El rebaño de los hombres tristes

Érase una vez un lugar abandonado en los desiertos de la Historia y olvidado por la geografía de la jungla de la Sierra Maestra cubana, antiguo hogar de cuasi esclavos y viejas tierras de un rico hacendado cruel y malvado cuyo destino se perdió en las comas de su miserable vida. Un lugar repleto de campos que crecieron granos de café y muchas, muchísimas cañas de azúcar, y sobre todo y ante todo, plátanos, plataneros, con sus loros y cacatúas esbeltas, de verdes esmeralda y graznares idiotas. Una aldea sin nombre en tierras privadas, en suelo jamás suyo, y en ella cabañones y cabañales, tufos de azúcar y molasa, mierda de pájaro y sonidos de trópico, una atmósfera de magia y negligencia.

Érase una vez que en un lugar de este tipo apareció un día una mujer de la Argentina cuyo nombre nadie recuerda pero que decía haberse llamado alguna vez María Evita y que en su nación originaria, el cosmos, era una prostituta de esquina callejera, enriquecida por los avatares de sus caminos, harta de la inflación y las mundanidades de su patria. Una mujer hecha a sí misma, sabia y honesta, aplicada a una pipa de opio cuyo humo la convertía en parodia de la Oruga Azul del País de las Maravillas. La Puta de la Esquina Vieja era una mujer de juventud pelirroja y pequitas y cuya hodierna actualidad pasaba en piscinas de tedio y aburrimiento, con dineros que no sabía cómo consumir, con recuerdos que no sabía cómo ahogar –bueno, sí, con su opio.

En los campos de café, azúcares y bananos encontró esta desdichada un lugar donde quedarse y donde abrir su último negocio y espectáculo, una taberna donde la tristeza de ese su nuevo espacio encontrase el asombro del azar. La de la Esquina encontró en esos lares a un filósofo errante, Aureliano V. Noches, de mirada racional y cerebro demasiado inteligente, y a un trompetista de degüellos con gafas redondas y campesino maduro, Don Fino Fines.

En aquellos lares también vivían los hombres tristes y lusófonos Teléfilo Magalhaes y Morollano dos Santos Soles, el primero gramofonista estadounidense cuyo alcoholismo le hizo abandonar la Prohibición Más Tonta De La Historia, aquella que convirtió el beber espirituoso de maldad importante mas tolerada en maldad suprema; el segundo un joven moreno de cuerpo en fibras y nervio impulsivo. Al filósofo lo puso tras la barra de la taberna que creó para las chozas en las que fue a parar, y a los demás los trató de parroquianos. Ella, la opiosa de la Esquina, mantuvo su alma apartada en una esquina furtiva de la taberna, viendo como sus tres más leales y fieles clientes bebían sus penas ahogándolas en ron añejo surgido de la destilación de las frecuentes molasas de la zona. Y temiendo a la Mamá Santa, la mujer más obesa y grande en cuerpo y fuerza y alma de los cabañales.

Érase que al poco de abrir la taberna apareció el Australiano Errante llamado Bundaberg, pirata de la existencia y artista de daguerrotipo, explorador y vividor, aventurero de profesión, un hombre simpático y risueño, rudo y fuertote, de impulsos rápidos y pocos amigos, solo aquellos que hacía momentáneamente cada cuando paraba en un nuevo lugar. Nos tomó una imagen al Rebaño, a la de la Esquina, al Dueño y a la Mamá Santa, y se fue para volver al final de nuestros días.

Érase que un día, cuando el cuento era verdad, apareció en la taberna un negro cuernudo, un soldado de la revolución que se estaba desenvolviendo en la isla para echar al Pimp in Chief de la patria y convertirla en comunión social fuente de utopía. Sin apellido pero con nombre extraño, Manita el soldado cuernudo, contó su historia de triste amor: había luchado en la revolución, dejando en casa a una mujer bella y desagradecida que se fue con otro mientras él luchaba, y mientras él luchaba comenzó a sentir los cuernos de arce que le aparecieron en su cabeza de petróleo, y en eso que decidió desertar de la vida, y por fin encontró a la taberna que finiquitaría su alma. Porque fue ahí donde conoció a la de la Esquina, su nuevo amor, y fue ahí donde su ex mujer, Doña Lluvia, una de las más bellas criaturas del Señor, decidió al poco de llegar Manita que sería el Rebaño de los Hombres Tristes el criador del ángel que ella parió. No sabíamos aún que el Hijo, luego Espíritu Santo, era un ángel redentor.

