88 sueños

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1. Una luna inmensa, con su blanquecina materia en descomposición sembrada de volcanes, se hallaba muy cerca de mí, rodeada de una absoluta obscuridad. El borde inferior de la esfera se apoyaba en mi mesa de trabajo.

2. La habitación se hallaba llena de animales inmóviles, que esperaban una señal desconocida para animarse y caer sobre mí; especialmente había serpientes y seres que parecían varas de mimbre.

3. Las figuras del pesebre eran de forma ordinaria y estaban colocadas en la postura tradicional, pero se hallaban a inmensas distancias entre sí.

4. La “mujer de París” salió de la obscuridad y se me acercó. Estaba desnuda y su cuerpo era como de barro gris, viscoso y mojado. Sin embargo, no me producía repugnancia, sino una gran felicidad poder estar allí, junto a ella.

5. Yo iba arrojando maderas a la hoguera y, al caer en las llamas, se transformaban en pájaros. A lo lejos circundándome, se alzaba una grandiosa muralla que rodeaba todo el horizonte.

6. En un río, con el agua hasta las rodillas, estaba una mujer desnuda, de carne muy blanca y miembros grandes y armoniosos. Varios cocodrilos vagaban en su cercanía. Finalmente, uno de estos animales se apretaba contra ella poniéndose de pie sobre sus patas traseras.

7. Mato muchos enemigos, peleando siempre con dos espadas, una en cada mano.

8. Al llegar a la ciudad de hielo, edificada en medio de las cumbres, me sentía plenamente dichoso; una gran serenidad se adueñaba de mí, y me iba tornando inconsciente. Veía como mis manos se convertían en trozos de agua cristalina.

9. Era obligado por María del Carmen a vivir bajo el agua pantanosa. Como la profundidad era escasa, tenía que avanzar echado sobre el vientre y sólo de vez en cuando podía sacar la cabeza del barro para respirar.

10. El condenado es conducido al lugar del suplicio con los pies encadenados y arrastrado por un caballo; aunque el animal no avanza muy deprisa, esto le obliga a hacer muchos y rápidos movimientos al andar para no caer al suelo. El aparato que ha de darle muerte es una grúa que se alimenta de carne viva. Su metal tiene una especie de vibración rojiza.

11. Hay una cámara grande y gris, iluminada por una puerta abierta de la que sale humo. En las paredes hay signos del alfabeto hebreo.

12. Iba a un gran paisaje de contextura calcárea, en plena noche y, con unas ramas secas de olivo me golpeaba en la cadera para transformarme en ella.

13. Al final de un corredor, tan pronto iluminado como en la obscuridad, había un payaso que me sonreía.

14. Tenía el pecho abierto por una enorme herida y en la carne desgarrada crecían las piedras preciosas. Yo estaba extendido en una mesa de despacho, cubierta por un mantel blanco. En la habitación no había ningún otro mueble y las paredes desconchadas y sucias me producían más tristeza que mi propia herida.

15. La atmósfera vibraba y se veía difícilmente a su través. En el horizonte había un sol pálido y tembloroso; al extremo opuesto surgía la luna. Entonces extendí ambos brazos para orientarme y poder ir hacia la ciudad, pero ésta ya no existía.

16. En la iglesia, las imágenes de los santos no están en los altares, sino en el suelo y dispuestas desordenadamente.

17. Ella está sentada al lado de una ventana que casi ocupa toda la pared. Va vestida de novia y su traje blanco está manchado con unas gotas de sangre mía.

18. Hasta el terrado donde estoy bajan los astros, que son como esferas de colores violentos y diversos, contrastando con el cielo intensamente negro. Caen rayos a lo lejos, pero yo siento una inmensa dulzura a causa de estar así, conviviendo con los objetos celestes.

19. Playas desamparadas, erizadas de mástiles negros, de postes como de madera quemada.

20. Los sueños en que, lógicamente, estoy en peligro, por hallarme bajo masas imponentes y cristalinas de agua –grandes ríos, mar- me producen gozo.

21. Veo un órgano alto como una montaña. Luego voy a la catedral y, al abrir la puerta, veo que está llena de leones, los cuales deambulan por la nave, por el altar y por los altos púlpitos.

22. A veces soy un cristiano arrojado a las fieras; otras un espectador que, desde la gradería del circo, contempla el espectáculo.

23. Una ciudad se derrite lentamente como carcomida por un incendio invisible.

24. En la plaza mayor de un pueblo están celebrando algo así como una corrida de toros. Pero consiste en lo siguiente: una muchacha martiriza al toro, que se muestra incapaz de defenderse, y le corta la piel a largas tiras, le arranca la lengua y le hiere en los ojos.

