La canción de la Hermana Luna

Dejadme probar otra canción, pidió Moro después de que el Dueño nos pusiera otra copa de ron añejo. Adelante, sonrió la muerte. Mas ya no os falta mucho. Hace tiempo que estoy aquí y la Tierra no puede ir poblándose sin freno porque la muerte haga huelga.

Mi hermana está hecha de luna:

calmada y paciente

y risueña y durmiente

la guardo desde su cuna.

¡Azahar el ademán!

La muerte se quedó muy seria mientras Moro cantaba sin cesar aquellos versos de amor hacia su hermana, tal vez muerta en extrañas circunstancias como nuestro amado amigo Tele. El Dueño escupía al ritmo de las rimas y la Puta de la Esquina Vieja abrazó al niño que había adoptado hacía poco.

Sobre sus labios cerrados

que ríen: ¿una estrella?

¿Por qué ama la Quietud,

la alegría y la fortuna?

Rocío en cabello

del hada concienzuda

que espera la parsimonia

de ese amor que junta.

¡Claveles y oro!

Una vez Moro pudo terminar, la muerte sonrió y aplaudió. Los ojos del guitarrista se iluminaron. ¡Por fin la sorpresa! La muerte soltó una sonora carcajada, bebió de un trago el ron añejo y sopló su dictamen: Ha sido una canción muy divertida, más divertida que la del marino enamorado.

No os asustéis, a la muerte le divierten el pesar y la tristeza, así que no puedo regalaros la sorpresa de la inmortalidad ya que queríais que me entristeciese, y no ha podido ser porque la única cosa que me produce pena es la eternidad que me obliga y los hombres no son eternos, son perros graciosos con un cerebro bípedo.

Mi hermana admira

estas letras frías

que hablan de su cuna,

la crecida niña de luna.

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