La hoguera de Savonarola

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La plaza estaba abarrotada de gente: todos querían presenciar la quema del dominico sobre la misma pira en la que, algunos meses antes, había condenado a muerte a centenares de objetos y obras de arte, las más bellas de la ciudad, las más necesarias para la vida estética de la sociedad florentina. El pedestal sobre el que se levantaba una pequeña montaña de paja, en la que se erguía un alto tronco, poseía una pasarela que llevaba a la cátedra sobre la cual se mantenían, pusilánimes, de pie, serios y concienzudamente interesados en aquel acto, unos hombrecillos rodeados de estandartes con la flor de lis y los gremios de la ciudad: bordados que representaban zapatos, lanzas, espadas, sombreros, barcos… La mañana había amanecido sin nubes, demasiado clara, demasiado esbelta, preparada para quemar al excomulgado y sus compinches más cercanos. El gentío no podía parar de rumiar, murmurar, preso de morbosa curiosidad, mujeres, hombres y niños, muchos de ellos en primera fila arreando divertidos unas lanzas puntiagudas con las que acuchillaban al gran palo de madera posado sobre la pira de paja.

–¡Sacadlo ya! ¿Donde lo habéis metido? ¡Sacad al indeseable!

–¡Queremos que salga! ¡Muerte al cobarde! ¡Muerte al loco, al embustero, al idiota!

Cada vez había mas gente en la Piazza della Signoria de Florencia. Algunos llevaban sacos llenos de piedras que habían cosechado en los patios, calles y campos externos a la ciudad. El sol se acurrucaba detrás de la cúpula de Santa Maria del Fiore, proyectando una necesaria sombra sobre los miembros del Consejo Mayor, el nuevo órgano de gobierno de la restablecida republica virtuosa de Florencia.

–¡Sacadlo ya! ¡Queremos verlo!

Hacía demasiado tiempo que la masa no vivía un espectáculo similar, demasiado tiempo desde que vieron caer el poder incontestable de la mayor fuerza política sobre una persona, y destruirla hasta hacerla trizas. Estaban esperando que el fraile recientemente excomulgado Girolamo Savonarola y sus fieles acompañantes, fray Silvestre y fray Domingo, apareciesen en escena. Los chillidos de la muchedumbre ensombrecían las orejas de toda racionalidad. Muchos de ellos estaban hartos del fanatismo que tanto les había cautivado durante décadas y que durante cuatro años había gobernado la urbe artísticamente más gloriosa del momento, en una teología patrocinada por el rey francés.

Uno de los hombrecitos del Consejo Mayor, pálido y enjuto, de cabellos lacios y labios de serpiente, ojos oliváceos y fuertes como puñales, se acercó junto a otro personaje, un hombretón que llevaba un estandarte con la flor de lis y una trompeta, y esperó a que el público se percatara de su presencia. Cuando vio que muchas cabezas se habían posado sobre su cuerpo, sobre la tarima y ante el Palazzo della Signoria, el secretario del Consejo Mayor hizo un ademán con su cabeza blancuzca al grandullón portaestandarte, quien sonó la trompeta hasta que todos hubieron callado y vuelto sus testas acaloradas e impacientes hacia el secretario. Éste, sonriendo lacónicamente, desenrolló el trozo de papel: “En nombre de Dios Nuestro Señor, en nombre de Su Santidad el Sumo Pontífice Alejandro VI, y en nombre del legítimo Consejo Mayor, gobernante con derecho y elegido por los ciudadanos mayores de veintinueve años, se hace saber al virtuoso pueblo de esta urbe que el falso fraile de la Orden de San Domingo, Girolamo Savonarola, así como los también falsos frailes Silvestre y Domingo de Pescia, han sido excomulgados por Su Santidad por haber cometido los delitos de estafa, falsa profecía, herejía, rebelión y errores religiosos…”

Un rugido de anuencia se alzó sobre la Piazza. El secretario echó un vistazo al gentío, esperando que su histeria callase unos segundos para poder continuar el veredicto: “…por lo que ante las causas aquí y ahora citadas, proclamadas y sancionadas, se les condena a muerte por hoguera”.

Volvió a mirar a la gente. Algunos aplaudían, muchos chillaban, otros se pasaban piedras, verduras y frutas podridas, panes mojados y huevos, expectantes y nerviosos, algunos miraban la pira con suma concentración, como si estar ahí les acarreara un beneficio profesional personal. El secretario, amante del estudio de las personas y de la sociedad, fue posando sus ojos de daga sobre personas al azar. Una mujer de pechos prominentes y verruga bajo el ojo derecho estaba sentada cerca de la Logia, manoseada por un guardia. Una fulana, pensó con su sonrisa casi inexistente el secretario. Un viejo calvo y barbudo bebía vino sin parar, pasando el botijo a varios de sus colegas. Pudo entrever, en medio de las bandas de niños con estacas, a Sandro Botticelli, parado muy cerca de la pira, agarrando con sus manos enfundadas en guantes de cuero unos tomates podridos. Tuvo que entregar muchos de sus cuadros más preciados, recordó el secretario. Justo a los niñatos de los que está consiguiendo esa verdura de mierda. El pintor Botticelli también pedía a gritos la salida del loco.

