Joy

Una nueva historia americana made by David O. Russell

Jennifer Lawrence es guapa, joven, rica, buena actriz, trabajadora, espabilada, con un Oscar. Y lista. Pocos actores que alcanzaron el estrellato de Hollywood con personajes (para) adolescentes han sabido convertirse en intérpretes estimados por el gran público y por la siempre puñetera crítica. Jennifer Lawrence selló un pacto laboral tácito con David O. Russell y en 2012 ganó una estatuilla por El lado bueno de las cosas. Junto a Russell ha firmado otros dos largometrajes, La gran estafa americana (2013) y Joy (2015).

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En Joy Russell reúne a tres de sus cuatro actores fetiche. Hablamos de Lawrence, Robert de Niro y Bradley Cooper, los cuales también aparecieron en El lado bueno de las cosas. Solo falta Christian Bale. Joy cuenta la historia de Joy Mangano, una mujer hecha a sí misma, inventora del mocho milagroso –Miracle Mop–, una revolución de los mochos, una herramienta que se convirtió en un regalo necesario para toda ama de casa.

Hoy el invento de Mangano se vende por todo el mundo, pero los comienzos de esta italoamericana fueron difíciles, y solo su carácter espabilado y luchador, muy bien caracterizado por la bella Jennifer Lawrence, hizo que el sueño americano también se adentrara en la familia Mangano.

Russell posee una forma muy suya de hacer películas. Sabes que verás una peli americana. Made in USA. Con actores de Hollywood en un ambiente muy de Sundance. Y gusta. Y está bien. Las películas de David O. Russell no son extremadamente originales, ni rompedoras, pero tienen su encanto.

Son a la par familiares e individualistas. Los guiones juegan con el costumbrismo típicamente americano, con referencias culturales a la televisión americana, a los deportes americanos, al American way of life en general. Con sus virtudes y sus vicios. En algunos aspectos se parecen (un poco) a películas de Scorsese, sobre todo cuando De Niro pone sus famosas caras de ítalo comiendo pasas agrias. Y en este caso lo acompaña Isabella Rossellini, la cual se une al elenco de estrellas.

En otros aspectos podremos ver incluso algunas referencias incluso a la marca Eastwood, con sus sombras y sus contraluces. Russell no quiere ni pretende vendernos nada que no sea explícitamente estadounidense, pues él no busca el público global, se queda en la Doctrina Monroe.

Y visto con ojos de europeo, las pelis de Russell gustan porque huelen a eso, a americano, a una manera de entender la vida muy determinada, en la que el individuo está en el centro del universo. Con Russell hemos visto personajes que luchan y se esfuerzan para progresar, a veces con la ayuda de sus seres queridos, pero siempre porque ellos, individualmente, lo han deseado.

Al personaje de Joy le podemos encontrar paralelismos con el personaje de Bradley Cooper en El lado bueno de las cosas –el inestable Pat–, o el personaje de Mark Wahlberg en The Fighter, de 2010 –el boxeador Micky Ward–. Protagonistas ambiciosos, cada uno a su manera, que buscan realizar sus sueños en una sociedad que no les comprende pero que, hey, es el American Dream, muchachos, get used to it!

Esta nueva cinta de Russell se aguanta gracias a esta americanidad, a unos actores solventes, a una fotografía clásica, a una historia aún más clásica, y a la voluntad del espectador de querer pasar dos horas viendo un nuevo cuento americano de Navidad y de disfrutar de una actriz, la Lawrence, que parece vivir en un estado de gracia permanente desde que se metió en los Juegos del Hambre.

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