The Hateful Eight

Buen (pero no gran) western made by Tarantino

Tres años después de su primer western, el siempre polémico artista del celuloide Quentin Tarantino vuelve a este género con The Hateful Eight. Si Django Unchained (2012) se desenvolvía mayoritariamente en el Sur, éste viaja al Norte de los USA. Perdidos en una venta en medio del infernal invierno de Wyoming, unos años después del fin de la Guerra de Secesión norteamericana, ocho individuos deberán sobrevivir a la desconfianza que los une. Ocho personajes muy tarantinianos, con rostros también muy leales a este director único en lo que hace.

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Samuel L. Jackson, Michael Madsen, Tim Roth, James Parks, Kurt Russell y Bruce Dern son seis de los más de ocho malnacidos que aparecen en esta última cinta del autor de Pulp Fiction, Jackie Brown, Kill Bill y Django Unchained. A ellos se les unen Channing Tatum y una nada desdeñable Jennifer Jason Leigh, la cual es la recompensa con la que todos quieren hacerse.

No es una película rápida, no está llena de lugares diferentes ni posee cambios veloces de guión. Es como el tabaco de masticar, de paciencia y paulatino disfrute. Se parece más bien a la ópera prima de Tarantino, Reservoir Dogs. Como en esa masterpiece de 1992, prácticamente todo el metraje sucede en un lugar cerrado en el que los distintos personajes deben ir lidiando los unos con los otros a través de originales guiones y diálogos repletos de palabrotas. Y como algunos de sus films, éste también está dividido en capítulos, como si The Hateful Eight fuese una novela o, más bien, una obra de teatro.

La caracterización de los personajes es excelente. Algunos son más carismáticos que otros, como Samuel L. Jackson y Kurt Russell lo son más que Tim Roth y Michael Madsen –cuyo personaje no deja se parecerse mucho al Bud de Kill Bill–, mientras que los secundarios, como Dern o Channing Tatum, quien está haciendo méritos para dejar atrás sus personajes atrapa-adolescentes, no consiguen –tal vez porque ese no era su trabajo– pasar advertidos.

Los parajes nevados y desérticos de Wyoming confieren un nuevo aire a los westerns. Nosotros estamos acostumbrados a ver vaqueros, sheriffs, alguaciles y bandidos a lomos de caballos que surcan mares de polvo en el desierto del Mojave o de Nuevo México, en tierras de nadie y siempre con el aliento de los pieles rojas en la nuca. Tarantino, en cambio, nos recuerda que los verdaderos western sucedían en todo el Oeste de los Estados Unidos, unos territorios que se fueron conquistando lentamente desde la independencia de aquella nación, y cuya colonización se aceleró después de la Guerra Civil Americana.

La leyenda del Far West se extiende desde Kansas hasta el Pacífico, y en esa área de tierra hay muchos climas y parajes diferentes, desde las nieves de Indiana hasta los bosques cuasi tropicales del Sur pasando por los meandros del Gran Cañón. Todo aquello era Far West, y ahí vivieron aquellos bandidos, fugitivos, aventureros y pioneros que los estadounidenses han mitificado.

Este no es el mejor filme de Quentin Tarantino. Tiene su firma, eso es innegable, hecho que lo hace único e indiscutible, hecho que le concede a Tarantino la capacidad de ser uno de los pocos en saber resucitar un género cinematográfico especial, interesante y explícitamente americano. Pero no es uno de sus mejores metrajes. Es más lento y algunos diálogos se repiten. La banda sonora de Ennio Morricone es más bien un homenaje sin cafeína de las grandes músicas de este compositor italiano –sobre todo los spaghetti western–. Aun así, el fan tarantiniano disfrutará y el fan del cine en general se distraerá.

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