El clon del César

El público se había colocado en el anfiteatro del plató. Un chico con auriculares iba dando un bocadillo y un refresco a cada uno. Caras normales, algunas gordas, otras flacas, una con verruga en la nariz, muchas gafas, mujeres, hombres, jóvenes, viejos, de colores diferentes, comiendo, bebiendo, escrutando con sus miradas a los técnicos del plató. El regidor buscaba a la presentadora. “¿Dónde se ha metido Ellen?”

Ellen De Generes estaba a punto de entrevistar a uno de los clones más famosos de América. Se trataba de Marc C. Scranton, el clon de Cayo Julio César.

Esta es la entrevista más importante de tu carrera, Ellen, pensaba la entrevistadora. Rubia, con su mirada fija en el espejo, viéndose a sí misma. La maquilladora la trataba con esmero, Ellen tenía un pañuelo de papel que le rodeaba el cuello, para que el maquillaje no le manchara la americana azul marino y la blusa color pastel de limón que le había regalado su mujer. Ellen siempre pensaba lo mismo, fuese Justin Bieber, Hillary Clinton, o el clon del César.

El Ellen De Generes Show era uno de los momentos álgidos de la televisión por cable americana y occidental. Aunque esa vez sí, ella le pasaba la mano por la cara a Oprah Winfrey. Ellen sería la primera en poder entrevistar al clon de Julio César.

Todo el mundo conocía a Marc C. Scranton. Todos sabían de quién era hijo, si es que se puede utilizar esa palabra. Hijo. En realidad, Marc era un clon. Ante las leyes de la naturaleza, era hijo de Cayo y Aurelia, dos patricios romanos que murieron hacía más de dos mil doscientos años.

Ante las leyes de la nueva magia, Marc estaba tutelado por el estado de Nueva York, era el clon perfecto del conquistador romano, producto del Doctor Jeremy Scranton III, y su feto había crecido en la barriga de una mujer que desapareció al poco de dar a luz. Fue un experimento que salió bien.

Desde que nació, psicólogos y psiquiatras y médicos de toda condición, además de historiadores y arqueólogos, lo siguieron. Y no solo ellos. Políticos de todas las condiciones, doctorandos, estudiantes. Todos querían saber cómo era el clon de Julio César.

–¿Cómo estás?

La entrevista acababa de comenzar. Marc C. Scranton era ahora un hombre de más de treinta años, alto, delgado, fibroso y con una incipiente calvicie. Sus dientes eran perfectos, ya que, cuando fue adolescente, también pasó por el dentista y llevó aparatos durante dos años para que se los ordenaran.

Su cabello, marrón oscuro, presentaba algunas canas en los costados. Sus ojos, sin embargo, eran tristes y grises. Aun siendo un hombre que había sido entrenado en el arte de la celebridad desde pequeño, Marc parecía ser una persona tristísima, empecinada en seguir con su carrera de fantasía a costa de sus propios sueños.

–Bien–, contestó Marc, lacónico.

A este tengo que levantarle la moral como sea, pensó Ellen. –Bueno, pues, ¡bienvenido!

Un estruendo se apoderó del plató. Las decenas de caras del plató irrumpieron en un aplauso que duró unos pocos segundos. Lo vitoreaban. De hecho, ya le conocían. La revista Time consideró Marc “The clon of the century” cuando el chico cumplió veinticinco años.

–¿A cuántos presidentes has conocido ya, Marc? Porque debes de ser la única persona en haber saludado a todos y cada uno de los presidentes de Estados Unidos…

–Bueno, en realidad hay otra persona que ha conocido a más presidentes que yo. Forrest Gump.

Y tiene sentido del humor, el chaval, se sorprendió Ellen. La presentadora chilló una risa aparentemente incontrolable, mirando a cámara con ojos fuera de sus órbitas, riendo junto al público, que volvió a abrazar el plató con sus aplausos, sus hurras, sus gritos de aprobación, sus silbidos.

–Y dinos, Marc… ¿Cómo… Cómo es tu vida diaria?

–A Jeremy…

–¿Te refieres al Doctor Scranton?

–Sí. No me interrumpas, por favor.

–¡Vaya! ¡Pues va a ser verdad que eres el clon de Julio César!

El plató volvió a aplaudir. Esta vez reían todos, incluso los técnicos y los cámaras. Marc, que había conseguido enseñar una sonrisa simpática al principio de la entrevista, se mantenía callado, mirando a Ellen con impaciencia, nervioso. Sus ojos tristes y grises, y cuasi desesperados, se dieron cuenta de lo que siempre había sido su vida. Una celebridad.

