¿Aso calamares, o será mala cosa?

Cuenta un historiador concienzudo -pero quizás solo repita una leyenda apócrifa- que Garibaldi, tras sus victoriosas ayudas a la recién nacida Italia, concentradas sus tropas [formadas, como se sabe, por un grupo de voluntarios conocido como “I Mille”, Los Mil] frente al Ayuntamiento de Caprera, se asomó al balcón y les agradeció su heroico esfuerzo con el tonante grito “Grazie, Mille!”

Sin embargo, como quiera que la naturaleza humana tiende irreprimiblemente a contradecir, algunos historiadores han negado validez a esta anécdota y corrigen las palabras del héroe, reduciéndolas a la sencilla expresión “Grazie mille”, cortesía más verosímil, al parecer, por ser más acorde con su proverbial campechanía.

garibaldi

Por lo que a nosotros respecta, no vamos a intervenir en esta polémica historicista, y nos limitaremos a defender una hipótesis plausible: si Garibaldi hubiera dado expresión escrita a su agradecimiento, el debate promovido por los aludidos historiadores, carente de casus belli, obvio es decirlo, no se hubiera planteado siquiera.

Todo lo cual nos permite manifestar nuestra humilde pero firme defensa de la expresión escrita y de la correlativa práctica de la lectura. Porque, sí, señor, tal como suenan, las palabras no bastan para dar expresión a nuestros contenidos mentales.

Si solo nos atenemos a su sonido, las palabras pueden inducirnos a estériles discusiones, tal como queda ejemplificado en las líneas precedentes.

Sí, estimado e hipotético lector: solo la lectura de una adecuada transcripción gráfica de las palabras garantiza la correcta transmisión de las ideas a quien tenga la fortuna de poseerlas en la actualidad.

Para concluir esta defensa de la lectura, considerada una reprobable actividad viciosa en la arrogante consideración de muchos de nuestros paisanos, proponemos el ejemplo siguiente, rogando a nuestro paciente lector que lo lea atenta y perspicazmente.

¿Aso calamares, o será mala cosa?

El lector esporádico, el que se limita a un uso mecánico, adocenado, de sus facultades lectoras, al leer esa frase destacada, creerá ser víctima de una absurda burla perpetrada por el autor de estas líneas. Un lector perspicaz, en cambio, obviando esa acusación, sospechará la existencia de un mensaje oculto, con fines fraudulentos tal vez.

No cabe dudar de que ambas actitudes podrían desembocar en una acalorada confrontación, hostilidad evitable cuando el trato frecuente con la letra impresa haya dotado a nuestros hipotéticos lectores de experiencia suficiente para, leyendo de final a principio, al modo de exóticos lectores, caer en la cuenta de que la frase en cuestión adopta la estructura del palíndromo, difícilmente detectable en la expresión oral, y que resulta un óptimo ejemplo para quien se lance a defender la supremacía del lenguaje escrito sobre el resto de versiones expresivas.

Y para que nuestros presuntos lectores se vayan acostumbrando a la práctica lectora, iniciamos hoy una serie de colaboraciones de Fierabrás, quien aportará discrecionalmente breves pero sustanciosas citas extraídas de sus inagotables lecturas.

¡Buen provecho!

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