oro de Moscú a última sesión. Será una noche interesante, según Paula Botella.

Capítulo Cuarto

Es viernes santo. Los Botella están, todos cuatro, dentro del Gran Cherokee que los lleva al pueblo de la montaña. Son las diez de la mañana. Aun no han desayunado, ya que tienen previsto pararse a una gasolinera hacia las once.

Pasado el túnel de Vallvidrera y pasada la comarca del Vallès Oriental, se paran a una gasolinera Petrobar, de construcción nueva. Sofía baja del coche enseguida, con el móvil encendido; Fernando baja también del coche, con el móvil encendido; Paula baja del coche la penúltima, hablando por el móvil. Mario, con cara de rutina inacabada, baja del coche y pone gasolina. Después lo aparca y cuando entra en el bar de la gasolinera, su familia ya ha desayunado. Sofía, con un ademán, le ordena de subir al coche.

Él, sin hacerle caso, entra en el bar y compra un bollo y un vaso de chocolate caliente. Cuando entra en el coche, la textura de su asiento se mancha de chocolate, y Mario deja un “¡Mierda…!” rutinario, lacónico, resignado. Enciende el 4×4 y vuelve a emprender el camino hacia el pueblo-golf. El coche atraviesa dos comarcas catalanas. Llegan al Túnel del Cadí y lo atraviesan. Han tenido suerte, ya que no han encontrado caravana (y eso que siempre la encuentran).

Sofía, Fernando y Paula no han dejado el móvil en todo el viaje, y ahora deben cargarlo… El coche llega al “pueblo” –si es que se puede decir así–: Golf Resort Cerdanya. Al llegar se dirigen a su pequeño chalet que se compraron hace dos años –también hipotecado–. Mario aparca el 4×4 y se va a saludar a la gente del pueblo (trabajadores del golf). Fernando sube su maleta y la deja en su habitación. Lo mismo hacen Sofía y Paula con sus respectivas maletas. Sofía, después, se dirige con su hija al centro de estética del golf.

Pasaron cuatro días en el golf de la Cerdaña. Fueron a la procesión de Puigcerdà, capital de la comarca, y quedaron con unos amigos en Lles para hacer esquí nórdico. De vuelta a casa toparon con una caravana que les hizo esperar en el coche unas cinco horas en la C-16, carretera que está siempre en obras. Sofía, Fernando y Paula se quedaron dormidos, pero Mario tuvo que aguantarse: no tenía nada para leer o para escribir.

Llegados a casa –eran las diez de la noche del lunes de Pascua– la primera cosa que tuvieron que aguantar fue una llamada de la abuela Chus. El día siguiente vendría a cenar a casa con su nuevo amigo.

Se han presentado la abuela Chus y su amigo Roberto en casa de Mario Botella y su familia. La abuela Chus es una mujer con el pelo entre rubio y gris, de corte arreglado y corto; aparenta unos sesenta años de edad; es la suegra de Mario; fuma como una locomotora del salvaje oeste, por lo tanto tiene una voz muy ronca; esa noche lleva una blusa color oro y unos pantalones blancos; lleva lentillas para los ojos. Roberto Álvarez es un hombre que conoció en el club de gimnasia Laietà.

Es un hombre con bigote y peluca plateados. Lleva un rólex de un metal parecido al oro y una cazadora negra para aparentar ser un hombre de por lo menos cincuenta años, pero es más viejo que la iaia Chus. Se sientan en la mesa del comedor. Es una mesa larga, de madera de alta calidad –según Sofía–, con una cubertería comprada en un teletienda del vigésimo quinto canal. Roberto y la iaia Chus se han sentado uno junto al otro, en un extremo de la mesa. La cena fue así de divertida.

 –Tú, burro, dáme la sal– empieza la abuela en un primer momento ordenándole, con un puro en la mano, la sal a Mario. Él se la pasa sin rechistar, pero esboza una cara de odio inconfundible.

 –Iaia, ¿me comprarás un tubo de escape nuevo pa’ mi moto? Por favor, iaia…– pregunta Fernando a su iaia. Ella contesta simpáticamente:

 –¿Que no te lo ha comprao tu padre? Claro, como es un quiero-y-no-puedo… No te preocupes, amor, la iaia te lo traerá mañana por la tarde.

Fernando se levanta de su sitio y va a darle un beso a la iaia Chus. Ella se lo devuelve con una sonrisa de amor (típica de abuela). Mario no ha dicho nada durante un buen rato. Ni Roberto habla mucho. Fernando va haciendo la pelota a su abuela por si acaso pasa algo algún día y necesita alguna cosa. Paula se incorpora a veces con la conversa que tienen Sofía y Chus, hasta que saluda a todos: ha quedado con François para ir a la discoteca.

 Para postre toca helado de chocolate. Sofía sirve una bola a Roberto y una bola también a su madre. Fernando quiere tomar un yogur. Mario quiere comer cuatro bolas de helado de chocolate.

 A la segunda bola de Mario, Chus se está fumando su cuarto puro de la noche. Roberto está casi dormido de tantos güisquis que se ha tomado y Fernando ya se ha ido a su habitación. Y la iaia Chus no ha parado en toda la tarde de mostrarse antipática con Mario, que ya no quiere aguantar más las críticas de su suegra y se levanta de su silla con un movimiento brusco, cosa que hace tambalear la mesa y parte de su helado derretido le mancha su camiseta blanca:

 –¡Mierda! ¡Otra vez no! ¡Me cago’n la madre que me parió! ¡Joder…! ¡Siempre con el chocolate!–.

