La escopeta es ahora de Manita

Los perros y los lobos terminaron de comerse al Espíritu Santo y fueron llevándose a la de la Esquina de nuevo a la taberna. La Puta berreaba y maldecía, mientras las demás mujeres que nos habían apresado entre sus cuerpos de ángeles caídos intentaban consolar a Doña Lluvia, quien se abrazó a lo quedaba de su Hijo, ahora un mugriento saco de huesos sin carne ni sangre.

Las dos madres del niño más bello no soportaban el dolor del corazón que surge de la muerte de un hijo, es un dolor diferente, como sin materia, que destroza las entrañas, pone los pelos de punta, nubla la mente y convierte los sentidos en una tormenta oscura llena de rayos y truenos mudos, es una tortura que destruye el raciocinio y convierte las pesadillas en verdad.

Doña Lluvia se quedó parada junto a los huesecillos del niño feral que platicó dieciséis idiomas, de sus ojos brotaban fuentes de agua cristalina, salada, en pequeños manantiales que le limpiaban el cuerpo de los restos de la Mamá Santa. Al negro cuernudo volvieron a aparecerle cuernos, pero esta vez no serían de arce, ya no serían nunca más una ramificación de huesos de la cabeza, sino unos cuernos uniformes de marfil, como si de repente dos de sus dientes se hubiesen escapado de la boca y quisieran imitar a los caninos de los elefantes.

El dolor de Manita lo bañó de fuerza sobrenatural, agarró la escopeta de su Hijo y rememoró los momentos más fieros de su paso por la Revolución. Soltó la primera bala contra uno de los lobos, reventándole la cabeza, después soltó una más para un perro que le mordió el trasero. Lo que quedaba de Moro, doliente por su pérdida de extremidades, se lanzó contra uno de los lobos mayores, hecho que Manita aprovechó para matar a la bestia.

El Mastín ladraba órdenes y le arrancó la cabeza a Moro. De la taberna surgió el ruso, raudo, con una espada. ¡No! Era un asta del ventilador. Cojeando, como si caminara rápido porque pretendía correr, un verbo que le debía de ser prohibido en aquellos instantes, levantó la espada de óxido y desgarró la cola del Mastín.

Vi aterrorizado, abrazado a mi palmera, cómo el Mastín escupió la cabeza de Morollano, convertida en una especie de patata partida, y se encaró a León. ¡No sabes lo que has hecho!, le chilló. ¡Ven! No fue una orden para el ruso, sino para la serpiente del Comandante sádico.

El rojo reptil demoníaco apareció de entre la selva, como una exhalación se deslizó por toda la aldea y recorrió el camino que llevaba a la taberna. Se enmarañó por el cuerpo del Mastín y se colocó a la altura de su cabeza plateada de huargo. Ni los regalos de la muerte son eternos, susurró con una sonrisa masoquista el Mastín. El ruso agarraba fuerte el asta de ventilador, se había colocado su gorra del Ejército Rojo con solemnidad y podía notar cómo de la palma de su mano lloraba sangre por su espada doméstica y heterodoza de óxido.

Ruso y huargo siguieron fijando sus ojos, la serpiente de la manzana soplaba y yo seguía abrazado a la palmera, a mi palmera. Manita había desatado el Apocalipsis Tropical y el Dueño había conseguido salir de la taberna, enarbolando en las manos unas botellas llenas de ron con una lengua de trapo en fuego.

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