Él no era Julio César, aunque sí le gustaba el ímpetu, él también era una persona impaciente y nerviosa, al que le iban detrás las mujeres, él también había sido un buen estudiante cuando el Doctor Scranton le encomendó un profesor particular que le enseñara de todo.

–Decías, Marc, que el Doctor Scranton…

–Sí. Antes de que empezarais a aplaudir, decía que Jeremy está al tanto de mi vida desde que nací. De hecho, soy su creación. El hombre estaba enamorado de la historia y la personalidad de Julio César, encontró una muestra de su ADN en Roma y decidió llevársela a Nueva York. Nueve meses después nací yo. Desde entonces que me han auditado y vigilado.

–¿Y no te sientes desgraciado?

El silencio se apoderó del plató. Esa pregunta no la había hecho Ellen. ¿What the hell…?, se preguntó la presentadora. Una cámara se posó sobre la cara, sudorosa e iluminada por los focos, de Ellen De Generes, quien buscaba con sus bellos ojos azul marino a la persona que acababa de hacer aquella pregunta. Sal que te vea, cabrona.

–¡Marc, soy tu madre!

Una mujer se abalanzó sobre Marc C. Scranton. Tenía los ojos grises, era de piel trigueña, como si tuviese ancestros mediterráneos, con cabello negro y recogido en un moño. Llevaba gafas de secretaria, y vestía una blusa rosa. Al bajar los peldaños del anfiteatro, cuatro gorilas se le lanzaron encima para frenarla antes de que llegara a tocar el clon.

–¡Dejadla, dejadla, dejad que hable! –chilló Ellen, estirándose sobre la mujer. Marc ni se había movido. Se había quedado pasmado, con sus ojos grises abiertos de par en par, intentando comprender qué carajo estaba pasando.

Este será de los mejores programas jamás emitidos, pensó la presentadora, rauda. Apartó a dos gorilas, hombretones de mediana edad como armarios en polo negro, y ayudó a que se incorporara. Como por arte de magia, consiguió un micrófono de mano, una alcachofa que utilizó para preguntarle a la mujer:

–¿Cómo te llamas?

–Me llamo Mary. Mary Andolini.

La mujer lloraba, le temblaba la mirada, la boca, los labios. Le sudaban las manos, la frente, las axilas. Esta tía es un deshecho humano. No va a durar mucho. Tenemos que sacarle provecho mientras esté aquí, pensó la presentadora.

–Dinos, Mary, por qué estás aquí. ¿Conoces a Marc?

–No conozco de nada a esta señora–, escupió Marc C. Scranton, escrutando con altivez a la recién llegada.

–Soy tu madre, Marc–sopló la mujer. –Bueno, soy el vientre de alquiler para que creciera el clon del César. Aún recuerdo… Aún…

No pudo continuar. Comenzó a llorar desconsoladamente, intentando que Marc le cogiese de la mano. Éste seguía impasible, mirándola con una sorpresa parecida al asco, parecida al desprecio. Este tío es un cabrón, pensó Ellen.

–¿No es maravilloso?– preguntó Ellen a la audiencia, mirando a cámara. –¿No es maravilloso que una madre reencuentre a su hijo? ¡Solo puede pasar aquí, en este show, en este programa! ¡Porque queremos hacer feliz a la gente!– Consiguió que se le humedeciesen los ojos, y después de un largo silencio, ordenó con voz entrecortada: –Ahora tenemos que ir unos momentos a publicidad, pero no os vayáis de ahí. ¡Volvemos en seguida!

La música del programa resonó por todo el plató. Aplausos, chillidos, gritos de aprobación del público. Estruendo. Cuando el regidor le hizo una señal, Ellen entendió que estaban en pleno descanso.

–Sacad a esta mujer del plató– ordenó Marc.

–Pero… –balbuceó Mary.

–¿Estás seguro?– preguntó Ellen, la cual le quitó el micrófono a la sollozante.

–Sacadla de aquí –repitió Marc–. Es una orden.

–De acuerdo–. Y Ellen dejó que los mismos gorilas que aún apresaban a la pobre mujer, se la llevasen, tapándole la boca para que no gritase. Vio cómo de entre el público sobresalían algunos móviles, grabando la escena. Otros dos gorilas no tardaron en agarrarlos y requisarlos, llevándose también a las personas que los utilizaron.

–Parece que esta gente ha cruzado el Rubicón, eh–, comentó Ellen, acomodada para volver a escena. ¿Y ahora qué digo a cámara?

Marc C. Scranton no contestó. Ahí quedaba el clon de Cayo Julio César. Altivo, impaciente, nervioso, implacable. Su vida no era la del conquistador, ni la de un mujeriego. Era una celebridad, y como tal tenía que comportarse.

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