La abuela Chus deja una fuerte carcajada, con otro puro recién encendido en la mano derecha. Se está riendo de Mario. Pero de repente su cara cambia y se vuelve roja como un pétalo de rosa. Sus ojos se salen de las órbitas y sus pupilas se dirigen hacia arriba, hacia el techo. Sofía se la mira extrañada, ya que quizás cree que es un numerito de su madre. Roberto ríe sin parar y deja unas frases como <<Sh’está matangdo… sh’está mugiendo…>>, a las cuales nadie le da la mínima importancia.

A los dos minutos del principio de la puesta en escena de la iaia Chus, Mario se fija bien en ella y dice indiferentemente a Sofía:

 –Sofía, tonta, tu madre s’está ahogando…

 –¡Ostia sí! ¡Ayúdala a vivir hombre!

 –Sí, hombre, ¿y qué más? Que la ayude otro… ¿Qué no has visto que no ha parao de criticarme?

–Decídete, Mario: ¡o mi madre o el divorcio!

–Mujer, el divorcio… ¡Je, je..!.– Y se dirige al salón con una pequeña sonrisa en la boca. Sofía empieza a gritar, intentando que alguien la ayude a revitalizar a su madre. Fernando baja y se asusta al ver el panorama; se queda hecho y derecho delante de su abuela, muy asustado y casi lloriqueando. Roberto no para de reírse: su peluca se ha caído en el suelo y está totalmente sudado además de rojo por la borrachera. Pero, como si fuera un milagro, entre carcajadas Roberto le da unas palmadas muy fuertes a la iaia Chus en la espalda. La suegra de Mario reemprende el respiro y su cara empieza a recobrar el color a maquillaje que se podía contemplar antes de ese numerito. Entonces Mario vuelve al comedor y murmura con fastidio:

–Joder, podía morirse ¿no?… –Pero no fue así.

 Chus recobra por fin el aliento. Le da una colleja a Roberto para que se calle y enciende otro puro. Se lo pone en la boca y dice:

–Mira, hija mía: si no dejas pronto a este carcamal yo te juro… te juro… ¡que no vuelvo nunca más a esta casa! ¿¡Me has oído?!

Dicho eso se levanta. Se pone el abrigo y ordena a su amigo Roberto que se levante. Este no hace tal cosa, ya que está demasiado ocupado en roncar dormido encima de la mesa del comedor, y ella sale del número treinta y tres de la avenida de Judas..

Afuera la iaia Chus arranca y se va. La iaia Chus abandona el barrio del Asesino. Sofía y Fernando le echan una mirada de odio a Mario, pero éste último no les hace demasiado caso. Mario recoge sus platos y luego se dirige al salón a leer un poco. Pero aún le tienen que pasar muchas más cosas esa noche.

¡Cómo le gustaría a Mario poder vivir en paz! Mas las cosas no son así. No, señor. Desgraciadamente tenemos que vivir en una época marcada por las ordenes de ese gigante, ese imperio que está al otro lado del charco, acaudillado por un tonto del socavón. Jorge, que es como lo llamaría yo, debería ir con cuidado. Puesto que sin querer está creando otra orden mundial. No hay más que fijarse en los Botella de Tibidabo.

 Fijémonos en ellos, pobrecitos. Ellos no tienen la culpa de ser tan ambiciosos, incultos, desagradables, orgullosos, anhelantes. Ellos, pobrecitos, deben aguantar las continuas propagandas engañosas.

Y es que la globalización mundial es así. Del otro lado del charco nos salen raperos negros y blancos, películas buenísimas o muy malas, gente de todas las formas. Pobrecitos. El principio de milenio ha empezado muy mal, bastante mal. Y los Botella no tienen la culpa de nada ¿eh? A ver si nos entendemos. No es que os quiera llenar la cabeza de estupideces, mas es veredicto de la humanidad autocriticarse. Ahora no lo haré, no viene al caso. Señores, miren a los Botella del Tibidabo. Ellos no saben aún autocriticarse. Y miren qué les pasa por ello.

Capítulo Quinto

El meteorólogo de Telecinco dice que hará mal tiempo: tempestuosidad en la parte alta de Barcelona y en toda Catalunya. Pero Mario no se preocupa. Son las once de la noche. Mario se levanta del sofá y cuando pasa por el comedor se entera que está Roberto tumbado en el suelo durmiendo. Así que Mario, para que su “suegro” no le manche la moqueta de saliva, lo coge por el hombro y lo lleva a la habitación de invitados, donde lo tumba en una de las dos camas que hay allí. Va a su cuarto y ve que Sofía está leyendo una revista del corazón (para variar…). Pasa de largo y va al lavabo que da a su habitación.

 Después de haberse arreglado para ir a dormir se mira al espejo. Se mira bien y sonríe.

<<Soy un hombre muy atractivo>>. Sale del baño y se pone cómodo en la cama, donde está su mujer, Sofía, mosqueada por el comportamiento que ha tenido él antes.

 Pero a él últimamente no le han importado mucho los mosqueos de Sofía. Coge el libro que lee cada noche antes de dormir y empieza a leer.

 Al pasar un cuarto de hora Sofía deja la revista en la mesita de noche y se pone sexy con su marido. Perece que ya no se acuerda de lo que ha pasado anoche.

