Buenas tardes, buenas noches, buenas bananas… (II)

La muerte: “Sí, sí, Manita, construir un mensaje propenso al éxito significa estudiar el contexto del receptor, qué siente: Descartes se equivocó. No es pienso luego existo, sino siento luego existo, qué emociones necesita sentir, y así presentárselas y persuadirlo. Saber mover los hilos de las emociones, saber cómo funcionan los feelings de los seres humanos (“las voluntades”, como diría Schopenhauer), es una oportunidad para conseguir el convencimiento amplio de mucha gente.

El receptor cambia, por tanto, ante el candidato. No es lo mismo utilizar un discurso duro y agresivo, pasional, contra el rival, que un discurso moderado, razonado y sosegado. El primero busca movilizar a los militantes y/o fieles de la ideología-base que el candidato posee; o desmovilizar a los militantes y/o posibles fieles del partido rival. El segundo, en cambio, busca el razonamiento en comunión con el votante indeciso –aquél que es más propenso al denominado cálculo racional que teorizó hace muy pocos años Anthony Downs–, votante que normalmente vota a izquierda y/o a derecha con sus intereses como primer, último y único motor a la hora de practicar la política (votando)”.

La de la Esquina Vieja y el Dueño volvieron de su paseo matinal por la selva junto al bebé Espíritu Santo. La muerte sonrió simpática al nenito, que rió amable. El Dueño se apostó tras su barra y se puso a fregarla.

Manita: “El mensaje debe ser acorde con el emisor para que el receptor vea que hay cierta coherencia en él. El emisor debe tener clara una cosa: el receptor quiera la verdad porque es la verdad (siguiendo la famosa directriz de los vendedores: el cliente siempre tiene la razón). No es lo mismo que un anciano proclame ideas como cambio, novedad o futuro que lo haga un joven”.

De repente el Dueño se apostó en una silla justo al lado de Manita, guardando las distancias con la muerte, por si acaso: “No he podido evitar escucharles. En mi carrera de filosofía aprendí muchas cosas acerca del mundo del poder. Sin humanidad no existe poder, por lo menos como lo entendemos los humanos”.

La muerte, interesada por el nuevo interlocutor: “Aureliano, ¿verdad?”

Aureliano: “Sí, señora. Mucho gusto”.

La muerte: “Tiene usted una voz muy franca, Aureliano. Lástima que hable poco.”

Manita: “Cierto, amigo. La señora Muerte tiene razón. ¿Estudió filosofía?”

Aureliano: “Licenciatura de Filosofía en la Escuela de Literatura y Ciencias Sociales de Camagüey, hoy desaparecida”.

La muerte: “Por favor, siga amigo mío. Es muy interesante lo que estaba usted comentando”.

Manita le miró, sonriendo. Aureliano: “Hemos estado hablado de neuropolítica: ésta analiza el cerebro de las personas en su faceta de ciudadanos votantes, y a partir de ahí puede influir para articular valores, emociones y sentimientos. La palabra clave de toda la perorata anterior es el verbo articular. El asesor político es lo más parecido a un titiritero, y para ello debe conocer todos los medios. El más importante de ellos: la televisión, antes la radio”.

La muerte, susurrando: “Mañana lo será una red llamada internet. No será real, sino un espejismo de electricidad. Ya lo verán”.

Aureliano, un poco aturdido por el secreto del futuro que la muerte acababa de darles: “Bueno, pues eso… Porque la imagen es, según algunos expertos, el principal activo del mensaje. Cuando se consigue una perfecta simbiosis entre emisor y mensaje, se consigue crear un cúmulo de ideas que conforman una imagen que puede configurar el voto final del receptor. Los candidatos se acercan a los medios de comunicación para acercarse, para comunicar con el pueblo, y para ello es tan factible un programa propio de televisión como un canal en televisión. Hoy en día, televisión y radio son los dos principales canales de mensajes políticos y si se conocen sus trampas y secretos, se conocen las fórmulas idóneas para conseguir que el mensaje propio alcance el mayor número de ciudadanos posible”.

Manita: “La política es un teatro, y los teatros son juegos”.

Aureliano, levantándose: “Les pongo un café con leche para desayunar, señora y señor”.

La muerte: “Gracias, amigo”.

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