The Man in the High Castle

Y si… ¿Y si la Unión Soviética no hubiese implosionado? ¿Y si Napoleón hubiese conseguido su intención de unir Europa bajo su yugo ilustrado? ¿Y si el Imperio Romano de Occidente jamás hubiese caído? ¿Y si hubiesen sido los países asiáticos en conquistar y colonizar América? ¿Y si…?

¿Qué hubiese pasado si la historia que conocemos hubiera sido otra muy distinta?

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La historia es la clasificación humana del tiempo pasado. Es una mezcla de subjetividad y empirismo que construye nuestro presente y nos ayuda a intuir nuestro futuro. En la clasificación humana del tiempo pasado se suceden alegrías y dolores, amores y horrores. Cuentos, mitos, leyendas, explicaciones variadas de quiénes fuimos y somos, de qué hacemos e hicimos. El presente es el destino del pasado, más allá de esta premisa hay la historia que se clasificará. El desconocimiento del mañana requiere que nos agarremos al minuto conocido.

Ante las preguntas inconscientes sobre la clasificación humana del pasado, tenemos las utopías y las distopías. Las primeras se imaginan la perfección social definitiva: la isla de Utopía ideada por Tomás Moro, la Ciudad del Sol de Tommaso Campanella, el Huerto de las Hespéridas de Verdaguer. La Atlántida, la Tierra Prometida, Shangri-La. La utopía es, literalmente, un no-lugar. Mientras que su hermana malvada, la distopía, se refiere a un lugar malo. Dos universos. Dos mundos. Dos lugares.

Y Amazon se tiró a la piscina de las series de producción propia con una distopía. Y qué distopía. The Man in the High Castle, adaptación libre del libro de Philip K. Dick, es el buque insignia de la gran plataforma de venda por internet. En este análisis hablaremos tanto del libro como de la serie, con spoilers de ambos.

El libro y la serie

En 1962, un Philip Kindred Dick enganchado a los opiáceos y a las modas hippies del Nirvana y otros inciensos se inventó una historia alternativa a la de su época. 1962 era el segundo año de la Administración Kennedy. Los USA vivían su gloria imperial en Occidente y libraban una inquietante Guerra Fría con la Unión Soviética. En la historia alternativa de Philip K. Dick había una guerra fría, sí, pero entre los perdedores de la Segunda Guerra Mundial: la Alemania nazi y el Japón imperial. En la distopía de Dick, el Eje ganó la guerra, se dividió el mundo y lo transformó a partir de su antagonismo.

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Esta es la premisa que subyace también en la serie de Amazon, que se estrenó en 2015 y consta, por ahora, de dos temporadas. Ambas obras son distopías en las que se juega con el metarelato. Mientras que en la novela los personajes principales leen una distopía dentro de la distopía, el libro La langosta se ha posado de Hawthorne Abendsen (Grasshopper Lies Heavy), en la serie La langosta consta de unas cintas que explican nuestro mundo. Un destino distinto al de los personajes que se ven inmersos en los líos del hombre en el castillo.

La novela es mucho más limitada que la serie. El lector puede notar páginas enteras en las que el autor estaba bajo los efectos de la marihuana. Dick, genial amigo de experimentos, era un enamorado de las culturas china y japonesa. Confiaba bastante en el I Ching, un oráculo confuciano de 1200 a.C., el cual ofrece respuestas al futuro para que el individuo sepa cómo reaccionar en momentos de incertidumbre y temor. El I Ching es más bien un libro de instrucciones éticas basadas en los valores confucianos del deber, la lealtad, el respeto, la armonía y el trabajo. En el libro, más de un personaje lee este oráculo, desde el ministro de comercio Tagomi hasta Frank Frink. En la serie solo Tagomi lee el I Ching.