 –Mario, cariñito mío… ¿Te gustaría…?

 –¿El qué?– responde Mario sin dejar de leer.

 –Que será, guapo: el amor.– Mario levanta la vista lentamente con cara indiferente y levanta su ceja izquierda. Gira la cabeza y mira Sofía. Lentamente sonríe más y más… Hasta que deja una carcajada limpia. Sofía cambia de postura y le hace mala cara:

 –¡Oye, tú! ¿De qué te ríes?

 –De nada mujer, de nada… Pero es que ahora eres demasiao fea pa’… ya sabes… pa’ ¡Ja, ja, ja, ja, ja…!– Sofía coge un cojín y se lo tira en toda la cara a Mario. Éste cambia de expresión cuando el cojín deja su cara. Se gira y vuelve a leer. Pero el juego no ha acabado aún.

 Sofía mira el reloj. Y mirando a la pared que tiene delante le dice a Mario con mosqueo:

 –Quería pasármelo bien, esta noche. Pero como tú no quieres, da igual. Que sepas que estoy harta de ti, Mario.

 –¿Harta de qué? ¡Pero si eres la reina de la casa! ¡Haces lo que quieres aquí!– Mario acaba de dejar de leer. Sofía le contesta:

 –¿Pero qué estás diciendo? ¡Que sepas que trabajo como una mula para mantener esta casa!

 –¡Eso debería decirlo yo!

 –Pues no: ¡hoy por la mañana la Ana Mari se ha despedido porque no la pagabas!

 –¡Pero si tenías que darle tú el dinero! ¡Te dejaba cada mes un sobre con trescientos euros en tu mesita de noche!

 –¿Qué eso era el dinero pa’ la Ana Mari? ¡Habérmelo dicho, imbecil! ¡Me lo gastaba yo en ropa!

 –¡Serás…!– Mario está casi por decir una barbaridad, cuando:

 –¡Que os calléis ya! ¡Que no puedo dormir!– Fernando se ha despertado y se ha enfadado mucho. Con ese grito Mario mira fijamente, con odio, a su mujer, y se va de la habitación.

 –¿Adónde vas?– pregunta Sofía.

 –¡Voy a dormir en el sofá, burra!

 Comienza el culebrón.

 La mañana siguiente Mario se da cuenta de que Paula no ha venido en toda la noche: no ha dormido en casa. Él ha dormido toda la noche en el sofá y decide irse a trabajar. Sube al piso de arriba, se viste, desayuna y se va.

 Una hora más tarde una silueta baja del piso de arriba. Es Roberto Álvarez, el nuevo amigo de la iaia Chus, que se quedó dormido en casa de la hija de su novia. Baja las escaleras cuidadosamente. Abre la puerta y sale de casa Botella. Fuera va hacia la parada de autobús y se entera que no lleva peluca y que se ha resfriado. Sube en el autobús que lo llevará hasta la calle Aribau y se sienta en un sitio libre. Son solo las ocho y media de la mañana. Cuando el autobús llega a una de las paradas de la avenida Diagonal ve que fuera está paseando Paula Botella. Nunca la ha visto en persona, pero su amiga Chus le ha enseñado fotos de ella. El autobús no se para y él no hace caso a lo que ha visto.

 Efectivamente Roberto Álvarez ha visto a Paula Botella. Parte de la noche la pasó con su novio François en una discoteca y después en el piso que tiene él en la Diagonal. Tiene la cara cansada: no ha dormido. Ahora se está dirigiendo a casa de su amiga Carlota.

 Llega a la plaza María Cristina, que es bastante espaciosa y elegante, y se dirige a un edificio que está cerca de esa plaza. Llega a una conserjería y entra. Sube por el ascensor hasta el sexto piso y llama a una de las tres puertas.

 ¡Ding Dong!.

 –Hola Paula. Pasa, pasa…

 Paula entra. Carlota cierra la puerta y saluda a su amiga con dos besos. Acto seguido se dirigen a la habitación de Carlota.

 Después de una larga descripción de la noche anterior, Carlota exclama:

 –¿Que estás..?

 –¡Shhh! No grites, tía, que se pueden enterar tus padres…

 –No te preocupes, o sea que no pasa nada. Lo mejor que puedes hacer es abortar.

 La noche anterior Paula y François salieron de la discoteca muy borrachos. François es un chico de Tours con pelo negro y corto, muy musculoso, de esos que gustan a Paula Botella. Cuando entraron en casa del chico se estaban liando a besos. Paula quería más y sin pensarlo se fue corriendo a la habitación de Franç. Él la siguió y vio que se había tumbado en la cama desafiante. Él, para darle morbo al asunto, empezó a desnudarse lentamente: bailaba Full Monty. Después, cuando estaba totalmente desnudo, se tiró encima de su novia y, lentamente, le bajó las bragas. Pero luego la desnudó rapidamente.

 Hicieron el amor durante toda la noche.

 A los cinco minutos de haberlo hecho Paula cogió un test de embarazo que dejó en el bolso por si acaso y se lo hizo.

 Dio positivo. Cuando se lo informó a su novio él no supo qué hacer. Así que Paula salió de casa de François (vestida, por supuesto) y fue a casa de Carlota para recibir, por lo menos, algo de ánimos.

 –Lo que deberías hacer es contárselo a tus padres… ¿no?

