Drangnachösten

Existen momentos de taberna felices, otros tristes como sus Hombres, otros locos como cuando los perros y los lobos de las bolgias dantescas llevaron a las sirenas sin cola de pez a la aldea, otros momentos pueden ser calificados de mágicos, como cuando apareció la Luz Loca, o Manita con sus cuernos de arce, o cuando la muerte decidió hacer un parón en el auge de su vida. De todos los momentos de taberna relatados en esta narración sin más paciencia que la de sus confusos lectores, es la del vidente ruso León Trasky. De todos los Hombres Tristes, el ruso tuvo la mala suerte de ser el Hombre Triste de más Oriente. Espectáculo visual cuando era el oráculo del trópico, León no tenía nada de felino bravo en su alma, era un desecho más y lo sabía.

He pasado mi vida de brutalidad en brutalidad, solía explicarle a la de la Esquina, que a su vez nos lo traducía gracias a su gracia verborreica, escapando de mi Papá, a quien algunos llaman Pepe del Hielo. Es el Gran Zar del Socialismo Real, es el hombre más poderoso del continente más grande de la Tierra, un ser al que nadie se atreve darle la contraria, un tirano con voluntad de padre bondadoso. Purga y consigue que la desaparición sea normalidad en su Imperio, ha decretado que la magia no puede tener vigencia en sus tierras, y personas como yo, quienes han nacido con bromas de la naturaleza, tenemos que esconderlas.

Más imposible resulta cuando te mueres de hambre, por mucha creencia posees para con las doctrinas del Camarada Lenin y de Carlos Marx. Recuerdo que nací hijo de siervos de la tierra de algún señorón de la tundra, y junto a mis hermanos y a mi padre nos alistamos a la revolución gloriosa de Octubre. No hizo falta rumiármelo mucho: vi su futuro victorioso. Poco después era miembro de pleno derecho del Soviet de Kasan, con un título de medalla reluciente en la casaca que me regalaron cuando ganamos la guerra contra los Blancos. No hizo falta dudar: vi la victoria del Ejército Rojo en la guerra civil. En los bosques blancos y duros de mi madrepatria no existe el clima cálido de estas tierras, no tenemos la desdicha de sufrir el pegamento del clima húmedo, ni los mosquitos de enfermedades desconocidas, no tenemos virus, solo la misma hambre y la misma esperanza que ustedes.

Después de la guerra contra los leales al zar Nicolás sufrimos la pérdida de nuestro más distinguido camarada, a quien le sucedió el hombre que me persigue y que me desea ido. Por amor a nuestras ideas de gloriosa igualdad, y sabiendo que el mundo comunista, anhelo de nuestra patria, será una realidad en menos de un siglo, juré lealtad al Pepe del Hielo. No podía imaginarme que poco tiempo después se me informaría que en la patria de la igualdad suprema mi hechicería no podía admitirse.

Cuando teníamos hambre, mi hermana invitaba a los curiosos y ellos, pagando una cabrita, o una vaquilla, o un cesto de verduras y frutas, me escuchaban embobados, como ustedes, como vosotros todos, oían mis noticias, mis visiones. Veo como los países de los alemanes serán una sola nación, poderosa y yugo de sus hermanas continentales. Veo su gloria futura, final y por siempre jamás bajo los designios de una mujerona rubia, para su victoria final veo que sacrificarán el nombre de su nuevo Reich por el de una Unión supranacional, sin lengua alemana como lengua franca o común, sino que será el inglés el idioma de su nuevo dominio.

Veo que no será un dominio bajo los paradigmas tradicionales, sino una amalgama colegiada de varios consejos y órganos cuyas últimas decisiones se emanarán desde las ponencias germanas. Veo además que el comunismo deberá morir para poder considerarse como una ideología necesaria, pues el capital, tiburón sin alma, monstruo de la humanidad, heredero del mundo feudal con calculadora y dimensiones virtuales, sin más materia que códigos numéricos de ceros y unos. Veo la licuación del mundo en una sucesión de movimientos hacia las tierras en las que nace el sol, en detrimento de los dominios licuados de los alemanes.

Con esta licuación, veo cambios de caras en los tronos de los hombres, caras más oscuras, más amarillas, mucho más complejas y sorprendentes, sin simplezas de antes. Veo confusión en un mundo repleto de polos y destinos, con unos llamándose reos siendo en verdad verdugos y otros siendo tildados de reyes pero sufriendo como ilotas. Veo sexo, tabaco y ron en la taberna, veo a perros y lobos que nos apresan y matan al Espíritu Santo…

¿Espíritu Santo? Estábamos aturdidos. ¡El Hijo se llamará Espíritu Santo!, soltó el ruso, traducido por la argentina. Vimos que el bebito, que agarraba con sus dedos de ángel la casaca del nuevo camarada triste, reía: estaba de acuerdo. Y fue así que el oráculo siberiano consiguió que el Hijo pasó a llamarse Espíritu Santo.

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