Albert Camus: Carnets

S

i el tiempo transcurre tan rápidamente es porque no sembramos en él puntos de referencia. Lo mismo sucede con la luna en el cenit y en el horizonte. Por eso son tan lentos esos años de juventud, por ser tan plenos, y tan breves los años de vejez por estar ya constituidos. Observar, por ejemplo que es casi imposible mirar una aguja girar durante cinco minutos en una esfera, de tan lento y exasperante como resulta.

C

ontactos con lo verdadero: la naturaleza, en primer lugar; luego el arte de aquellos que han comprendido, y mi arte si soy capaz de ello. Si no, la luz y el agua y la embriaguez están aún ante mí, y los labios húmedos del deseo.

L

os hombres que se buscan, que se analizan. Para conocerse, afirmarse. La psicología es acción, no reflexión sobre sí mismo. Uno se determina a lo largo de su vida. Conocerse perfectamente es morir.

C

ombate trágico del mundo que sufre. Futilidad del problema de la inmortalidad. Lo que nos interesa es nuestro destino, sí. Pero no “después”, sino “antes”.

Y

o no me resignaré. Con todo mi silencio protestaré hasta el fin.

S

i tuviera que escribir un libro de moral, tendría cien páginas y 99 estarían en blanco. En la última escribiría: “No conozco sino un solo deber y es el de amar” Y al resto, digo que no. Digo que no con todas mis fuerzas.

L

a parejita en el tren. Los dos feos. Ella lo agarra del brazo y ríe, coqueta, tratando de seducirlo. Él, con los ojos sin brillo, está incómodo de ser amado delante de todos por una mujer de la cual no se siente orgulloso.

E

s a Jeanne a quien están ligadas algunas de mis dichas más puras. Me decía a menudo: “Eres un tonto”. Era su frase favorita, la que decía riendo, pero siempre en el momento en que más me amaba. Los dos pertenecíamos a una familia humilde. Ella vivía a unas calles de la mía, en la calle central. Ni ella ni yo salíamos nunca del barrio, donde todo nos acercaba. Y en su casa, como en la mía, reinaba la misma tristeza y la misma vida sórdida. Nuestro encuentro era una manera de escapar de todo eso. Y, sin embargo ahora, que vuelvo a través de los años hacia su rostro de niña cansada, comprendo que no escapábamos de esa vida miserable y que, en verdad, era amarnos en el seno mismo de esa sombra los que nos daba tanta emoción que ya nada podrá compensar jamás.

E

l diputado de Constantina que es elegido por tercera vez. El día de la elección, a mediodía, muere. A la noche van a aclamarlo. La mujer sale al balcón y dice que está ligeramente cansado. Poco después, el cadáver es elegido diputado. Era necesario.

C

omo esos libros abundantemente subrayados con lápiz para que se tenga buena opinión del gusto y la inteligencia del lector.

tiempo
L

a hija del alfarero Dibutades, que amaba a un joven, siguió con un estilete la sombra de su perfil sobre la pared. Su padre, viendo el dibujo, descubrió el estilo de ornamentación de los vasos griegos. El amor está al comienzo de todas las cosas.

N

ovela. Esa historia que comenzó sobre una playa ardiente y azul, en los cuerpos bronceados de dos seres jóvenes –baños, juegos de agua y sol-, tardes de verano en los caminos de las playas con el olor a fruta y humo en la profundidad de la sombra, el cuerpo y su relajamiento en los vestidos livianos. La atracción, la embriaguez secreta y tierna en un corazón de diecisiete años.

T

erminada en París con el frío o el cielo gris, las palomas entre las piedras negras del Palais-Royal, la ciudad y sus luces, los besos rápidos, la ternura enervante e inquieta, el deseo y la sabiduría que asoma a un corazón de hombre de veinticuatro años- el “quedemos como amigos”.

S

e ayuda más a un ser dándole una imagen favorable de sí mismo que enfrentándolo sin cesar con sus defectos. Normalmente, todo ser se esfuerza por parecerse a su mejor imagen. Puede extenderse a la pedagogía, la historia, la filosofía, la política. Por ejemplo, somos el resultado de veinte siglos de imaginería cristiana. Desde hace 2000 años se presenta al hombre una imagen humillada de sí mismo. El resultado está a la vista. En todo caso, ¿quién podría decir lo que seríamos si hubiera perseverado en estos veinte siglos el antiguo ideal clásico, con su bella figura humana?

tiempo
H

acen falta ríos de sangre y siglos de historia para llegar a una modificación imperceptible de la condición humana. Tal es la ley. Las cabezas caen como granizo durante años, reina el terror, se aclama la revolución, y al cabo se llega a sustituir la monarquía legítima por la monarquía constitucional.

E

l gran problema por resolver “prácticamente”: ¿se puede ser feliz y solitario?

N

o puedo vivir fuera de la belleza. Es lo que me vuelve débil ante ciertos seres.

E

l arte tiene los movimientos del pudor. No puede decir las cosas directamente.

S

obre la justicia. El tipo que deja de creer en ella desde el momento en que le dan una paliza al arrestarlo.

R

ebelión. La libertad es el derecho de no mentir. Verdad que se prueba en el plano social (subalterno y superior) y en el plano moral.

C

uando se ha vivido una sola vez el resplandor de la dicha en el rostro de un ser querido, sabe uno que para el hombre no puede haber otra vocación que la de suscitar esta luz en los rostros que lo rodean… y desgarra pensar en el infortunio y las sombras que proyectamos, por el solo hecho de vivir, en los corazones que encontramos.

L

o había perdido todo, hasta la soledad.

P

obre y libre, antes que rico y sojuzgado. Claro está que los hombres quieren ser ricos y libres, y esto suele conducirlos a ser pobres y esclavos.

S

iempre llega un momento en que los seres dejan de luchar y desgarrarse, y aceptan amarse por fin tal como son. Es el reino de los cielos.

 tiempo
S

í, tengo una patria: la lengua francesa.

E

n Buchenwald, durante los apaleamientos, fuerzan a un cantante de ópera a cantar arias.

E

n el 40, Maillol conoce a V.B., pintor judío rumano que se ha refugiado en Collioure para huir de los alemanes. Se lo encuentra en una calle, reconoce en él a un pintor y le invita a ir a su casa para enseñarle sus dibujos. Al día siguiente V.B. va a la casa y es recibido con los brazos abiertos, explica su situación. “Esta casa es suya”, le dice M. por toda respuesta. Manda que le traigan una taza de café. Abre la carpeta sonriendo a V.B. y mira por fin el primer dibujo, netamente surrealista. Una mujer que termina siendo un árbol. Maillol estalla: “No, no, esto no, no es posible. ¡Fuera de aquí!”

A

 menudo leo que soy ateo, oigo hablar de mi ateísmo. Ahora bien, esas palabras no me dicen nada, no tienen sentido para mí. Yo no creo en Dios y no soy ateo.

L

os que tienen verdaderamente algo que decir, no hablan jamás de ello.

L

a democracia no es la ley de la mayoría sino la protección de la minoría.

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