 –Sí…

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Capítulo Sexto 

–¿¡Que estás embarazada?!– La voz de Sofía resuena por toda la casa. Está histérica.  –¿¡Pero tú, niña, estás loca?! ¿¡Y ahora qué?! ¡Seremos el centro de atención de todos los cotilleos! Y yo no podré meterme en ellos…

 –Así que serás madre… ¡Guau…! ¿Follásteis a gusto anoche?– pregunta Fernando divertido –Bueno, da igual… Mamá, ¿puedo ir a casa del Petas?

 –Haz lo que quieras… Paula, ¡mañana me traes aquí el gabacho ese! ¡¿Vale?!

 –Que sí, mamá, sí…

 Fernando se dirige a casa del Petas. Hoy por la tarde-noche han quedado con unos amigos de José Antonio Bandeja, el Petas.

 Después de unas horas en casa del Petas, los dos amigos cogen las motos y se dirigen en una calle del barrio de Horta de Barcelona. Al llegar a su destinación bajan de la moto y entran en una edificio en ruinas, con unas pancartas donde se lee <<Okupasió forsada!>>. Entran.

 Pasan por un pasadizo oscuro, lleno de telas de araña que cuelgan. Llegan a una sala muy grande y alta, con unas tiendas de acampada. Fuera de ellas hay un grupo de gente fumando algo que parece ser muy dulzón. Como si se hubiera contagiado, el Petas saca uno de sus porros, se lo enciende y se lo va fumando.

–Tú espera aquí, Fredy –. Fernando se queda quieto parado delante de una pared y el Petas se junta con ese grupo. Unos tres minutos más tarde José Antonio Bandeja insinúa con un ademán a Fernando que se agrupe con ellos.

 Fernando se sienta cerca del Petas y de otro chico, de la misma estatura del Petas. El Petas le ofrece un porro a Fernando y éste lo acepta. De pronto, de una tienda de acampada verde oscuro, sale un chico mayor –de unos veinte años– con cabellos largos y pintados de verde y con barba corta. Se sienta con ellos y pregunta:

 –Jóse, ¿quién é tu amigo?

 –Se llama Fernando Botella. Son dos años que sabe de la marihuana, así que he pensado…

 –Me da igual lo que hayah pensao, tío, aquí solo entra quién yo deho…– deja una bocanada de humo y mira al chico Botella. –Así que tendráh que hasé la prueba, Fernando…

 –¿Podrás hacerlo, Fredy? –pregunta el Petas a su amigo, un poco tembloroso.

 –Depende de qué prueba…– Un rato de silencio conquista la sala. Los allí presentes son siete, sentados en círculo. Están sentados en el suelo, con las piernas cruzadas. El que parece el jefe del grupo, el chico mayor con pelo verde, levanta la cabeza hacia Fernando Botella.

 –Deberáh llevar ette paquetillo a un lugar que mañana te dirá Jóse…– Le tira una bolsa pequeña. Fernando mira lo que hay: hierba, de color verde amarillento y con olor bastante fuerte: cannabis alterado químicamente.

 –Roko, ¿no crees que es demasiao peligroso pa’ él?– pregunta el Petas al chico mayor de pelo verde. –O sea… ¿no crees que podría pasarle algo…?

 Roko se levanta. Tira el porro y gira alrededor del círculo de chicos. De pronto se para detrás del Petas y lo coge por el brazo, lo levanta bruscamente y le explica:

 –Mira, chaval: yo no t’he metío aquí… fuitte tú que quiso hasé de porrero… Como ya t’he dicho más de una ves, niño piho de mierrda: seráh tú el que tendrá que aguantarse… Has’sido tú, ¿no? ¿El que s’ha metío en ette lío?.– Con voz temblorosa el Petas le responde:

 –S-s-sí, pero… vale… lo he entendío todo, no te preocupes.– Roko lo deja y el Petas se sienta. El chico mayor se dirige a su tienda, pero antes de entrar se gira y le dice llorando a gota gorda al Petas:

 –Yo… snif… Tú ya sabeh que la maría me moletta, ¿no? Yo no soy el que da problemah… ¡Yo no quiero haseroh daño! ¡É la maría que me hase etto!

 –Roko, te perdonamos, no te preocupeh…– le dice un chico que está sentado junto al Petas y a Fernando. –Venga… Entra y ponte cómodo… Ya te llamaré cuando pase algo malo, ¿vale?

 Entre sollozos Roko entra en la tienda. El chico la cierra y se reincorpora en el círculo, esta vez en el lugar que ocupaba Roko antes. Se presenta a Fernando:

 –Bueno, chaval… Dime almenoh cómo te llamas… Yo soy Sol.

 –Me llamo Fernando Botella, pero muchos amigos míos me llaman Fredy.

 –Aquí te llamaremoh Fernando… Ah, y que quede claro que pa’ vení aquí tendráh que vettirte de otra manera… A nosotroh no noh guttan loh pihos… Y tú ereh uno de elloh…

 –Yo no soy pijo– exclama Fernando. –Yo voy vestido casi como’l Petas y como mis otros amigos.

 –Mira bien a Jóse: s’ha quitao su ropa piha…– dice Sol –, quítatela también tú, si no quiereh que te la quememoh21…

 Fernando, lleno de vergüenza, se quita la sudadera, la camisa y los pantalones, además de los zapatos y calcetines. Entonces los chicos que están allí con él se ríen a carcajadas. Sol, en cambio, lo mira con cara de asco y le dice:

 –Es que soih unoh muertoh de hambre… ¡Hasta los calzoncillos son piho! ¡Víttete, por hoy pasa! Pero cuando vuelvah tráete ropa diferente. – Rápidamente Fernando se viste. Lo han humillado mucho, y eso que normalmente era él quién humilla a los demás: según él en ese lugar era un “primo” o un “pringao”.