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La limitación de la novela desaparece en la serie. Ésta goza de una contextualización tan exacta de lo que hubiese sido, que se vuelve muy inquietante. Los Estados Unidos de América han desaparecido, y han sido reemplazados por el Gran Reich Americano, estado satélite del Gran Reich Alemán con capital en la Berlín de Albert Speer, y los Estados del Pacífico, colonias del Imperio Japonés. África y media Asia están bajo mandato alemán. La mitad oriental del continente americano, Oceanía y la otra mitad de Asia quedan bajo influencia japonesa. Nacionalsocialismo y militarismo nipón son las nuevas grandes ideologías que se dividen el mundo. No hay sitio para el capitalismo y la democracia liberal.

En el libro, el contexto son los EEUU. En la serie, el mundo dividido entre las dos potencias principales del Eje (¿es que nadie se acuerda de que Italia era la tercera aliada de ese Eje del mal?). En la novela, los personajes son diferentes a los de la serie, más limitados y con caracteres diferentes. Y esto hace que se sustituyan tramas, se aderecen, se adhieran. Juliana, Frank, el Señor Childan, Joe, el Ministro Tagomi… son personajes que solo mantienen el nombre tanto en la novela como en la serie.

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Y a veces ni eso. En la novela, Juliana está separada de su exmarido Frank, mientras que en la serie viven juntos en la capital de los Estados del Pacífico, una San Francisco completamente colonizada por los japoneses y la cultura nipona. En el libro, Joe es italiano (se llama Joe Cinnadella), mientras que en la serie, es Joseph “Joe” Blake, el hijo ilegítimo de un ministro nazi. Frank Frink es un hombre sin ningún tipo de honor en el libro, mientras que en la serie este judío converso tiene que parecer un héroe accidental. El lector de El hombre en el castillo es, en fin, diferente al espectador de El hombre en el castillo.

La serie es una mezcla de El hombre en el castillo y Patria. El británico Robert Harris escribió una distopía, Fatherland, en 1992, imaginándose la vida de un miembro de las SS en una Berlín noventera y nazi. Podríamos decir que esta novela de Harris complementa la novela fundacional de la serie, la que le da nombre a la obra de Amazon.

Análisis de la serie

Como hemos comentado anteriormente, The Man in the High Castle es una de las primeras series de Amazon. Cuenta con dos temporadas, por ahora, y cuenta con Juliana Crane como la heroína y protagonista principal. Alexa Davalos, belleza mediterránea de ojos azulados y grises, encarna esta chica de clase empobrecida anglosajona de San Francisco, quien vive un sinfín de peripecias entre la Costa Oeste nipona y la Costa Este nazi. En la otra orilla de la realidad alternativa tenemos al jerarca John Smith, un genial Rufus Sewell, el cual gobierna el Gran Reich Americano desde la gran sede de Nueva York. Washington DC fue devastada por una bomba de hidrógeno, y los vuelos desde Berlín hacia todas sus colonias se hacen con cohetes. Los nazis, en su impetuoso, histérico y loco afán por la tecnología, están remodelando el mundo bajo sus ideas perversas de la pureza de la raza.

A veces la serie puede pecar de aburrida. La trama de Frank Frink (Rupert Evans) con el Señor Childan (Brennan Brown) no comienza a deslumbrar hasta la mitad de la segunda temporada. El ministro Tagomi (Cary-Hiroyuki Tagawa), uno de los buenos, se ve imbuido en una trama lenta y tediosa que despega en la segunda tanda de episodios. Tagomi es un personaje muy importante, tanto en la novela como en la serie, un personaje que encarna la lentitud, la tranquilidad, la calma en medio de toda tempestad. Es la estabilidad, la harmonía en un universo malvado. Por eso es tedioso, porque en nadando en ese tedio vemos la fina línea que separa una dimensión de otra.

Y es que El hombre en el castillo va más allá de la distopía al uso. Es también una serie de ciencia ficción en que conocemos el universo paralelo de Hawthorne Abendsen (Stephen Root), el hombre en el castillo que posee las cintas de La langosta se ha posado: éstas presentan nuestro mundo, al cual se llega o bien con una tecnología que no hemos visto aún, o bien a través de la meditación y la fuerza de nuestra espíritu.