25. Al poner las manos sobre la mesa, se oyen grandes sinfonías.

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26. De los bolsillos de mis trajes, abandonados por todas partes de la casa, colgados en el respaldo de las sillas, tirados por el suelo, encerrados en armarios cuyas puertas se entreabren, sale una multitud de objetos extraños qe no puedo acabar de reconocer; algunos parecen plumas de ave, otros son como papeles retorcidos y quemados.

27. Hay un estanque grande, de agua verdosa y sucia. El cielo está gris y el campo, a lo lejos, como hundido en tristeza. Yo estoy a un extremo de esa balsa, que es de forma oval y, al lado opuesto, hay una niña.

28. Cuerpos volantes de las más variadas naturalezas y dimensiones. A veces cuelgan de ellos escaleras de cuerda y trapecios, y yo estoy suspendido entre el cielo y la tierra sin ninguna sensación de temor.

29. Oigo una voz que me dice: No visites jamás de día los lugares donde duermes de noche, porque corres el peligro de crear dos vidas que mutuamente se destrocen.

30. Desde el fondo de la caverna que habito, se ve, a la entrada de ésta, un hombre desnudo, sentado. Ese hombre es del color del yeso y hace grandes gestos de dolor y de impaciencia.

31. Visito un lugar subterráneo, lleno de jaulas como las de las fieras de un parque zoológico. En esas jaulas hay hombres encerrados y enterrados hasta medio cuerpo en el barro viscoso que forma su suelo.

32. No debes olvidarme.- Al decirme esto, ella me daba un pequeño objeto consistente en una especie de torre de cristal llena de fragmentos que se ordenaban o desordenaban, dando la impresión de un edificio o de una ruina.

33. Estaba en una plaza, a media noche, y esa plaza tenía unas dimensiones indescriptibles. En su centro se alzaba una fuente reseca, dura, resplandeciente. Entonces, de las alturas caía una estrella fugaz que, en lugar de desaparecer destruida, caía rebotando en el suelo. Yo perseguía el encendido objeto y lo tomaba en mis dedos.

34. Me veo a mí mismo, de la mano de mi madre, paseando por una blanquísima avenida, bordeada de jardines donde hay flores de diversos colores, formas y tamaños, pero especialmente grandes lirios rojos, los cuales se van abriendo a medida que pasamos por delante de ellos.

35. Me entregan uno de los libros que yo he escrito, encuadernado en seda rosa quemada por los bordes.

36. Al lado de un jardín, junto a un granado, dos hombres altos, embozados en negras capas, se estrechan las manos.

37. En el mar flotaban restos de edificios de madera pintada de colores diversos, parecían pertenecer a pabellones de recreo orientales; a su alrededor, el agua tenía una contextura especial que recordaba las plantas espinosas.

38. Al tener que ponerme una máscara, yo elegía una de demonio y, en el momento de estrenarla, se abría un hueco en la pared y advertía que una extraña mujer me estaba observando.

39. Estoy en un bosque y sé que los gallos que viven en jaulas tienen miedo de pasear por la espesura porque en lo profundo de us madrugueras acechan los grandes y azulados pavos reales a los que faltan las alas.

40. El hombre que había inventado el aparato de suplicio, que daba muerte por medio de ondas que cortaban como cuchillos, y que estaba guardado en el fondo de un pozo, colocado en el patio de la cárcel, exigía que sus presuntas víctimas se dejasen fotografiar a su lado, como si fuese una reunión de amigos celebrando una fiesta.

41. Veo una llanura dorada y, en primer término, una alta doncella desnuda, cuyos brazos están echados hacia atrás. Hay dos perros a su espalda y ella introduce las manos en sus bocas para que se las devoren.

42. Un barco de vapor, de forma antigua y rara, llegó a la isla donde nos encontrábamos presos y, dando una rápida vuelta en torno a ella, sus hombres iban arrojando troncos de árbol al agua para salvarnos.

43. En lo alto de una torre delgada, construida con hoja de lata y zafiros, un anciano de barbas muy blancas se agita convocando a una multitud que todavía no existe.

44. Después de una larguísima peregrinación por un desierto, veo en la lejanía una ciudad amurallada, de la cual se destaca extraordinariamente una de sus torres. Pasan nubes y brumas que la velan y entenebrecen, pero vuelve a aparecer siempre esa torre a la que da el sol de lleno.

45. Unas manos llegaban a mi corazón, pero otra mirada permanecía en el horizonte.

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46. Al llegar a aquella playa después de atravesar un mar obscuro y agitado, me encontraba con que no me era posible poner los pies en las rocas ni en la arena, porque todo estaba invadido por una crujiente muchedumbre de cangrejos.