 Después que Sol le diera las instrucciones de la prueba que tenía que hacer, Fernando y José Antonio abandonan el lugar. Salen de la sala –José Antonio sin dejar el porro en ningún segundo– y pasan por todo el largo pasillo hacia la salida. En la puerta hay unos cuatro chicos que vigilan el vestíbulo de lo que fue un tal Hotel Ferioli. Fernando sale el primero, pero el Petas está un rato dentro hablando con esos chicos, que parecen más grandes que ellos dos.

 Fernando, desde el exterior, oye que uno de los chicos se burla de él tirándole en cara al Petas:

 –Jodé, Jóse, no sabía que te hasíah con etta hente… Son unoh muerto de hambre, y se creen que son loh amoh de’ mundo…

 –Lago, nen, yo también soy uno de esos… Vivo en Pedralbes…

 –Lo tuyo é diferente: no te chueleteah por allí como ese– el chico escruta rápidamente a Fernando con asquerosidad –mierdas…

 El Petas saluda a ese chico –que por lo visto se llama Lago– y se pone el casco. Se sube a la moto. Pero se da cuenta de que Fernando está mirando el suelo, pensativo, sin haberse puesto el casco.

 –¿A qué esperas, macho?

 –¿Eh…? Ah, en nada…– Fernando se pone el casco y sube a la moto. Él y José Antonio las encienden y arrancan.

 <<Me he metío en un buen lío…>> piensa Fernando.

 La ambición de Fernando es muy grande. Y además es un chico muy orgulloso y prepotente. Conoce al Petas desde que son pequeños, pero por sus ganas de ser alguien ahora se ha metido en un lío gordo. En un lío más gordo del de su hermana Paula Botella.

Capítulo Séptimo

Mientras Paula Botella está llorando como una manguera, Sofía ha empezado a pensar qué hacer con su hija y si decírselo o no a su marido. Ella está cortando la hierba en el jardín.

 Llega Fernando y sube a su habitación, cansado. Se estira en la cama y se quita los zapatos. Los mira. <<Son los mismos que los del Petas y los del Guille…>> piensa. Se levanta haciendo un suspiro y se mira al espejo. <<Tengo los cabellos demasiao largos…>> piensa.

 Va al lavabo. Coge la máquina de afeitar del padre que también sirve para cortar el pelo y se corta una greña. Y luego otra. Pasa la maquinilla por todo el coco. Decide cortarse el pelo, ya que se ha cansado del que llevaba antes. Las palabras de la gente que conoce el Petas y ahora él también han sucumbido su persona interiormente.

 Barre el suelo del baño y vuelve a su habitación. Entra y coge los trescientos euros que su abuela le dio por Reyes. Sale de casa sin coger la moto; coge el autobús y llega a una céntrica calle de Barcelona.

 En el barrio del Asesino un coche monovolumen aparca delante de casa Botella. Mario baja de ese coche. Lo aparca. Acaba de vender su mercedes y se ha tenido que comprar un monovolumen de tercera mano. Es un Ford Ka amarillo canario. Por lo menos no se nota que sea de tercera mano. Lleva la corbata desabrochada. Ha estado con Selena después de trabajar.

 Son las ocho y media de la tarde, pero aún es de día: el sol se está acostando. Mario entra en su propiedad y mira bien la casa, como si fuera la última vez que la viera. El número treinta y tres de la avenida de Judas está allí, inmóvil y desafiante. Las ventanas parecen inmensos ojos que se ríen de él y los balcones intentan articular algunas palabras. <<Eres tonto, Mario>> le dice la puerta de entrada con la misma voz que su suegra. No, no puede ser lo que pasa. ¿La vida se le viene abajo? Mario ¡resiste! Debes resistir, Mario. El abismo está cerca y la casa del techo azul marino tanto querida para él le está saludando. La mira un rato, vacilando entre sí o no debe entrar en ella. Le han pasado unas cuantas cosas desagradables en el trabajo.

 Cuando entra, por que al final ha decidido entrar (al fin y al cabo esa es su casa), ve que está como siempre –según él–: rutinaria y aburrida. Se quita la corbata y los zapatos. Ve que fuera está su mujer. No va ni a saludarla, ya que cree que ella aún está enfadada con él (enfado que a él le importan tres pitos…). Pero en realidad pasan otras cosas por el pequeño y retorcido cerebro de Sofía.

 Mario enciende la televisión. Pone las noticias de Telecinco y ve que se ha hecho otra manifestación en contra de la guerra. <<Pero si la guerra ya ha acabao…>> piensa mientras mira la tele. Apoya los pies en la mesita de salón y apoya la cabeza en el respaldo del sofá. Unos minutitos más tarde se queda dormido.

 Sofía sale del jardín y se entera que Mario está durmiendo en el sofá, roncando y babeando la textura. Lo mira con cara de asco, pero no le dice nada. No está enfadada, pero sí furiosa con su hija. Espera el mejor momento para decírselo a su marido.

 Una hora más tarde llega Fernando con unas cuantas bolsas en la mano. Sube a su habitación sin decir nada a nadie. Pasa por el cuarto de su hermana –que aún llora–, pero no le hace ni puro caso.