El secretario vio una cara que le resultaba familiar. Cabello encrespado, ojos de mártir, barbita de pocos días, desaliñado, demasiado desaliñado, de ropajes elegantes pero mal dispuestos, moreno. ¿Quién era ese tipo? Pero no tuvo tiempo de razonar, pues los reos se asomaron de dentro el Palazzo della Signoria, lo que causó el rugido de la gente y apartó su atención súbita sobre el desconocido que le era familiar.

–Me está mirando.

–¿Quién?
–El secretario. Me está mirando.

La masa se movía como un cuerpo independiente, los individuos se habían convertido en meras bacterias. Los reos se iban acercando al tronco. El creador, preso de paranoias diversas y de creaciones divinas que necesitaban ser plasmadas, estaba asqueado, quería volver a su oficio y esculpir o pintar y olvidar su vida de persona. El anacoreta no se sentía a gusto entre la gente, no la entendía porque la gente no podía entenderle.

–Te juro que me está mirando –insistió zarandeando a su acompañante.

–¡No digas tonterías, Michelangelo! ¡Deja de pensar en idioteces y diviértete un poco, hombre!

Jacopo Galli lo había sacado del oficio hacía menos de una hora. Es increíble con cuánta rapidez puede llenarse una plaza tan grande como la Piazza della Signoria. Jacopo, el amigo del pintor que iba enloqueciendo por culpa de sus ángeles, cuidaba de Michelangelo desde que éste había vuelto de Roma. Ambos contaban menos de veinticinco años, pero mientras que el banquero, comerciante y político, miembro del Consejo de los Mil, la asamblea ciudadana de Florencia, amante del arte y amigo de distinguidos mecenas como aquél magnifico Lorenzo, estaba casado y esperaba su tercer hijo, el artista anacoreta había vuelto de Roma acompañado de un aprendiz de quien se susurraban dicherías escandalosas. Michelangelo, artista divino, detestaba los momentos de barbarie en los que podían caer, a veces, las mentes humanas. La creación era para él tanto una suerte como un infierno, una redención y la prueba insoportable de su imperfección.

El verdugo pidió que uno de los niños con estacas subiese sobre la pira y le ayudase a atar a los reos. Uno de los tres cuerpos era un saco de cardenales y heridas: Savonarola, magullado y humillado, no podía caminar por sí mismo, por lo que necesitaba que alguien lo ayudase. Los tres habían salido desnudos del Palazzo, para mayor diversión del gentío y mayor vergüenza de sus almas de religiosos.

Michelangelo pudo oír los gritos de horror, mezclados con avemarías y tedéum, que emanaban de la boca destrozada de fray Domingo de Pescia, desnudo y cojo, con el cabello enguarrado de excrementos y un ojo cerrado por un moretón capital. Savonarola, orgulloso fanático, echó un vistazo al gentío y recibió una primera salva de verduras y piedras, a lo que el verdugo agarró una de las lanzas de los niños y la utilizó para zafar el escenario de molestias.

–¿Dónde está Argiento?

–¡Quemad al hereje!

–¡Jacopo! –Michelangelo estaba demasiado nervioso, la masa era ensordecedora, olía a cebolla podrida, a lo lejos estaba Botticelli, quien tenía los ojos inyectados en venganza y rabia e ira, las mujeres y los hombres se empujaban los unos a los otros para poseer una mayor perspectiva hacia la pira, que ya comenzaba a oler a paja quemada, y Jacopo se había convertido en uno más, no le hacía caso a nadie, solo a la irracionalidad y a la cólera catártica de la masa, una sonrisa de orgasmo colectivo en su boca y una piedra en cada mano que, una vez lanzada, volvía a la mano, como si jamás hubiese sido botada–. ¡Jacopo! ¿Dónde está Argiento?

–¿Quién?

Jacopo Galli estaba visiblemente molesto, no quería que ni su amigo ni nadie le sacasen de esa diversión. Así que Michelangelo ni le contestó, simplemente le miró como un hermano mayor que espera que el menor se dé cuenta del error. Jacopo volvió su mirada hacia la pira. El verdugo y el niño ataron a fray Silvestre, quien debía haber muerto en la tortura previa a la hoguera, pues era un mero cuerpo pálido con moscas. Llegó el turno de fray Domingo, que alzó su voz de terror pidiendo clemencia y misericordia: “Memorare, O piissima Virgo Maria, a saeculo non esse auditum, quemquam ad tua currentem praesidia, tua implorantem auxilia…”

Michelangelo vislumbró un chaval rubio de ojos como el cielo primaveral, vestido con la ropa del anacoreta bordada en oro, junto a los demás niños. Argiento también llevaba una lanza y también reía cuando la clavaba en los cuerpos mugrosos de los herejes.