La llegada de Manita revolucionó la mirada de las peripecias. El Dueño, mal llamado de esta forma, hombre taciturno a quien algunos borrachos veían hablar a través de escupitajos, estipuló que el Hijo fuese Hijo hasta que decidiésemos otro apelativo. Vivimos en comunidad de ron añejo durante unos años, hasta que apareció en la taberna León Trasky, el ruso vidente, un hombre brutal con fuerza animal al que le gustaban las riñas y que montó un pipote tal que todos terminamos rajados por un ventilador. Los cortes sin par de las astas nos sirvieron de bandeja la inmortalidad. La muerte, cansada de vivir, aburrida de su existencia eterna, decidió que nos regalaría la inmortalidad si la sorprendíamos. Y le cantamos canciones y poesías, le explicamos cuentos de fábula y moralejas, le explicamos nuestras vidas sin igual, pero ella siguió estancada, riéndose del Rebaño en silencio, observando.

Era una mulata vestida con ropajes de Hawái, ojos profundos de miel y oro, un aura especial como de curiosidad infinita. Jamás habíamos visto ser como aquél. Hasta que la muerte se sorprendió: Tele, nuestro Tele, murió en extrañas circunstancias, es decir, murió sin que la muerte decidiese intervenir. Murió sin más: se durmió sobre el mostrador, y punto, jamás se despertó. La muerte, sorprendida por indignación, decidió que la inmortalidad que nos regalaría sería momentánea, duraría los años que ella quisiese, pero esto aún no lo sabíamos, y ella, furiosa realidad, desapareció en un mar de polvo y arena, sumiendo a las chozas, los campos y la taberna en su nueva desdichada magia.

¡Maldito el día que fuimos inmortales! Porque el diablo supo de esa triquiñuela, y al poco de cumplirse la promesa de la muerte, por una parte el Hijo fue rebautizado como Espíritu Santo, y por otra apareció un segmento de los comandantes barbudos de la revolución por la que lucharon Manita y León. El Guapo nos tuvo clemencia pero el Sádico, diablo encubierto, condujo sus más feroces trucos para con nosotros, aterrorizándonos con la misma serpiente que engatusó a Eva y a Adán, porque el nuevo Estado Socialista necesitaba la inmortalidad para sí pero no pudo obtenerla porque ¿quién conoce un secreto tan extraño? ¡Solo la muerte! Y la muerte, caprichosa heredera, había jugado con nuestras vidas. Nuestra inmortalidad estaba destinada al fracaso, como los dioses del pasado y del futuro. Los comandantes no pudieron desentrañar la Verdad que buscaban y decretaron el olvido de las chozas para siempre, borrando de todo mapa posible nuestra existencia, y de los registros nuestros nombres. No quedó nada. El comandante sádico, sin embargo, volvió.

Al poco de irse los hijos de la revolución apareció la plaga de la avidez: sin saberlo Doña Lluvia y muchas otras féminas de la isla, las más hermosas, fueron utilizadas una vez más como arma arrojadiza del diablo, envolviendo la aldea y sus campos en un mar de orgiástico ecumenismo, mientras una horda de perros y lobos, comandada por el diablo en cuerpo de Mastín, encerraba a los pocos puros de corazón en la taberna, convirtiéndolos en sus Presos de Oro, pidiendo de ellos el secreto de la inmortalidad, un regalo cuya caducidad ya estaba entre nosotros. El Espíritu Santo, hablador de dieciséis idiomas, niño feral demasiado inteligente para ser humano, consiguió escapar, y desde el techo de la taberna la Mamá Santa, bruja secreta, se dispuso a saltar sobre la imbecilidad que había hipnotizado a las almas más simples.

La Mamá Santa saltó y el Espíritu Santo, con escopeta de León, disparó: una bomba de sesos y polvo de huesos y grasa embarró los idiotas durmientes, despertándolos de su letargo, enfureciendo al Mastín. Los perros y los lobos se comieron al Espíritu Santo, sus madres, María Evita y Doña Lluvia, cayeron presas del dolor, y de la taberna apareció el infierno: el filósofo tabernero y Dueño de libertades lanzó botellas en llamas, espantando a los lobos y los perros más estúpidos, y quemando en implosión al mastín, ahora con eme minúscula, devolviéndolo a la bolgia de la que nunca hubiese tenido que salir. En la refriega y venganza, cuando el dolor parecía no poder ganarse a sí mismo, Morollano también fue presa de las fauces de los canes y a Manita, convertido otra vez en monstruoso negro con cuernos, no se le ocurrió otra cosa que dejar la escopeta de su hijo sin cartuchos. La muerte no solo había sumido nuestros campos en la más absoluta hipérbole de la miseria, sino que la burla de su azar consiguió que nuestro yermo se dispersara para siempre entre la bruma calurosa de la selva.

Érase que al terminar este cuento, Bundaberg, el australiano errante, envejecido por sus viajes y retos, volvió para jubilarse, encontrando una taberna sin techo y sin rebaño, campos de azúcar y cafés y bananos humeantes y desaliñados. Cuando se sentó en un taburete, o en lo que quedaba de un taburete, solo pudo escuchar un lacónico “¿Qué le pongo? Solo tenemos ron añejo”.

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