 Entra en su habitación y deja las bolsas encima de la cama. Abre el armario con un movimiento brusco y mira su ropa. Antes la admiraba, admirándose así a él mismo. Pero ahora no la mira como antes.

 En su cara se nota una expresión de nostalgia por el respeto que mucha gente le tenía –según él–, pero que ahora se ha esfumado. Mira toda la ropa colgada: firmada absolutamente toda. Abre un cajón y mira sus calzoncillos, todos pijos; sus calcetines, todos de marca, sus cinturones, todos pijos; sus bufandas, ni una “normal”. Etcétera.

 Cierra el armario y quita algunos ropajes de las bolsas. Se ha gastado todos los euros que antes cogió. Se quita la camiseta y la otra interior y se pone una normal y encima una camisa con la calcomanía del Che Guevara. <<No está tan mal…>> piensa. Se quita los pantalones, calzoncillos y calcetines de marca y se pone otros “normales”. Finalmente se pone unas bambas de una marca que no se conoce en su colegio y se mira al espejo. Con una sonrisa piensa que ahora podrá ser del grupo del Petas y que será aún más importante de lo que es. Pero en realidad no será así.

 De pronto recibe un mensaje por el móvil. Es del Petas. Lee: “ven a mi ksa a las 11 con l moto si no t djan ts padrs scapat” (“Ven a mi casa con moto a las 11 de la noche; si no te dejan tus padres, escápate”). <<Hoy es la prueba…>> piensa. Efectivamente, hoy es la prueba. Pero él no puede esperar. Lo llama y le confirma que sale en ese preciso momento de casa.

 Fernando baja las escaleras. Coge el casco y sube en la moto, y abandona el barrio del Asesino.

 Fernando llega al exterior del edificio donde vive el Petas. Éste último está afuera, con su moto. Juntos se van donde antes han ido, en el edificio de la pancarta <<Okupasió forsada!>>.

 Llegan, aparcan las motos delante y entran. Los chicos que hacían de porteros aún están allí. Al ver el cambio de look de Fernando, el que antes se había burlado de él le saluda amablemente. Ahora allí nadie podrá molestarle.

 Se sientan junto a los otros chicos en círculo y un ratito más tarde llegan Sol y Roko, que se sientan uno cerca del otro. Roko se enciende un porro, que por el olor es diferente al que se había fumado antes, y levanta la mirada hacia el Petas y Fernando. Con voz cansada les comenta:

 –Hola Jóse… Bueno, vamoh a ver… Tú te llamah Fernando, ¿no? Pueh lo que tieneh que hasé é lo siguiente…– echa humo por la boca y la nariz y le explica: –etta é una organisasión mu importante, y aquí nadie se hase cargo de la hente, ¿vale? Así que no debes meterte en líoh porque sino nadie te sacará, ¿vale…? Bueno, lo que tieneh que hasé pa’ entrá en etta organisasión (je, je, je…) é entregá ese paquetillo que t’he dáo etta mañana y entregarselo a una persona…– Echa humo, fuma un poco y continúa: –Pa’ etta prueba puede elehí a doh otrah personah que te acompañen… Esa cosa é mu importante y si alguien te ve l’hah cagáo… Donde iráh é un sitio mu peligroso: tieneh que podé pasá los ladroneh, los pihoh y loh maderoh… ¿’Tá claro…?

 Fernando asiente con la cabeza. Se levanta y dice que elige al Petas y a Sol para que le acompañen. Se pone las manos en el bolsillo y se confirma a él mismo que tiene el paquetillo.

 Fernando, José Antonio y el chico que dijo llamarse Sol salen del edificio. Ya es de noche. Son las once. Fernando llama a casa y dice a su madre que se queda con el Petas. Sol sube a la moto de José Antonio y arrancan. Bajan calle abajo. Se dirigen a la Mina.

  –Dice el niño que se queda a dormir a casa de los Bandeja–

 –Ah, vale…

 Mario se levanta del sofá y sube a su habitación. Sofía acaba de cocinar la cena y pone la mesa. Esa noche serán tres, así que cenarán en la cocina. Del piso de arriba baja Paula vestida con camisón y con el pelo revuelto y cara entristecida. Después baja Mario con bata y pijama y se sienta en la mesa. Se enciende un cigarro y se pone vino en el vaso.

 Sofía pone sopa a su marido e hija. Ella se ha hecho una ensalada. De segundo hay carne. No se dice gran cosa. Hasta que Paula deja un sollozo apagado y Sofía levanta la cabeza rápidamente y enfadada:

 –¡Cállate, burra!– le grita. –Estoy harta de esta escena. Mario, ¿sabes lo qué pasa? ¿Eh, lo sabes?

 Su marido levanta la cabeza lentamente y dice no con la cabeza. Sofía le explica que su hija está embarazada y que el banco la ha llamado para informarle que deberán abandonar la casa si no pagan los seis meses que deben de hipoteca. Mario no deja de masticar. Sofía calla y vuelve a comer. Se ha desahogado a gusto.