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Lo que más me gusta de esta serie en la experimentación para con el contexto. ¿Cómo sería el mundo si el Eje hubiese ganado? Pues seguramente tal y como lo pintan en esta serie. El nacionalsocialismo era anticapitalista, antiliberal, antidemocrático. Era y es una ideología holística: el individuo deja paso a la comunidad, la cual es mayor que la sociedad, pues ésta última es la suma de las partes. No son las partes las que cuentan. Tampoco su suma. Es el espíritu de la misma: de ahí la comunidad que debe construir un imperio de mil años, la visión de Adolf Hitler.

Éste aparece en la serie, interpretado por el alemán Wolf Müser, y nos dejan comprender que es otro hombre en el castillo, otro de los que conocen los secretos de los viajes interdimensionales. En el mundo ideado por Hitler la religión y el capital dejan paso al Estado, estructurado por el Partido único, integrado por notables elegidos por la comunidad. “Ein Volk, ein Reich, ein Führer” es un lema sencillo, pero para nada simplón. El Uno no es el individuo, sino la comunidad. El deber para con la misma es el deber de Uno. Solo leyendo a Nietzsche podemos comprender la mala interpretación que hicieron los seguidores del NSDAP de la filosofía de la voluntad.

El contexto de The Man in the High Castle lo abraza todo. Es el núcleo de la serie. Es la serie, la cual es, además, la pregunta del “¿Y si..?” que nos hacíamos al comenzar esta reseña. El contexto es más japonés en la primera temporada, más nazi en la segunda. El mundo que ha quedado bajo el yugo imperial japonés debe sobrevivir a la oligarquía extractiva de Tokio, de los potentados japoneses que desean construir un imperio al uso antiguo pero con tecnología del siglo XX. Con una economía planificada como el capitalismo de estado de la China actual, el Japón imperial de El hombre en el castillo es una dictadura militar en la que el ejército lo es todo, mientras que la familia imperial es el pegamento divinizado de dicha estructura.

El mundo nazi, en cambio, no conoce ni el capitalismo liberal ni su remedio, el estado del bienestar. Es también una economía planificada desde Germania, el núcleo del Gran Reich, el cual limpia, limpia y limpia. En vez de cuidar a los enfermos, se los esteriliza o, peor, se los mata –por lo menos de forma indolora–. En ese mundo, no existe la ética que nos hace pensar en la locura que supone quitarse de encima al enfermo, sino que es lo natural.

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El contexto del mundo nazi y nazificado conoce otros valores, otras normas, defendidas por personajes que no pueden concebir nuestro mundo y nuestras ideas. Ahí queda la trama del hijo de Smith, el perfecto joven hitleriano… hasta que le encuentran una dolencia congénita que lo dejará parapléjico de por vida. En nuestro mundo, el joven Thomas Smith (Quinn Lord) terminaría postrado en una cama, asistido por sus padres y por enfermeras y doctores, sin poder articular palabra o músculo. En ese mundo, lo matan una vez se conoce su dolencia, “para que no sea una carga para el Estado”, como expone el médico que lo diagnostica. El intachable jerarca John Smith adquiere humanidad en esta trama, y nos vomita el desorden moral de ese contexto, de ese horror limpio y callado.

El hombre en el castillo es una serie interesante para pasar el rato, aunque no constituye una genialidad como Los Soprano, Breaking Bad o Game of Thrones. Muchas de las tramas se ven venir (el descenso de Frank Frink a la inmoralidad del perdedor, la lucha de Juliana contra el Sistema, etc.) y no constituyen una novedad para el espectador. El contexto, sin embargo, es todo un regalo, y es ahí donde radica la originalidad de una serie que, esperemos, cuente con unas cuantas temporadas más.

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