“…tua petentem suffragia, esse derelictum. Ego tali animatus confidentia…”

Savonarola fue el último en ser atado al tronco. El verdugo empujó al niño que acababa de ayudarlo, echándolo del patíbulo, y un soldado se le acercó con una antorcha. Fray Domingo de Pescia, el único en condiciones de poder darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor, siguió con su Memorare a pleno pulmón, como si no hubiese mañana. El sol se asomó, convirtiendo la cúpula de Brunelleschi en una silueta maestra, calentando la Piazza y sus gentes. Michelangelo, preso de un sentimiento de celos y envidia, se acercó a Argiento entre empujones e insultos, pisando pies, verduras y piedras.

–¡Argiento!

El chico se sorprendió al ver a su maestro.

–¿Qué haces aquí, Argiento? –preguntó Michelangelo, agarrándolo del brazo con pasión. –¡Este no es lugar para chicos como tú!

El chico se zafó del divino creador y abrazó su pincho largo con la misma pasión con la que su maestro acababa de cogerle: –¡Déjame salir del oficio para distraerme un poco!

–Argiento, por favor, escúchame… –Michelangelo, antes un ser severo, ahora era el más manso de los sátiros–. Escúchame, pequeño, esto…

–¡Déjame en paz, ni que sea por un día!

–Por favor, Argiento, te lo ruego, volvamos a casa, me da miedo que…

–¡Vete, si quieres! Yo ya volveré más tarde–, zanjó el chaval, convertido en amo y señor de su maestro–. Si quieres, tendrás lo que siempre pides, pero ahora déjame pasármelo bien.

Michelangelo calló de repente, su cabeza hervía de rencor hacia el mal que Dios le había regalado, hacia una sensibilidad piadosa para con otros seres que solo podían entender unos pocos, siempre escondidos, siempre viviendo en sombras y temores. Quiso acariciarlo pero el chico no tardó en ser uno más entre los chavales masoquistas que ayudaban al fuego a matar completamente a los tres herejes. El divino creador, cuyos pesares volvían a convertirle la cabeza en un mal irrefrenable, vio al pintor Botticelli sereno, serio y sabio, mirándolo desde otro punto de la Piazza. Tal vez esa mirada era una reprimenda, tal vez un simple gesto de saludo, o quizá estaba descansando después de unos largos minutos de catarsis sádica. Por una parte, el alma debe liberarse del cuerpo para acceder a la pureza de las ideas, aunque la celebración de la belleza de los cuerpos es la etapa obligada de esta ascensión.

“…ad te, Virgo Virginum, Mater, curro, ad te venio, coram te gemens peccator assisto. Noli, Mater Verbi, verba mea despicere; sed audi propitia et exaudir…”

Michelangelo escuchó la voz de fray Domingo desvanecerse en la nada, como comida por las llamas. Una mujer con poca dentadura era una gran lanzadora de piedras; una niña lloraba; un hombre besaba a su amada; otro hombre, sin barba, posiblemente un capataz, reía a carcajadas; otra niña le pedía a su padre que la acompañase a hacer pis lejos de la Piazza y el padre le contestaba que lo hiciese ahí mismo, que nadie se daría cuenta; una coliflor volaba sobre las cabezas junto a tomates y cebollas y ajos y piedras; y en lo alto de la tarima, entre los hombres del Consejo Mayor y los estandartes de los gremios de la república virtuosa de Florencia, seguía el secretario de labios de víbora, con sus ojos posados en el mayor de los escultores, pintores, arquitectos y poetas de aquella época llena de descubrimientos. Es justamente esta facultad de realizar lo imposible la que distingue las voluntades heroicas de las demoníacas.

El secretario se acercó a uno de los consejeros. Seguía rumiando la identidad de aquel artista, porque era un artista, de eso estaba seguro. Sí, es un pintor y un escultor, lo tengo visto, sí… En ese momento no le importaban ni el Santo Padre ni su admirable retoño, ni las facultades de la nueva organización estatal de la ciudad, ni mucho menos lo que quedaba de Girolamo Savonarola y sus dos más preciados compinches. En ese momento el secretario solo deseaba recordar por qué admiraba, en lo más profundo de su ser, al desconocido con mirada de desamparado que acababa de vislumbrar entre el gentío. No era amor, ni gusto, ni pasión, sino simple y llana admiración, nada más. Y de entre los archivos de su memoria consiguió apreciar una Madre de mármol esculpida en total y completa hermosura, sobre la que se posaba el cuerpo inerte de su Hijo, todos los músculos perfectamente detallados, la cara de caridad de ella era una oda a la perfección y a la salvación de los hombres. Por fin el secretario Nicolás Maquiavelo pudo recordar quién era aquél ser divino cuyas manos habían esculpido la escultura más bonita de la Humanidad: la Piedad.

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