 Mario, entonces, cambia de expresión. Se levanta brusca y rápidamente y empieza a gritar, moviéndose por allí y por allá en la cocina:

 –¡Jodeeeeeeer! ¡Me cago’n vuestros muertos! ¿¡Pero estás loca, o qué, Paula, estás loca o qué?! ¡Tú no piensas! ¡Tú no piensaaaaas! ¡Estamos en números rojos en esta puta casa! ¡En numeros ro-jooos! ¡Rojoooos! ¡Rojos como los estúpidos labios de tu madre, niña! ¡Estúpidos como tu madre misma!– Sofía levanta la mirada con asombro a Mario.

Su marido continúa:

 –¡Estoy hasta los cojones, joder! ¡Hasta los cojones! ¿¡Sabéis lo qué ha pasado hoy en el trabajo?! ¡Pues me han echao! ¡Me han echado! ¡A mí y a otros, nos han echado! ¡Y Selena me ha dejado! ¡Me ha dejado! ¡Y ahora vas tú y te quedas embarazada! ¡No se si llamarte p-p.. o no!

 –¡Mario!

 –¡No te pases papaá!

 –¿¡Que no me pase?! ¿¡Que no me pase?! ¿¡Pero tú eres tonta o qué te pasa, niña?! ¡No gano pa’ disgustos o qué! ¡Esto no es justo! ¿¡Me oís?! ¡No es justo!

 –Siempre puedo abortar…– dice Paula con lágrimas en los ojos. Pero Mario responde:

 –¿¡Abortar?! ¿¡Que quieres abortar?! ¡Y una mierda abortarás! ¡No tenemos un puto duro! ¿¡Quién quieres que te lo pague?!

 –Mi madre– dice Sofía. Mario entonces la mira fijamente con odio. Se acuerda de su suegra y se va al piso de arriba muy enfadado. Sofía entonces mira con curiosidad a su hija Paula y se va corriendo hacia el piso de arriba gritando:

 –¡Mario! ¿Cómo que te han echao a ti y a otros?

 Paula se queda en la cocina, llorando. Recibe un mensaje de móvil de François, pero no lo lee y se va a su habitación a llorar.

 Mario se ha estirado en la cama con la barriga hacia arriba. Sofía le va pidiendo explicaciones. Son las doce de la noche, y en casa Botella se vive una escena de culebrón.

 Mario, cansado de oír a su mujer, le contesta:

 –A ver si ahora me entiendes: cuando yo te decía que no te gastaras el dinero en burradas era porque yo lo necesitaba. Lo necesitaba pa’ pagar unas cuantas deudas que pedí a la empresa. En principio las “pagué”, pero no con mi dinero, sino con el dinero de la misma empresa.

 –O sea que en realidad aún debes eso, ¿no?

 –Exacto… ¿Pero sabes cuál es el problema? Eres tú el problema. Tú y nuestros hijos. Os habéis ido gastando todo lo que tenía yo pa’ pagar eso. ¡Y ahora me dices que nos echan de casa! ¡Y que la niña está embarazada!

 –Así que todo era una mentira, ¿no? También esta casa y los coches. Ya me extrañaba a mí que hubieras vuelto con ese coche feísimo. ¿Qué has hecho con el mercedes?

 –Lo he vendido.

 –¿¡Pero tú eres tonto?!

 –También he vendido la casa del golf de la Cerdaña.

 –¡Pero podías decírmelo, ¿no?!

 –¿Por qué te pones así? Total, ya no tenemos deudas… Bueno, solo alguna que otra.

 –Además de pagar los plazos de la tele, el DVD, parte de los muebles…

 –¿¡Todo eso aún?! ¡Pues lo venderemos todo!

 –¿Y quedarnos nosotros sin nada?

 –Iremos a casa de tu prima.

 –Te estás burlando de mí, ¿no? Mario… ¿A que te burlas de mí…?

 –No.

 Silencio. El matrimonio se mira a los ojos fijamente. Sofía se gira y se mira al espejo. Desde el pasillo se oyen los sollozos de Paula.

 Silencio. Mario se tumba en la cama y cierra la luz de su mesita de noche. Sofía entra en el baño y se cierra. Después sale sin maquillar con unos cuantos rulos en la cabeza. Se tumba y cierra la luz de su mesita de noche. Mario y Sofía, el matrimonio Botella, ya han tenido bastante. Pero aún pasarán más cosas.

 –¡Alto, policía!

 –¡Mierda!– El Petas levanta las manos, así como Sol y Fernando. Las luces de dos coches policía molestan los ojos de los chicos. Tres policías se tiran uno para cada chico y los esposan. Fernando no entiende qué está pasando. Nota que Sol está muy tranquilo y que el Petas también, pero no tanto como Sol.

 En la comisaría les hacen muchas preguntas. Primero es interrogado Sol, luego José Antonio Bandeja. Cuando éste vuelve al calabozo, advierte fríamente a Fernando:

 –Responde solo cuando te pidan nombre y apellidos y otras cosas privadas, pero si te preguntan algo sobre la organización de Roko tú responde cosas tipo “No” y “No sé nada”. ¿Entendido?

 Fernando asiente con la cabeza. Un policía con bigote abre la puerta del calabozo y con un ademán invita a Fernando que le siga. Éste hace lo que le dice la autoridad.

 Se sienta en una silla. Delante de él está el policía sentado delante de una mesa escritorio. Coge unos papeles de un cajón y le pregunta:

 –Nombre.

 –Fernando.

 –Apellidos.

 –Botella y Corchos.

El policía levanta la cabeza y deja el bolígrafo. Mira atentamente a Fernando y le pregunta qué hacía con esa gente y, sobre todo, con esas cosas.

