La escopeta del espíritu santo

Le vi subir desde mi posición de putero obligado, subirse al tejado de la taberna sin hacer el mínimo ruido para que los perros y los lobos que patrullaban por la orgía que nos había sumido en un coma despierto perenne se dieran cuenta de sus intenciones salvíficas.

Yo seguía envuelto, como todo el pueblo, en la maraña de brazos, tetas, cabelleras y piernas de las bellísimas mujeres que nos apresaban en sus venustas artes, entre relamidos y caricias de magia y brujería que aún no comprendía. Los perros se paseaban alrededor del círculo orgiástico que nos hacía de cárcel y vigilaban que no saliésemos, mientras los lobos, canes mucho más grandes, callados y salvajes, controlaban las entradas y las salidas del pueblo a la selva y de la selva al pueblo, además de la entrada a la taberna, de la que no podían salir ninguno de los presos de oro, según los llamó el Mastín, el jefe de los carceleros caninos.

Le vi alcanzar el tejado y arrimarse a una enorme escopeta que llevaba consigo y que era dos veces más grande que él. El hijo de la de la Esquina y de Manita, que seguían encerrados en la taberna junto a la Mamá Santa, pues eran los únicos personajes del pueblo que no habían caído en la somnolencia que el hambre de los perros y los lobos nos había conquistado, había escogido de entre el arsenal que nos había regalado el Comandante guapo que nos visitó días atrás para tomar nota de la inmortalidad que nos había regalado la muerte durante las vacaciones que se tomó en estos lares la escopeta más jurásica de todas, una que necesitaba ser cargada de bala y de pólvora y que pretendía, además, ser asida y apuntada con la máxima de las atenciones.

El Espíritu Santo, aquel niño con cerebro de ángel y ojos de león, preparó con tranquilidad su escopeta del pleistoceno: la llenó de una pólvora marrón que había vaciado de una bolsita de seda que guardaba en el taparrabos con el que se movía por doquier desde que nació, escupió en el interior del arma y la apuntó hacia el cielo.

Fue la extrañeza que sentí al ver al Espíritu Santo subir al tejado de la taberna y parecer un centinela cruel que deseaba poner fin al bukake al que nos estaban fregando las Venus variadas en esos momentos la que me despertó del ensueño: me incorporé al tiempo que uno de los perros me ladraba que volviese a mi lugar, que eran las vaginas de las mujeres que nos mimaban, y cuando, sin hacerle caso a ese can que presto ya sentenciaba mi muerte chillando avisos con ladridos a sus colegas, cuando aprecié el cúmulo de grasa de la Mamá Santa caer desde la palmera más cercana, tapando el sol cual ardilla voladora con lorzas de tocino ibérico.

Escuché un estruendo de revolución y todo se llenó de grasa, sesos, huesos, sangre, pus y ladridos histéricos.

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