El negro cuernudo

Y pensar que la taberna es un sitio lúgubre y tenebroso, tal y como afirma la Mamá Santa. Y pensar que algunas veces le he dado la razón a aquella señora enorme de pechos gigantes, peluca rubia y labios que pretenden ser carmín pero que en realidad son dos barras de chope. ¡Y pensar que he estado algunos días sin beber!Me lo dijo el médico: No beba, amigo, porque después de pasar una angina de pecho siempre va bien no tomar nada de nada.Batidos, eso sí. Batidos. Insufribles batidos de pera, de manzana, de piña, de fresa, de pepinillo (lo han leído bien), de zanahorias. Una dieta chingada de batidillos asquerosos. A veces les pongo un poco de ron añejo para poder pasar la tarde.

O la mañana, depende de cuando me entra el sopetón. Los sopetones son mi cruz, mis verdaderos momentos de alucinaciones. Me entra un sopetón y tengo que beber, no sé qué le voy a hacer a esta tentación del diablo. Y Mamá Santa, la gorda, me grita: ¡Ay, papi, que te me vas a morir sentado en un cuchitril! Ojalá. Son los sopetones mis mejores momentos mientras vivo. Sentado en mi taburete junto a los colegas Fino, Tele y Moro, y con la Puta de la Esquina Vieja sentada siempre (siempre, hasta duerme ahí) en su sofá, aquél que el Dueño de la taberna compró en una subasta de cosas de A Clockwork Orange, el filme.

Sentado y tomando mis copas, largos tubos con ron, mi ron añejo. Sentado bajo un lento y dilapidante ventilador que quiere dar aire, el de la calima de la selva. Sentado y mirando junto a Fino, Tele y Moro –y el Dueño, que escupe y habla poquísimo– a los forasteros que se atreven a entrar en los laberintos de la selva. Recuerdo la tarde lluviosa en que entró en la taberna un negro cuernudo. Llovía un huracán, como si el cielo estuviese desesperado e histérico, y llovía y llovía y poco tronaba. No sé cómo, pero yo estaba en la taberna, y el ventilador seguía zumbando, la Puta de la Esquina estaba medio dormida por culpa de su pipa de opio, y Tele, Fino y Moro se chillaban el uno al otro por una cuestión rara de un fuera de juego que fue pero no fue.

Tomaba yo un sorbo cuando el Dueño, que platica bien poco, escupió sobre el suelo después de que se le cayera por despiste un vaso cristalino y más limpio que los ángeles: había visto algo tremendo. El negro vestía una chaqueta de militar antigua, como si hubiese estado en una guerra larga de los antepasados, e iba descalzo, tenía cara de tristeza, y sobre su cabeza se erguían unos concienzudos cuernos de arce, por lo que tuvo que agacharse un poco al entrar a la taberna.

Lo miré con detenimiento. El negro se acercó al Dueño: Una botella de vino. ¿La puede pagar?, preguntó de sopetón el Dueño. Sí, señor. Y el negro de los cuernos sacó un fajo de billetes norteamericanos mojados que puso sobre el mostrador y que el Dueño agarró en un periquete. Pocos segundos después, el negro ya bebía de su botella, y sus ojos comenzaron a echar chispillas como cuando yo tengo hipo, y entonces se percató de que le estaba mirando no solamente yo, sino también Tele, Fino y Moro, que habían dejado de un lado sus cuestiones balompédicas. Ya sé por qué me miran, muchachos –dijo con voz aguda, de lloro, el negro–. Soy Manita, mucho gusto. Sé por qué me miran con esa cara de bobos. Por mis cuernos de arce, ¿verdad? Mi mujer me abandonó por otro hombre mientras luchaba en la revolución.

Mientras disparaba y mataba a otras personas sentía como mi cabeza me presionaba hacia arriba, y cuando me miré al cerebro vi que de ella subían como ramas unos pequeños cuernecitos. Al tiempo, cuando estábamos llegando a Camagüey, las ramitas se volvieron cuernos de ciervo. Y cuando la revolución terminó, ya eran de arce. Algo espantoso. Me moría de vergüenza, y fui corriendo a buscar a mi señora mujer, aquella fulana. Y entonces comprendí que ella era el ser que me había hecho ridículo. ¿No se los ha cortado, camarada? ¿Cómo? ¡Siempre me vuelven a crecer!

Ella, apenada, y preñada por el otro, me ayudó a quitármelos una vez, luego dos, tres, cuatro, hasta seis, y siempre volvían a crecer. Y entonces una vieja de mi aldea me dijo: Estos se irán si se va el bebé de su vientre; señalando la barriga de mi ex mujer. Pero no, no quise hacer nada, muchachos. Manita solo mata a traidores de la patria, a hombres malvados que nos quieren vender como aquella Puta a los yanquis. Me fui y anduve hasta aquí. Necesitaba purgar las muertes que había ocasionado y la tormenta me agarró de cuajo.

Tele, el hombre con parche en el ojo izquierdo, se cayó de su taburete, asustando a la Puta de la Esquina, y Manita, el negro de los cuernos, lo ayudó a levantarse. Manita, sin saberlo, se había unido al Rebaño de los Hombres Tristes. Con el tiempo Manita se hizo amigo de todos. Como la Puta de la Esquina, Manita no salía de la taberna. El Dueño los encerraba dentro, no les daba jamás de comer, ellos se espabilaban a chupar el moho de las paredes y comer los bichos que pululaban por ahí. Con las semanas, Manita y la de la Esquina se hicieron amigos. Comenzaron a compartir pipas de opio. Hasta que un día se besaron.

El Dueño nos avisó a Tele, Fino, Moro y a mí con un escupitajo en una parcela. Mientras se iban besando, los cuernos de Manita se fueron acortando. Cuando dejaron de besarse, aquellos cuernos ridículos desaparecieron. Justo cuando una mujer con un bebé en brazos entró chillando: Manita, ¡volvé con nuestro nene! Aunque eso es otro momento de taberna.

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