 Fernando no responde, solamente dice que no sabe nada. Se inventa que se creía que iba a casa de un amigo de sus amigos y nada más.

 El policía se levanta y le dice que ya puede ir al calabozo con sus amigos. Fernando entra y ve que Sol se está fumando un cigarro. El Petas está haciendo lo mismo y Fernando no tarda en copiarlos. Sol está aparentemente tranquilo. El Petas se estira en una mesa baja y larga cerca de la pared y mira afuera. Fernando se sienta en el suelo y se coge las piernas. Es una situación embarazosa y bastante peligrosa.

 –Vamos, os han pagao la fianza…

 El  Petas y Sol se levantan de donde están. Fernando ve que se van y él también se levanta. Salen José Antonio y Sol, pero cuando Fernando va a salir el policía le pone el brazo en el pecho:

 –¿Adónde vas, chaval? Tú no te mueves de aquí… A ti no t’han pagao la fianza…

 <<Mierda… No es posible…>> piensa Fernando Botella cuando es rempujado en el calabozo. Sol ni siquiera se gira. <<A nadie le importo…>> piensa otra vez Fernando. Pero el Petas se gira y, con voz muy baja, le dice:

 –No te preocupes, Fredy, ya vendrá Roko a hablar contigo.– Y se va. Fernando está solo en el calabozo. En un espejo medio roto y sucio se mira. <<¿Cómo he podío meterme en esto…?>> piensa. Son las tres de la madrugada.

 Una media hora más tarde llega un policía. Abre la puerta y le advierte que hay una persona que quiere verle. Que puede elegir hablar con esa persona sí o no. Fernando no responde. Solo se levanta y sale del calabozo. Es un buen rato que no tiene las manos esposadas, pero no puede huir corriendo porque lo cogerían enseguida.

 Llega a la misma mesa donde le habían preguntado nombre y apellidos. Allí está el policía de antes. Pero se levanta y deja que se siente… Roko.

 Roko, el jefe del grupo de porreros en persona, ha venido a hablar con él, quizá para sacarle de ese lío. Ésta vez tiene la cara preocupada. Lleva un gorro de esquí y una chaqueta verde. Una bufanda de cuadrados escoceses le envuelve el cuello. <<Que tío más raro… Viste fatal…>> piensa Fernando. Pero no dice nada. Ve que Roko se enciende un cigarro y se lo va fumando. Cuando el cigarro está casi por terminarse:

 –¿Tieneh miedo, chaval…? ¿A que sí..? Bueno, mehó que na’, ¿no creeh? La organisasión ha pagao la fiansa al Jóse y al Sol… Pero a ti no…

 –¿¡Por qué no?! –pregunta Fernando poniendo la voz en grito.

 –Pueh, po’que aun no eres de la organisasión… Y si uno no é de la organisasión, la organisasión no le paga la fiansa cuando ette tiene problemah… ¿M’ha entendío… no? Bueno, no te preocupeh, ahora yo te sacaré d’aquí. D’aquí unas treh semanah te sacaré d’aquí…

 –¡Pero si esto es mucho!

 –Ni mucho ni ottiah, chaval… Si no, que te saquen tus papis.– Se levanta y va murmurando <<Piho de mierda…>> mirándolo muy mal. Le dice al policía que ya está y Fernando se vuelve al calabozo.

 –¿¡Que qué?!– La voz de Sofía resuena por toda la casa y despierta a Mario. –¿¡Que mi hijo está en una comisaría?! ¡Pero si es imposible!

 –¿Qué coño pasa…?– pregunta Mario, que acaba de despertarse.

 –Mamá, ¿qué pasa? ¿Ha llamao Franç…? –se oye la voz de Paula desde otra habitación.

 –Mario, ¡vístete! Tú, niña, ¡quédate y cállate, joder! Mario, ¡nos vamos a la comisaría de Sant Martí!

 –¿De dónde…?– pregunta Mario aún medio dormido.

 –Del distrito de Sant Martí, ¡joder! De allí cerca del Poblenou…

 Mario le pregunta el por qué, y Sofía le responde. Después de ser respondido, Mario se despierta enseguida. Se viste rápidamente y sale de la casa con su mujer. Son las cinco de la madrugada y a toda prisa el Ford Ka de tercera mano, que se ha comprado Mario después de haberle echado de la empresa, baja por la avenida Judas y luego por esa de Foix a toda prisa. En cinco minutos bajan toda la Diagonal y llegan a la comisaría del barrio. Entran y quieren ver a su hijo. Un policía va a buscar a Fernando y cuando el niño ve que están sus padres rabiosos intenta escapar. Pero el policía se lo impide.

 Sofía lo escruta con cara de asco. La última vez que lo vio iba de pijo. Ahora parece un hippie comunistoide. Le toca el pelo y nota que se lo ha cortado él mismo por lo mal que está arreglado.

 –¿¡Pero que t’han hecho?!– pregunta Sofía enfadadísima.

 –¡Ahora te quedarás aquí a dormir una buena temporada, macho!– le grita el padre.

 Un rato más tarde Mario y Sofía salen de la comisaría. Deciden pagarle la fianza. Se han gastado mucho dinero en el niño.

 Fernando es castigado duramente: toda su ropa la venderán a una ONG para los niños de Irak. Todos los ordenadores de la casa deberán ser vendidos para tapar los agujeros de deudas.

¿Es casi el fin de los Botella del Tibidabo?