47. (Sueño de mi infancia). Voy por una calle de la ciudad, de la mano de mi madre y, de pronto, veo un dirigible de color amarillo que va descendiendo suavemente. En la barquilla, que es de forma alargada y descubierta, hay diez o doce caballeros vestidos de rigurosa etiqueta, los cuales nos saludan ceremoniosamente, quitándose la chistera, mientras el aerostato vuelve a ascender, perdiéndose tras los tejados de las casas.

48. Muchos niños pobres me arrojaban piedras y yo me escondía entre ruinas de casas de un barrio miserable.

49. ¿Ella ha estado aquí? –pregunto a la silenciosa pareja que, en la penumbra, permanece apoyada contra la pared de la iglesia de un pueblo desconocido. –– me dicen. Y tú también estuviste, pero ya no lo recuerdas.

50. Tengo enfermedades incurables.

51. Atravieso habitaciones y habitaciones, todas iguales, en las que sólo el papel de las paredes cambia de color. No hay muebles en ninguna de ellas. No encuentro lo que busco.

52. María del Carmen me arroja un saltamontes (el animal que más temo) a la cara.

53. Yo no soy la que vive en su vida –me dice. Yo soy la que está contigo desde el principio. Entonces veo que el precipicio que hay entre los dos se llena de una arena blanca.

54. Entro en el Mercado a media noche. No hay nadie en él y deambulo por entre puestos de verduras, de frutas, de pescado y de carne. Lentamente empieza a oírse un sonido que va creciendo de pronto, me doy cuenta de que es una queja formada por mil gritos de dolor. El suelo está manchado de sangre.

55. Una mujer se quita las medias delante de mí, levantándose las faldas hasta las caderas. Sus piernas son gruesas pero esbeltas y la habitación donde nos hallamos es muy pobre.

56. En medio de un desierto de piedra, cuya regularidad sólo está rota por montículos no muy elevados, aparece bruscamente un inmenso palacio; lo que llama más mi atención son sus blancas terrazas de mármol. Pero paso de largo y regreso al campo solitario.

57. Personas se debaten sobre la cama o en el suelo, sin estar muertas ni vivas.

58. Voy vestido de soldado, por el campo. En la mano llevo un cuchillo de cocina y cuando me encuentro con mi peor enemigo no quiero luchar con él. Comprendo que matar es inútil y prosigo caminando por una senda tortuosa hacia lugares desconocidos.

59. La habitación donde estoy no tiene puertas ni ventanas, pero sí un espejo en el cual me miro. Súbitamente caen las paredes y un paisaje de almendros en flor, surgiendo sobre la nieve, aparece a mi alrededor. Cuando me miro, advierto que una transfiguración total se ha operado. Tengo una inmensa cabellera rubia y los labios rojos como la sangre.

60. Muchos sueños con lagartos, saltamontes y grandes tortugas negras.

61. Transito por el espacio y veo las ciudades a mis pies. No vuelo, sino que ando por el aire.

62. El mar, al batir contra los largos acantilados, suena como una orquesta durante mucho tiempo; la música es desconocida.

63. En un terreno pantanoso, había una gran cantidad de carros a los que faltaban las ruedas.

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64. La habitación donde me encontraba estaba pintada de negro. En la pared había muchas espadas colocadas simétricamente. Los muebles eran de color dorado. Yo paseaba nerviosamente esperando algo que no terminaba de producirse. De pronto, se apagó la luz y quedé anonadado, queriendo gritar y sin poder hacerlo.

65. Después de matarla, arrojé el cuerpo a una especie de lago contenido por un muro. Sus manos se cogían a la pared de ladrillos, pero finalmente desaparecieron en el agua.

66. Ella venía por una calle cuya atmósfera vibraba al extremo de dificultar la visión. Era en invierno y parecía que había nevado. Yo la besé en la frente, y desde aquel momento, permanecí bajo su dominio.

67. A la orilla del mar se congregaban galeras antiguas, muy bajas, de varios colores claros que destacaban contra el azul casi negro de las aguas. Luego había una batalla.

68. El espíritu es una prisión más monstruosa que la carne, oí que me decían. Era una reunión de ancianos, gente de pueblo reunida en la plaza mayor, tal vez para juzgarme.

69. Aquel hombre alto y grueso iba vestido de andrajos; sin embargo, y a pesar de mi traje de príncipe, él me mandaba y yo estaba obligado a obedecerle durante todos los días de mi vida.

70. No me interesa la otra vida, dije, puesto que en ella también hay suplicios y verdugos.

71. María del Carmen se me aparece entre dos montañas que resplandecen; al acercarme, veo que son de joyas. Entonces ella se ríe y huye arrojándose contra uno de los montones fulgurantes. Después, voy por una calle muy pobre, es de noche y a mi lado va una mujer alta y despenada. Nos paramos junto a un portal y me besa. Cuando aparto su rostro y lo vislumbro ante una claridad incierta, mortalmente me apesadumbro.

