Interrogando a León

“Sois los presos de oro porque sois los únicos que no habéis caído en la trampa de la lascivia que os hemos preparado. Sois los presos de oro porque vuestra alma, por muchos pecados que haya cometido, es lo bastante fuerte como para poderlos gestionar. Sois valiosos y sois listos porque sois mis presos. No encarcelo a cualquiera, yo. Soy un lobo poco común, tengo cerebro de humano y cuerpo de animal”.

El Dueño, la de la Esquina, León de Kasan, el Espíritu Santo y la Mamá Santa eran los presos de oro del Mastín, valiosos por su fuerza mental. El huargo se había fijado en la capacidad del ruso, que podía ver el futuro, regalo sin muerte de por medio. De perdidos al río de la locura, el Mastín hizo que sus secuaces apartaran al ruso Léon de los demás presos dorados y comenzó su interrogatorio. “Traedme al ruso. Quiero hacerle unas cuantas preguntas. Así que ves el futuro. Si lo que afirma este niñato, ves qué pasará. ¿Correcto?”.

El ruso no contestó, fijó la mirada al animal, simplemente eso: ojos contra ojos. El cielo se estaba coloreando de violeta, el sol un disco rojo como la sangre o las escamas de la serpiente de la manzana del Comandante sádico. “¿Se te ha comido la lengua el gato?”, siguió el Mastín, deambulando al lado de la cintura del oráculo. El Mastín hablaba todos los idiomas de la Tierra, todos y cada uno, y solo la Puta y el Espíritu Santo pudieron entender la conversación entre los dos animales. “¿De verdad no te acuerdas de mí? Hace poco me presenté a vosotros, sí, con mi serpiente, la serpiente de la manzana, y recuerdo que ella se paseó por el cuerpo de alguno de vosotros, tú inclusive, camarada”.

La sonrisa del Mastín era una versión mucho más canina que la del Comandante sádico, eran lo mismo en cuerpos diferentes. De hecho, esta vez no había Comandante guapo que lo controlara, el diablo estaba a sus anchas, resuelto a conocer la verdad acerca de la magia de nuestros momentos de tabernas. “¿Inmortalidad? ¿Videncia? ¡Qué idiotez! No puede ser que yo, caído y expulsado, no posea estos dones y vosotros, sucedáneo de ambiciones humanas, sí. No puede ser y no debe ser”.

“Yo no quise este juguete”, dijo el ruso. “Me fue dado, nací con él, como un pan debajo del brazo, como una verruga crónica. ¡Me han expulsado de mi patria por ello! No conozco el porqué, no sé si soy en verdad digno de ello…”

“¡Mentira! La podredumbre de esta ciénaga llena de azúcar, café y bananos me marea, pero por todo pecado te juro que desentrañaré vuestros presentes”.

“Lo juro por lo que no creo, lo prometo”, insistió el ruso, gruñendo. “Nací en Kasan, en la república hoy soviética de Kasan, de una familia musulmana pero hoy camaradas de la Revolución de Octubre. ¡Juré mi amor a Lenin y a sus ideas! Por favor, no me mate”.

“¿Matarte? Imposible. No puedes morir. La serpiente de la manzana se paseó por tu cuerpo y como por arte de brujería sanaste en pocos segundos”.

“El dolor fue horrible”, apuntó León.

“Por lo menos sobrelleváis dolor”, se congratuló el Mastín. “

El Mastín estaba tan alienado interrogando al soviético que no se dio cuenta de la escapatoria del Espíritu Santo y de la Mamá Santa. Uno de los perros, viejo y cojo, le informó de la fechoría infantil. “¡Matadlo!”

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