72. Pasa un tren por la lejanía y está anocheciendo. De pronto, el tren se acerca y veo que el suelo está húmedo, convertido en un barrizal. Yo mismo estoy ahí, en el fango, atravesado sobre los raíles por los que va pasar el tren y nada puedo hacer para evitar que mi cuerpo sea mutilado.

73. Entro en una habitación y veo que, en ella, abandonadas sobre una mesa y varias estanterías, hay muchas cajas. Son de formas y tamaños diferentes; de materias distintas. Unas grandes como arcones y otras diminutas. Permanezco indeciso, sin saber qué debo hacer en esta situación. Abro una caja, después otra, y otra, y muchas más. Todas están vacías.

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74. Es tarde y en el prostíbulo sólo queda una mujer alta y semidesnuda. Me acerco a ella y me dejo conducir hasta un oscuro y sucio dormitorio. Es lo contrario, oigo que dicen. Luego veo el comedor de aquella casa, donde cuatro o cinco hombres juegan a las cartas a la luz de una vela.

75. En un gran salón bailan parejas; ellas con traje de noche, con uniformes militares de pasadas épocas los hombres. Parecen no darse cuenta de que un grupo de tipos harapientos ha entrado en la sala y, con picos empiezan a horadar el suelo. Luego, arrastran unos grandes maderos y forman una cruz.

76. Paso por una calle de una ciudad africana. A ambos lados hay mujeres con los típicos trajes de su país. Me acerco a una de ellas, la cual me conduce alinterior de una casa. Allá me clava agujas en el dedo anular y me injerta una araña, metiendo las patas del insecto en mis heridas. Luego pone una venda en derredor de mi dedo.

77. María del Carmen clava una larga navaja en el cuerpo de un pez palpitante aún, que acaba de ser sacado del agua.

78. Se ha roto mi talismán, o se ha perdido. Lleno de angustia lo busco durante toda la noche.

79. Combato a espada con dos guerreros romanos. Yo uso una extraña espada en forma de tridente.

80. A lo lejos veo una casa y me dirijo andando penosamente por la arena del desierto. Una mujer, esbelta como un muchacho, me sonríe a la entrada. Yo sé que es inútil que me esfuerce en llegar allá porque nunca podré vivir dentro; sólo me será dado rondar por los alrededores y dejarme amar por ella, cuando le plazca venir a buscarme.

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81. Voy andando por el campo lleno de zanjas y hierbajos. Todo es incoherente. Comprendo la naturaleza caótica del campo.

82. Durante toda la noche subo una montaña llena de zarzas. Cuando llego a la cima veo un paisaje inmenso a mis pies bañado por la luz gris del amanecer. Vuelo sobre él, primero, horizontalmente; luego uno las manos y asciendo verticalmente entre las nubes grises. Sentimiento inefable de que el Todo está en mí.

83. Nado en un mar muy azul, entre esferas de oro flotantes.

84. Claro del bosque. Una mujer desnuda y transparente está sobre mí, pero yo no sólo estoy en mi cuerpo, sino en todos los elementos del bosque.

85. No diferencio bien lo que veo de lo que conozco porque lo sé bien. Estoy en el espacio central del arco principal del monumento de la Cascada del Parque. Junto a mí está T. T. la abrazo intensamente, con ternura y afán de posesión espiritual. Sé que estamos rodeados de fósiles; no podría precisar si estamos en el interior (participando de él) de un gran fósil, o si hay muchos fósiles pequeños, que llenan todos los vacíos aunque son como transparentes, o si la totalidad del conjunto: Cascada del Parque, T. T. y yo somos un solo y único fósil.

86. Soy el único guerrero romano que está para defender el campamento. Llueven flechas sobre mí y aunque levanto el escudo para protegerme caigo herido ¿muerto?

87. Veo un urinario de los que antes había en la Rambla. Al entrar, una vieja me enseña una magnífica espada de bronce y quiere vendérmela. Como el precio es alto no la puedo comprar y me voy de allí. Más tarde, un anticuario me ofrece un ágata cuya superficie tiene círculos concéntricos irregulares. Quedo mirándola fijamente.

88. En una gran llanura hay una enorme cabeza de terracota negra de diosa. Paisaje soleado y caluroso. Doy una vuelta y me encuentro frente a un gran monumento de ladrillos rojos y negros, de planta central y con cuatro arcos de triunfo en sus cuatro entradas. El interior está lleno de estatuas de mármol, romanas como el edificio. Entre ellas me llaman la atención dos: la de una mujer-sirena que parece reírse y la del emperador Trajano.

Juan-Eduardo Cirlot

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